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    A Don Felipe VI de España

    Con la Monarquía en peligro debido a una combinación de interminables escándalos de corrupción, crisis social y económica, hecatombe del aparato político, amenazas de independencia por parte de la región más industrializada y falta compacta de perspectivas de solución a corto y mediano plazo, el primer discurso de Navidad del nuevo rey de España no podía ser diferente al que Felipe VI hizo en su alusión televisiva.

    Es necesario cortar con la corrupción de raíz y sin contemplaciones —bramó el nuevo monarca— para evitar que este tipo de conductas echen raíces en la sociedad española y se puedan reproducir en el futuro.

    Para la mayoría de la gente, que no sabe de historia, ni le interesa, pues considera que lo que pasó no tiene importancia en su vida, el suceder de escándalos en la Madre Patria ha de deber a cuestiones modernas.

    ¿Ah sí? Pues que le pregunten a Colón… Y la frase no es baladí.

    Hace 522 años, los Reyes Católicos emprendieron con energía y premura el segundo viaje del Almirante. Un viaje cuyo objetivo era cimentar la presencia española en las Indias frente al peligro portugués, que había encerrado a España en el Mediterráneo y amenazaba acaparar las tierras descubiertas por el genovés.

    Todos los recursos disponibles en el Reino quedaron sujetos a esta empresa. Sabiendo el calado de la corrupción, Isabel y Fernando emitieron incontables decretos y ordenanzas cuyo inicio era calcado: “Para que no haya fraude y engaño…”.

    Pero los innumerables controles que se crearon no pudieron impedir el fraude masivo. De esa manera, cuando la numerosa expedición de Colón (1.500 tripulantes) llegó al Caribe, el Almirante descubrió que los caballos por él escogidos en España hacían sido cambiados por moribundos matungos; que los carpinteros seleccionados habían vendido su puesto a aventureros “que no conocen el hacha”; que los soldados escogidos también habían hecho su agosto quedándose en tierra con la ganancia que les había reportado la venta de su lugar en la expedición a gente que pensaba enriquecerse fácilmente con el supuesto oro que les esperaba en la playa. Además, la comida y la bebida llevada no cumplían los requisitos estipulados.

    Y a la corrupción había que sumarle otras características hispanas: de los 1.500 tripulantes solo un puñado estaba dispuesto a trabajar, pues el que no era sacerdote era noble y el que no caballero y el que no era una u otra cosa era funcionario real.

    Colón les escribió duras cartas a los Reyes, detallando estos problemas, pidiendo que se mandasen “frailes devotos y sin codicia por las cosas materiales” y denunciando, con nombre y apellido, al principal culpable del monumental fraude cometido. Se trataba del contador real, mano derecha de Isabel y Fernando, quien nunca necesitó preocuparse por eventuales castigos.

    Quien sí fue castigado fue Colón, que perdió (de manera totalmente arbitraria) las prebendas otorgadas en el contrato firmado con los Reyes y fue separado de la dirección de la empresa conquistadora. Se le prohibió, incluso, pisar la isla por él descubierta y la ciudad por él fundada.

    A medida que se iban descubriendo minas de oro, plata y mercurio, y que los envíos de metales preciosos aumentaban, la corrupción crecía sin cesar. Más riquezas llegaban de las Indias, más grande era la corrupción, cuyos tentáculos se encontraban en las propias salas reales.

    Este dato explica que España, poseedora del mayor imperio mundial de la época (“donde nunca se ponía el sol”) entrase en bancarrota con acelerada velocidad: las más sonadas fueron en 1527, 1575, 1607, 1627, 1647, 1656 y 1652. Basta con ver las fechas para comprender el mecanismo: el default se producía cada vez más seguido, a medida que aumentaba el acceso a las riquezas.

    Fundida constantemente, la Corona ideó mecanismos pérfidos tales como la venta de puestos públicos (civiles y militares) o la creación de una legislación contra el lujo cuyo único fin era vender oficios de inspectores, los cuales recuperaban el gasto multando a los infractores (salvo la familia real, que estaba exenta de tales normas).

    ¿Y quién mandó acuñar moneda falsa en Holanda (el odiado enemigo protestante) e inundar el país con ella, generando una inflación incontrolable, sino el propio Rey y sus más cercanos?

    Así como el alcoholismo y la economía planificada arrasaron con la segunda potencia militar de la Tierra, la corrupción y el pretender ser más que el resto terminó con el imperio español. Nada cambió con el correr de los años y los siglos: España siguió siendo el paraíso del fraude y el engaño, independientemente de quienes gobernaran.

    Don Felipe VI, se lo digo desde mi modesto espacio: no se haga ilusiones y crea que la corrupción que hoy, gracias a la actuación de algunos magistrados y la prensa causa sensación en el mundo entero, es algo efímero, moderno y posible de erradicar.