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    ASSE anuncia remodelación en Vilardebó tras motín; al hospital llegan personas carentes de “sostén familiar” y hacen falta cambios

    Búsqueda recorrió el hospital psiquiátrico junto al director de Salud Mental

    Antes se lo llamaba manicomio. La palabra se dejó de usar. Hay términos que vienen de la medicina que luego se transforman en insultantes, como idiota o imbécil. Por eso ya no le dicen manicomio al Manicomio Nacional, inaugurado por el presidente Francisco Vidal el 25 de mayo de 1880. Ahora es el Hospital Psiquiátrico Vilardebó. La inauguración a fines del siglo XIX fue con toda pompa. “Esto era un modelo para la época, lo máximo”, dice el director de Salud Mental, Horacio Porciúncula, mientras repasa el acta fundacional en un añejo libraco que exhibe las prolijas firmas estampadas con pluma de los asistentes a la ceremonia de apertura: Máximo Santos, Joaquín Requena, el obispo de Montevideo Jacinto Vera, aparecen al inicio. 136 años después, en los primeros años del siglo XXI, el Vilardebó resiste como puede. Búsqueda recorrió el centro de salud que navega entre la decadencia y la modernidad. Entre espacios que fueron reciclados y acondicionados con última tecnología —como el área de Emergencia o la cocina— y otros que lucen desgaste del tiempo y cierta dejadez. Incluso en una de las últimas inspecciones del Ministerio de Trabajo se constataron filtraciones de agua, desprendimientos de revoques, instalaciones eléctricas precarias, escaleras en mal estado. Pero los problemas del Vilardebó no remiten solo a la estructura edilicia. Hay complicaciones recurrentes con los pacientes.

    El lunes 25 se desató un motín —uno más—en la Sala 11, el lugar de máxima seguridad del hospital. Allí están internados los pacientes que son derivados por la Justicia, personas que cometieron delitos pero que en principio son inimputables por su cuadro psiquiátrico. Según publicó el diario “El País”, ese día había un imputable entre los internados en la Sala 11 —con frecuencia hay varios que están de tránsito por orden judicial a la espera que se defina su situación— que fue el que convenció a los demás de iniciar la protesta que terminó en motín. Los pacientes reclamaban que se les permitieran visitas conyugales.

    Los internos destrozaron lockers de los funcionarios, quemaron historias clínicas y colchones. Se armó una gran fogata en la Enfermería. Además hubo fuerte violencia entre los pacientes, algunos terminaron heridos por cortes con cuchillos artesanales o portasueros. “Fue el motín más grande de estos tiempos”, dijo Marta Larrosa, presidenta de la Comisión Interna del Hospital Vilardebó en declaraciones al diario “El Observador”. Porciúncula dijo a Búsqueda que actualmente todos los pacientes imputables que estaban en el Vilardebó fueron derivados a la ex Cárcel Central. Agregó que su dirección está en diálogo con la Suprema Corte de Justicia para evitar o suspender transitoriamente la continua derivación de pacientes imputables al hospital. “Siempre son un factor distorsionante”, reconoció.

    Por otro lado informó que ayer miércoles 4 comenzaron las obras para remodelar la Sala 11, algo que viene siendo postergado desde fines del 2015. “Va a tener sectores más compartimentados y mayor comodidad para la higiene” de los internos, adelantó. Estimó que en unos dos o tres meses las obras quedarán listas.

    El “cuadrado” que “aburre”.

    Olor. Olor muy fuerte y ácido a orines, a productos de limpieza desinfectantes. Cuando Búsqueda traspasa la doble instancia de rejas y llega hasta la Sala 11 lo primero que se siente es esa mezcla intensa de olores. En ese momento, minutos después del mediodía, están limpiando las dos grandes habitaciones de ese espacio de máxima seguridad. Cada una tiene 16 rectángulos de hormigón que ofician de cama. En cada sala hay un baño sin puerta y sin inodoros. Mientras los enfermeros limpian el lugar, los internos están en el patio cerrado con un tejido en el techo. Algunos juegan con una pelota, la mayoría están tirados en colchones. Ese patio parece tierra de nadie, o más bien tierra de ellos. Dos aberturas con ventanas y gruesas rejas comunican ese espacio exterior con Enfermería. Hay cámaras que monitorean todo.

    Unas cinco personas se acercan desde el patio a la ventana abierta de Enfermería. Porciúncula mantiene una cierta distancia. Explica que el ambiente es por lo general “tenso entre ellos”. El director de Salud Mental igual entabla conversación con uno de ellos. —¿Hace cuánto que estás acá? —Hace siete meses. —¿Qué hiciste? —Nada. —¿De dónde sos? —De ASSE (Administración de Servicios de Salud del Estado). —¡Mirá, ellos son de ASSE!, grita el interno y les avisa a otros que estaban más alejados en el patio. El paciente se dirige otra vez a Porciúncula: “Nos aburrimos mucho acá. Muuuucho. Mirá lo que es este cuadrado…”. Enseguida aparecen más internos, se agolpan en la ventana. Uno está por hurto, otro por rapiña, a uno le quedan unos meses para salir, a otro tres años. Todos hablan a la vez. Alguien con un rosario al cuello dice que él reza por que “era muy loco”. Dice que ahí no hay peleas, que juegan al fútbol, que el que manda en ese lugar es uno al que le dicen “el delegado” o “la chusma”. Cuando ese paciente siente que lo nombran se levanta y se acerca, pero se queda mirando serio a dos metros de la ventana.

