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    jueves 12 de marzo de 2026

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    A propósito de la ciencia

    Sr. Director:

    Previamente, Búsqueda ha tenido la generosidad de concederme el espacio de Cartas al director cuando entendí que mi contribución a temas como la eutanasia o la vacunación anti-Covid podría ser de algún interés. Estas, sin duda, eran y son cuestiones que captan la atención de nuestra comunidad. Sin embargo, solemos lamentarnos sobre lo frecuente que es ver cómo lo urgente consume un tiempo demasiado extenso cuando lo comparamos con el dedicado a lo importante. Y esto suele ir en desmedro de alcanzar soluciones de fondo para cuestiones que persisten entre nosotros. Hoy mi intención es distraer por un momento la atención de quienes leen este semanario, entendiendo —a sabiendas que seré calificado de elitista— que se trata de una fracción de nuestra población con un nivel cultural superior al promedio.

    La mayor parte del tiempo buscamos evidencias que sustenten lo que previamente asumimos es verdad. Ello lleva a que en múltiples oportunidades nos aferremos a supuestos que en el fondo sabemos no son ciertos porque pensamos inconscientemente que eso es más seguro que comenzar a cuestionarlos y terminar en un terreno del que nada sabemos. Es como si nuestra mente, modelada por nuestra cultura y nuestra idiosincrasia, prefiriera la sensación de seguridad que da lo supuestamente conocido antes que la incertidumbre de lo realmente verdadero… pero que está por conocerse. Cuando nos sentimos preparados para asumir los riesgos de este último camino es que comenzamos a desarrollar el modo científico de asomarnos a la realidad. Se trata de una decisión muy personal pero, al mismo tiempo, muy integradora de cada uno de nosotros a todo y a todos lo/los demás.

    En un principio el precio a pagar puede parecer demasiado alto. Entre otras cosas exige renunciar a ser o, al menos sentirnos, el centro de todo. No hay un ser superior interesado en cuidarnos y guiarnos para llevar a cabo una transición correcta hacia otra existencia eterna después de la vida que conocemos. No habitamos el centro del universo ni este gira en nuestro derredor. El propósito que creemos ver en eventos y cosas, que parece dar sentido a nuestra existencia, es finalmente reconocido como una construcción cultural más semejante a un bastón o muleta que a un elemento que nos permita caminar firmes y seguros. Como individuos somos el producto de una casualidad que, por una azarosa diferencia medida en fracciones de milímetro en el movimiento indeterminado de espermatozoides en busca de un óvulo, podría haber establecido que fuéramos otro u otra, aún con la misma madre y el mismo padre. En fin, podría seguir casi sin fin la lista de ejemplos que apuntan a una aparente intrascendencia de nuestro existir y, sobre todo, a una ausencia de predeterminación del devenir.

    Por otro lado, imagine el lector una noche de verano con cielos despejados y relativamente lejos de las luces citadinas. Mirando hacia arriba vemos un espectáculo que continúa siendo tan majestuoso, misterioso y generador de conciencia de cuán humilde es nuestra condición humana como hace milenios atrás. Nos invade un sentimiento de pequeñez y de especial privilegio al mismo tiempo. Pequeñez por el contraste con esa inmensidad insondable y privilegio por poder detenernos a verla y por las reflexiones que ella logra evocar en nosotros. El sentimiento permanece, pero lo que ha cambiado en menos de medio milenio es lo que conocemos a propósito de eso que vemos. Y eso que conocemos modela profundamente cómo nos percibimos a nosotros mismos. Hoy sabemos que no somos el centro del universo. Sabemos que no estamos rodeados por una esfera con luminarias estáticas. Sabemos que lo que identificamos como vía láctea es el perfil de la galaxia a la que pertenecemos. Sabemos que otras configuraciones nebulosas corresponden a otras galaxias que se cuentan en miles de millones. Sabemos que, mayoritariamente, estas se están alejando unas de otras. Sabemos que esta fuga ocurre porque nuevo espacio se crea entre ellas. Sabemos que apenas podemos ver una parte del universo, dado que muchas de sus porciones están tan lejos de nosotros que la luz procedente de ellas ya no puede alcanzarnos. De estos siete conocimientos, los últimos cinco se alcanzaron en los últimos 100 años. Y cabe decir “sabemos” porque ellos no son producidos sino por una actividad humana que comenzó a desarrollarse de manera sistemática hace, precisamente, no más de 500 años: el modo científico de asomarnos a la realidad.

    Pero sabemos mucho más acerca de esa realidad que nos revela el método científico. Por ejemplo, podemos transitar mentalmente de átomos a moléculas, de estas a macromoléculas, de estas a células y de ahí a tejidos, órganos e individuos enteros, con lo que física, química y biología adquieren una unidad en nuestro intelecto. Todavía sin ser capaces de “crear” vida, nada en el análisis de ella nos confronta con fenómenos sobrenaturales o imposibles de comprender en detalle. La extrema improbabilidad de que ella ocurra espontáneamente suele ser fuente de la aparente necesidad de un diseñador inteligente. Pero detengámonos un momento a pensar cuál es la probabilidad que, en el corto tramo de la Avda. 18 de Julio que va de plaza Cagancha a la intendencia capitalina, ocurra el orden específico de los seres humanos que circulan por él y con las distancias exactas que guardan entre ellos, en este momento exacto. Y sin embargo eso ocurre momento tras momento y de un modo tan continuo que no llama para nada nuestra atención. En otras palabras, la alta improbabilidad de algo —en la medida que no contradiga las leyes de la física— no es evidencia de una condición sobrenatural.

