Tras el mazazo que fue la confirmación de un incremento en la criminalidad el año pasado, ahora se conoció que Uruguay entró en recesión, que el comercio exterior sigue cayendo, que el descenso de la pobreza y la desigualdad se estancó, mientras el problema fiscal no deja de agravarse. A unos 200 días de la primera vuelta electoral, las estadísticas están ayudando poco a la aspiración del Frente Amplio de acceder a un cuarto período de gobierno.
El Banco Central (BCU) informó que el Producto Bruto Interno (PBI) de octubre-diciembre fue 0,6% mayor que en los mismos meses de 2017. Pero la medición del cuarto trimestre depurado de factores estacionales que compara con julio-setiembre, mostró una leve baja de 0,1%. Fue el segundo dato trimestral con signo negativo en las cifras desestacionalizadas; una secuencia de ese tipo es interpretada como una recesión “técnica” o estadística.
Pero el jefe de asesores del MEF, Christian Daude, prefiere otra lectura. “Yo no hablaría de recesión (…), porque aunque las estimaciones del BCU muestran una caída en el tercer y cuarto trimestre del 2018, estas cifras son siempre preliminares y están sujetas a revisiones posteriores”, dijo a Búsqueda. Para él, “desde el punto de vista conceptual”, el PBI “se encuentra en una meseta, con varios sectores de la economía en contracción y todos los componentes de la demanda mostrando un retroceso —en particular las exportaciones y la inversión— o un enlentecimiento, por ejemplo, el consumo privado”.
Pese al descenso de la actividad en los últimos dos trimestres del año, en el promedio de 2018 la producción de bienes y servicios resultó 1,6% mayor que el año previo. Así, Uruguay acumuló 16 años de expansión, el ciclo más largo desde que hay datos fiables. Pero fue un desempeño modesto respecto a lo que había proyectado el gobierno (2,5%); en parte, a partir de esa expectativa se sustentó el gasto adicional autorizado para 2019 y 2020 con la última Rendición de Cuentas. Eso, junto con las mayores ganancias del Banco República, harían que el impacto fiscal fuera “cero”, decía el equipo económico para defender la propuesta presupuestal.
Algunos indicadores sugieren que la economía sigue débil también al inicio del año electoral, como la contracción del comercio exterior —con caída de 5,2% en las exportaciones y 8,4% las importaciones de bienes no petroleros en el primer trimestre, frente a igual período de 2018— o los “seguros de paro” récord.
Con la economía estancada, que se reflejó en pérdidas de empleos, hubo una interrupción en la disminución de la pobreza que llevaba varios años. El porcentaje de personas sin dinero suficiente para comprar una canasta de bienes y servicios básicos pasó de 7,9% en 2017 a 8,1% en 2018; los pobres eran casi 284.000. Además, dejó de reducirse la desigualdad de ingresos en la sociedad (el índice de Gini, que con un valor de 1 señala el nivel máximo de inequidad, se mantuvo en 0,380).
Las finanzas públicas también están sintiendo el impacto de la actividad económica débil, por el lado de la recaudación tributaria. El déficit fiscal en los 12 meses cerrados en febrero trepó a unos US$ 2.640 millones, lo que equivale a 4,5% del PBI (excluyendo los ingresos extraordinarios para el Banco de Previsión Social generados por la desafiliación de los “cincuentones” de las AFAP). Ya con los datos a enero se hablaba del mayor desequilibrio en tres décadas.
“Herencia complicada”
Los analistas de consultoras privadas comentaron, en general, que las cifras del PBI resultaron peores de lo que habían calculado. Lo mismo les pasó a los economistas de algunos bancos internacionales y de calificadoras de riesgo que monitorean a Uruguay.
“El crecimiento de 1,6% en 2018 estuvo por debajo de nuestra proyección de 2%, y el bajo dinamismo en el cuarto trimestre probablemente nos llevará a recortar nuestra proyección de 1,5% para 2019”, adelantó a Búsqueda el analista de la agencia FitchRatings, Todd Martínez.
Añadió: “También parece probable que el déficit fiscal vaya a superar nuestra proyección de 4,5% del PIB en 2019, dado que ya alcanzó esa cifra en el año móvil a febrero. Esto significa una intensificación de las tendencias que nos llevaron a poner una perspectiva negativa en la calificación ‘BBB–’, más allá de nuestras expectativas previas. Pero si Uruguay evita un fuerte deterioro en el crecimiento y su desempeño fiscal este año, podríamos esperar hasta después de las elecciones para evaluar posibles medidas fiscales correctivas y resolver la perspectiva negativa” que acompaña la nota indicando un probable sesgo futuro.