    Porciúncula explica que esto no es una cárcel y por eso el perímetro del Vilardebó no está ni con guardia ni niveles de seguridad carcelario. Al fondo hay un descampado, pasando una de las puertas perimetrales del hospital. Porciúncula reconoce que esa zona “no tiene el efecto de contención” porque “no es una cárcel”.

    “En realidad la seguridad la manejamos solo nosotros. Si hay problema se pide apoyo”.

    El taller que busca “cambiar la noticia”.

    Selva Tabeira dirige el taller del Vilardebó en donde se hacen todo tipo de tareas: reciclaje de muebles, artesanías, asientos con tapitas de refrescos. En uno de ellos se sentó el emérito rey de España Juan Carlos de Borbón cuando visitó al ex presidente José Mujica en su chacra. Usan hierro de desechos, materiales del hospital, mármol de la cocina. Todo sirve. Hay ruido a martillazos. El taller son dos salas grandes atiborradas de cosas desordenadas, pero acá el aire es muy respirable. Un mundo dentro de otro. En este lugar estuvo el cantante argentino León Gieco, también el líder de la banda mexicana Maná. Uno de los internos está tallando una gran madera para hacerle un regalo. La gente que viene al taller está en el Vilardebó por cuestiones judiciales.

    Porciúncula elogia el trabajo de Selva, una mujer menuda y sonriente con las manos llenas de polvo. “Ha demostrado que aun con el mayor nivel de peligrosidad hay gente que se puede recuperar”. Los que están ahí son todos internos de la Sala 11. “Queremos cambiar la noticia, el periodismo llenó muchas páginas con ellos. Hay desgraciadamente muchos programas de televisión con ellos…, pero ellos debutaron su patología psiquiátrica infringiendo la ley, que debe ser lo peor que te puede pasar, no saber lo que vas a hacer. Son personas con una capacidad de trabajo increíble. Hay que mostrarle a la sociedad”, se entusiasma Selva. Acá no hay gritos. A diferencia del patio de la Sala 11, todos trabajan con música suave de fondo. Hay unas ocho personas en silencio, concentradas en lo que hacen sus manos.

    Hace un tiempo estuvo de visita el director técnico de la selección de Uruguay, Oscar Tabárez. Fue a visitar al ex jugador Jorge García, que mató a su padre. La Justicia dictaminó que en el momento del asesinato fue víctima de un delirio que alteró su capacidad de razonar. Según la Justicia cometió un delito del que no puede ser responsable, por eso está en ese hospital. Hoy es uno de los más activos en el taller. A la salida del lugar se ven amontonados viejos archivos de ingresos al Vilardebó. Son de sus inicios, cuando era llamado manicomio. Los motivos de ingresos: “debilidad mental”, “epilepsia”, “sífilis”, “imbecilidad”. “Hoy no se internaría a nadie en un psiquiátrico con estos cuadros”, dice Porciúncula.

    La puerta giratoria.

    Dos tercios de los pacientes que están en el Vilardebó son reingresos. “Esto habla de la necesidad de mecanismos de contención afuera. No hay sostén familiar a veces. Estamos tratando de reflotar un sistema de atención en crisis para atender situaciones, que no vengan a este hospital, que las podamos resolver en hospitales generales”, señala el director de Salud Mental. La Ley de Salud Mental a consideración en el Parlamento recoge las aspiraciones de las autoridades de la salud para cambiar el modelo.

    Es un proyecto “tan ambicioso como necesario”, dijo a Búsqueda el ministro de Salud Pública Jorge Basso. Apunta a “desestigmatizar al enfermo de salud mental” y que la atención se pueda realizar en unidades especializadas dentro de hospitales generales, no en asilos” y que haya casas de medio camino en contacto con la sociedad.

    En la Emergencia hay un paciente esquizofrénico que hace más de 10 años que entra y sale. Lo trajo una ambulancia el día anterior con un cuadro de descompensación de su psicosis delirante. Una médica le pasa el reporte diario a Porciúncula. Cuenta que hoy el diagnóstico predominante es esquizofrenia. En muchos de los casos asociadas al consumo de alcohol. El promedio de estadía en puerta de Emergencia es de 24 horas, hay dos salas con camas: una para hombres y otra para mujeres. La médica le dice que a uno de los ingresos lo vio con un cuadro de neumonía, imposible pasarlo a sala. Pero la mayoría de los pacientes entran y salen. Y vuelven a entrar. “A esto se le llama el sistema de la puerta giratoria. La idea es trabajar en políticas para disminuirla”, dice Porciúncula. Por lo general siempre hay mas hombres internados que mujeres, explica la doctora. En una relación de ocho a dos, acota el director. Los hombres suelen entrar con cuadros de adicción, las mujeres están más que nada por intentos de autoeliminación.

    Hay dos salas contiguas a Emergencia. En la primera cama hay un adolescente con su hermana y sus padres que lo acompañan. Le trajeron yerba, la madre le da una tarta y el chico la empieza a comer. Porciúncula advierte el gesto. “Eso pasa siempre con la gente joven, está viviendo seguramente uno de sus primeros episodios y hay un apoyo familiar, que con el paso del tiempo se va perdiendo…”.

    En el patio cercano a la Emergencia hay varios fumando. El hospital les facilita yerba y tabaco. La mayoría deambula con la boca abierta. Porciúncula le pregunta a uno de los pacientes por su familia. El hombre balbucea. Una mujer que está al lado contesta por él y dice: “Lo agarraron los judíos”. En otro lugar del patio hay una mujer joven tirada en el piso, arrollada entre el sol y la sombra. En un recoveco están las paredes rayadas. Una inscripción dice: “El sabio solo es sabio porque ama, el loco solo es loco porque cree que puede entender el amor”.