    Sí se nos escapa aún una visión relacional, más integradora de todo ello. Pero no porque concluyamos que ella no existe, sino como consecuencia de que aún nos falta acceder a otros conocimientos. Y cuanto más conocemos más nos damos cuenta de la enormidad de todo aquello que queda por conocer. Y en la medida que el desarrollo científico nos provee de más conocimiento en esas áreas de difícil acceso más debemos luchar por librarnos de nuestras intuiciones, dado que nos adentramos en terrenos cada vez más contraintuitivos. Recordemos que lo que llamamos intuición es una adquisición de la selección natural a efectos de sobrevivir en el mundo. No con el propósito de conocerlo mejor.

    Sin embargo, nos asalta la convicción de que mucho de aquello que queda por conocer muy probablemente esté por siempre más allá de nuestra capacidad de comprensión, Así como el teorema de Pitágoras, que aprendemos ya en la escuela primaria y por el cual comprendemos que en todo triángulo rectángulo la suma del cuadrado de sus catetos iguala siempre el cuadrado de su hipotenusa, nos resulta entendible a los humanos pero resultará eternamente inaccesible al entendimiento de cualquier otra especie, seguramente hay toda una enorme variedad de patrones naturales que escapan a nuestra capacidad de reconocerlos. Nuestro grado de encefalización no lo permite, del mismo modo que el grado de encefalización de un ratón lo excluye por siempre de entender el famoso teorema pitagórico. Y sin embargo “eso” siempre estuvo, está y estará allí formando parte de la realidad. Que no lo veamos no lo convierte en inexistente.

    Pero, entonces, ¿cuál puede ser el beneficio de abandonar el confort de aquella visión en la cual todo cobra sentido personal en un mundo diseñado a nuestra medida y con un premio eterno a cambio de obedecer las reglas de una cierta cosmogonía? ¿Qué nos puede impulsar a asumir un riesgo que no alcanzamos a dimensionar totalmente cuando nada nos ofrece una garantía completa de ser exitosos?

    Aunque estamos todavía lejos de entender qué es la consciencia, parece plausible atribuir una buena probabilidad a que ella sea una expresión del desarrollo de nuestro cerebro en la escala de nuestra condición de individuos de la especie Homo sapiens. Lo genético sin duda tiene mucho que ver, pero no es menos —y sí probablemente sea más— lo contribuido por las experiencias intransferiblemente personales de la existencia de cada uno. Y es en esto, en ese aquí y ahora de algo tan temporal como la condición consciente de nuestra vida, que reside toda nuestra oportunidad. La oportunidad de, al menos por un instante, ser ese pequeño cúmulo de polvo de estrellas —de ahí provienen los átomos que nos componen— que, aun con cierta torpeza, puede hilvanar algunas conexiones lógicas entre lo que observa y lo que entiende qué es eso que ve. Ese modo de asomarse a la realidad, que es el del método científico, se genera dialécticamente en ese va y viene entre nuestra mente y la evidencia observacional/experimental directa o mediada por instrumentos. Es inimaginable cómo podrían obtenerse cualquiera de los conocimientos mencionados precedentemente si no fuera por el método ya expresado. El puro análisis reflexivo no parece procurar —por sí solo— el avance requerido. Optar por la ciencia es optar el camino que nos aproxima a la verdad, independientemente de si ella nos revelará un panorama amigable con nuestro devenir personal.

    Se trata de la mayor empresa colectiva que podemos emprender como especie, la única de carácter supracultural y donde la verdad reina suprema. No porque nunca erremos, sino precisamente porque errando estamos alerta ante la frecuencia de esos errores y, con humildad, estamos dispuestos a corregirlos corrigiéndonos. El método se puede aprender. Pero no solo referido a aquellos pocos que lo practican profesionalmente, sino a todos los que día tras día vamos al encuentro de esa realidad tan cotidiana y, al mismo tiempo, tan enigmática. Hasta ahora es lo único que a la humanidad le ha procurado resultados tan repetibles y, por lo tanto, confiables.

    En el párrafo final de su obra de hace ya 95 años, El porvenir de una ilusión, Sigmund Freud, que había tenido un riguroso entrenamiento en neuroanatomía antes de desarrollar el psicoanálisis, escribió las siguientes dos frases, de las cuales la última es realmente genial: “No, nuestra ciencia no es una ilusión. En cambio, sí lo sería creer que podemos obtener en otra parte cualquiera lo que ella no (sic) nos pueda dar”.

    Dr. Roberto B. García

    CI 1.053.261-3

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