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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl pasado domingo 7 de abril se cumplieron seis meses del pogromo en territorio israelí a manos de Hamás. Si no fuera trágico, sería fuertemente simbólico que dos días antes de esta fecha las FDI encontraran muerto al rehén Elad Katzir de 47 años, del kibutz Nir Oz. Es igual de triste y simbólico que, en la víspera de esta fecha, murieran cuatro soldados israelíes más en acción, sumando 260 caídos, solo en la batalla.
Escribo estas líneas como judío y sionista con el único propósito de compartir mi sensibilidad respecto a estos seis meses de pesadilla y mi desazón respecto al futuro inmediato.
No hago referencia al padecimiento palestino por falta de empatía sino porque sobran en el mundo quienes lo hacen, motivados en gran medida por el odio hacia mi pueblo y su Estado; con pensar en nuestra causa tengo bastante. Si Israel debe asumir responsabilidades, como lo demanda la opinión pública internacional, parte del problema es que seis meses más tarde nadie recuerda la responsabilidad de Hamás y la complicidad de muchos “civiles” gazatíes aquel 7 de octubre.
Tampoco es mi propósito explicar, justificar, ni victimizarnos, y mucho menos especular acerca del futuro político de Israel, del “día después”, o de soluciones macro- que conduzcan a la resucitada opción de dos Estados para dos pueblos. Mis opiniones pueden ser relevantes o no, pero lo cierto es que no inciden en el mundo real. Soy un judío sionista más, profundamente afectado y conmovido por esta coyuntura histórica.
Me motiva usar este espacio que su semanario ofrece cada semana para, por un momento, apartarnos de la locura dialéctica e ideológica en que está enfrascado el mundo occidental y en la cual una vez más, como durante 2.000 años y antes también, los judíos hemos sido el chivo expiatorio de todos los males. En este caso, no es un chivo expiatorio que huye y desaparece en el desierto (Levítico 16:9), sino que es acosado en el seno de la sociedad que quiere expiar en él sus yerros. A eso lo llamamos antisemitismo.
El antisemitismo es un fenómeno histórico; tampoco es mi tema hoy. Su dimensión histórica, sin embargo, pone en evidencia una concepción muy judía de la historia: esta avanza. A lo largo de los siglos, y en los 120 años del sionismo, no hemos estado libres de reveses y atentados, por decirlo delicadamente. Sin embargo, siempre hemos sabido mantenernos no solo vivos sino vigentes.
A seis meses de la masacre del 7 de octubre y ante la incertidumbre de los próximos seis meses (podría ser mucho más tiempo), los judíos nos debatimos entre dos sentimientos contradictorios pero también complementarios. Quienes creen que, como siempre y a fuerza de un nacionalismo pasional, superaremos la adversidad (eventualmente) y quienes, como yo, creemos que hemos retrocedido 100 años: es que si bien el sionismo ha sido herido, la herida no es mortal, y el Estado de Israel y todo el pueblo judío enfrentamos una refundación y un cambio de paradigma históricos.
La soberanía judía que durante dos milenios quedó en manos de “los rabinos” quedará ahora a cargo de nuevos sabios, tanto religiosos como laicos, que deberán encontrar un nuevo discurso existencial y de propósito basado en nuestros valores. Ahora, incluyendo el uso y manejo del poder que antes no tuvimos cuando fuimos atacados (como sucedió hace seis meses y otras tantas veces antes), y al mismo tiempo la responsabilidad moral y ética que nuestra tradición siempre nos demandó, y que prueba ser más difícil de concretar en la práctica que en la prédica.
Ianai Silberstein