La calificación que le asigna Fitch a la deuda uruguaya es la más baja en la escala dentro del investment grade. Notas menores aluden a riesgos moderados o altos de impago; algunos fondos y bancos de inversión internacionales no compran esos bonos visualizados como “basura”, y los agentes que sí lo hacen exigen mayores tasas de interés como compensación.
Las cifras al cierre del año pasado también decepcionaron a Moody’s. “Aunque esperábamos algo de debilidad en el 2018, el crecimiento de 1,6% estuvo por debajo de nuestras expectativas, que se encontraban en torno a 2%. Si bien proyectamos que la actividad se tornará más dinámica en el 2019 y 2020, en gran parte por las actividades relacionadas con la nueva planta de UPM, vemos con preocupación que dos factores claves para el crecimiento –inversión y empleo– siguen débiles, lo cual pondrá presión a la baja al crecimiento potencial de la economía uruguaya en el mediano plazo”, dijo a Búsqueda el analista Renzo Merino.
Así las cosas, “el margen de maniobra del gobierno para el 2019 en materia fiscal es limitado. Esto se debe a la rigidez que existe en la estructura del gasto del gobierno, con casi dos tercios del gasto afectado (en cuanto a su tasa de crecimiento) por variables que están fuera del control de las autoridades. Aunque el gobierno intentó reducir el déficit fiscal en los últimos años utilizando, entre varias medidas, controles sobre las contrataciones, cambios a los impuestos y reducción del gasto de las empresas públicas, vemos difícil que pueda cumplir las metas establecidas”. Merino advirtió: “El déficit fiscal a nivel del gobierno central consolidado, que utilizamos para comparar a Uruguay con otros soberanos, fue de 3,4% del PIB el año pasado (excluyendo el efecto de los ‘cincuentones’). De no tomarse medidas, esperamos que el déficit exceda el 3% del Producto, ubicándose por arriba de la meta de 2,5% en el 2020”.
El desequilibrio entre gastos e ingresos del sector público se cubre con emisión de bonos o préstamos de organismos internacionales, básicamente; las cifras a fin de 2018 conocidas la semana pasada ubicaron la deuda neta —descontados los activos de reserva— en US$ 19.128 millones, equivalentes a 32,1% del PBI, y en prácticamente el doble del endeudamiento bruto.
“Los indicadores de deuda del gobierno se habían mantenido estables entre el 2015 y el 2017 alrededor del 48% del PIB, pero el incremento del déficit el año pasado, junto con el menor crecimiento y la depreciación del peso (la mitad de la deuda está denominada en dólares) llevaron esta métrica a 52% en el 2018. El riesgo es que esta trayectoria ascendente se mantenga si el crecimiento económico sigue débil y el déficit fiscal no cae, lo que pondría presión sobre el perfil crediticio de Uruguay. Sin embargo, hay que recalcar que existen mitigantes crediticios, como es el colchón de liquidez del gobierno”, señaló el analista de Moody’s.
“Sin duda el próximo gobierno heredará una situación complicada. El que la próxima administración considere una reforma al sistema de pensiones es positivo desde el punto de vista crediticio, aunque hay otras tareas pendientes”, dijo Merino, y puso como ejemplo el “nivel de dolarización”, una inflación “que se mantiene por encima de las metas oficiales” y la “estructura rígida del gasto público”.
“Mala sangre”
Las autoridades económicas analizaron los últimos datos de la economía puertas adentro y prefirieron exponerse poco ante la opinión pública. El diputado Alfredo Asti, acérrimo tuitero “astorista”, fue de los pocos que se apartó de esa estrategia. En la red del pajarito destacó que Uruguay volvió a crecer en 2018 y agregó: “No es el mejor dato esperado pero en comparación con la región seguimos diferenciándonos positivamente”. También resaltó la baja de la pobreza al comparar con el 2004 (39,9%), justo antes de la llegada del Frente Amplio al gobierno.
Su líder tuvo una salida el sábado 30 en la emisora Del Sol FM, en un espacio intimista en el programa Abran cancha donde los invitados hablan de su vida y carrera profesional. Allí Astori aludió marginalmente a la actualidad política (la de este año será la elección “más competitiva de todas”, porque los gobiernos del Frente Amplio introdujeron mejoras pero también se hicieron cosas “muy mal” y “ni siquiera” se han comenzado otras que debieron encararse) y económica. “No estoy cansado. No puedo vivir sin esto. (…) Ni siquiera pienso en retirarme. Es más: necesito este tipo de desafío permanente en el que estoy. (…) Algún oyente pensará: ‘este tipo se hace mala sangre todos los días en el Ministerio de Economía, sobre todo ahora que la economía se desaceleró un poco y trae algún problema’. ¡Pero lo que ocurre es que me encanta!”.
Recuadro de la nota
? La “isla de estabilidad” y la “ventana de tiempo para encauzar la situación fiscal”
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