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En las columnas anteriores recordé mi tesis de los tres Uruguay: el primero, que duró de 1830 a la 1904, cuando la batalla de Masoller y el acuerdo de paz que le siguió blanquearon la nueva realidad nacional y le abrieron la puerta de par en par a otro tipo de país; el segundo, que fue el famoso “Uruguay feliz”, y el tercero, que es la triste miseria en la cual sobrevivimos ahora.
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Señalé también que entre el primero y el tercero había una larga serie de similitudes (inseguridad física y estado de crispación generalizada, alarmante analfabetismo, falta de perspectivas existenciales, alta conflictividad política, ausencia de un proyecto de futuro, etcétera). Ahora quisiera adelantar que el tercer Uruguay nació, a más tardar, a caballo de los años 40 y 50, si bien el capital acumulado de bienestar durante “la fase suiza” de nuestra historia impidió comprender las transformaciones que estaban sucediendo en el sótano del edificio nacional.
Podemos por lo tanto asegurar que Uruguay ha pasado la mayor parte de su vida en un estado de debilidad institucional, de anti republicanismo, de miseria cultural, de condiciones de vida deplorables y de una ausencia compacta de proyecto de futuro. El Uruguay “Suiza de América”, cuyo mito aún se cultiva con fervor y nostalgia, fue un corto paréntesis en la vida nacional. Duró unos pocos años y representa, por ende, una mínima parte de nuestra historia. Por lo tanto, no es el modelo que nos caracteriza como sociedad, por más que nos aferremos a él.
¿Cuáles fueron las más distinguidas características de ese privilegiado paréntesis? A mi entender, fueron el espíritu de pujanza y el deseo de progreso; el optimismo de futuro y la visión positiva de la riqueza; el afán de ser todos los días mejor, de tener todos los días mayor bienestar y, también, la ambición de convertirse en un ejemplo para toda la región (conjugado, todo esto, con un brioso proceso de integración nacional). El ideal del progreso y las ansias de superación espoleaban a los ciudadanos y al Estado por igual.
Hace 133 años (en 1881), un José Batlle y Ordóñez de 24 años de edad escribió: “He soñado un poco, hace algún rato, en esta idea. Soñaba que mi país había sido el primero en ponerla en práctica y que en pocos años había adquirido el primer puesto por su población, por sus productos y por su inteligencia entre todas las naciones vecinas”.
Esa idea de pujanza y excelencia fue la que modeló e identificó al segundo Uruguay. Se hizo un culto del progreso y el progreso era sinónimo de enriquecimiento material, social y cultural por igual.
Pero algo sucedió luego de la muerte de Batlle en 1929 que cubrió el cielo de nubarrones. Un ejemplo a tener en cuenta: en el emblemático 1933, a dos meses exactos del ascenso de Hitler al poder, el presidente Terra dio un golpe de Estado. La suspensión de la República duró cinco años y llevó a la Presidencia al cuñado de Terra: el general Baldomir.
El tercer Uruguay que nos ocupa y preocupa coexistió durante bastante tiempo con la fase final del segundo Uruguay. ¿Entre cuándo y cuándo fue eso? Es imposible decirlo con exactitud, pues cualquier intento de porcionar la historia en etapas claramente definidas está condenado al fracaso. La historia desconoce el almanaque e impide fijar en fechas exactas las fases en que por diferentes razones (fundamentalmente prácticas) el hombre fracciona su paso por la faz de la Tierra.
La Edad Media no comenzó con la caída del Imperio Romano de Occidente ni la Era Moderna cristiana nació el 12 de octubre de 1492. Tampoco Uruguay vino al mundo en 1830, pues ya había sido sancionado en 1828 (Convención Preliminar de Paz).
Pero a veces hay episodios que por su importancia estratégica nos ayudan a distinguir una etapa de la otra, permitiéndonos afirmar que algo ha finalizado y algo cualitativamente nuevo ha empezado. Es entonces que ponemos mojones, a sabiendas de la relatividad del valor que ellos tienen. Amparado en este postulado se me ocurre que una buena ocasión para firmar la partida de nacimiento de este Uruguay miserable en el cual vivimos hoy bien puede ser el año 1950.
A partir de ese entonces, el moribundo “Uruguay feliz” pasó a convivir bajo el mismo techo celeste que el recién nacido Uruguay desahuciado. Comenzó así una larga cohabitación. La metamorfosis fue paulatina, hasta convertirse en algo más notorio que, a pesar de todo, sólo una ilustre minoría atinó a vislumbrar. Y es que la decadencia de la “Suiza de América” fue tan larga y tan lenta que muy pocos lograron comprender el tenor de los cambios que se estaban gestando. Quienes sí lo hicieron fueron algunos diplomáticos extranjeros acreditados en Uruguay, quienes captaron el alcance trágico de algunos sucesos acaecidos a comienzos de los 50 y pronosticaron el inevitable fin del “Uruguay feliz”.
Mensajes de alerta vanos: la “garra charrúa” había derrotado al gigante en su propia guarida y los uruguayos eran los campeones de América y el mundo.