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El mar provoca una hermandad como ningún otro elemento lo puede hacer. El aire podría tener algo similar, pero es un espacio abierto, casi inasible. El fuego sencillamente repele y la tierra es el hogar del cual venimos, en el cual vivimos y donde nos enterrarán. La reciente desaparición —producto de una explosión— del submarino argentino Ara San Juan en el Atlántico Sur es una muestra de esa hermandad. Hay quienes piden responsabilidades políticas por el accidente y tienen la imperiosa necesidad de encontrar culpables, ya sea en la figura del ministro de Defensa, en los altos mandos militares, en lo talleristas que repararon la nave durante el anterior gobierno o en el exiguo e irrisorio presupuesto destinado a la seguridad de la patria. Pero lo cierto es que varios países —entre ellos potencias como Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia— están comprometidos en la búsqueda de la nave perdida en el fondo del mar, quizás a más de mil metros de profundidad, donde comienza el abismo, y tienen una auténtica necesidad de saber qué ocurrió.
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El problema del submarino se originó, especulan, cuando el agua que se coló en su interior hizo contacto con las baterías eléctricas de proa, originando un cortocircuito y el consecuente desprendimiento de hidrógeno.
Un marino que tripuló el Ara San Juan y es padre de uno de los 44 tripulantes del buque desaparecido fue entrevistado en televisión. El hombre hablaba con profunda tristeza pero también con una tranquilidad que no es la que muestran en casos similares sus pares del Ejército o de la Fuerza Aérea. Esa diferencia es el mar.
La máxima altura en la superficie del planeta (el Everest, con cerca de 9.000 metros) es menor comparada con la mayor profundidad en el océano (el abismo del Challenger, en el Pacífico occidental, tiene 11.000 metros). Los alpinistas son capaces de llegar y plantar una bandera en el pico más alto de la Tierra, incluso admirar el imponente paisaje luminoso que se abre ante sus ojos. En cambio, el descenso en el mar es hacia el frío, la oscuridad y el misterio. El mar tiene una belleza épica, insondable, que ha dado lugar a ciertas páginas de la mejor literatura (Conrad, Melville). El agua da lo mejor y genera los más apacibles sonidos: la lluvia que percute contra un techo o una ventana, las olas que rompen en la costa. Pero cuando el animal está embravecido…
El Ara San Juan es buscado por 14 barcos y aviones dueños de la mejor tecnología y radares de última generación. Más allá de que a las potencias internacionales les sirve probar sus nuevas máquinas con sensibilidad para detectar a kilómetros las pisadas de una pulga sobre un hongo silvestre, lo que prevalece es la hermandad del mar, que todo lo vuelve más hermoso y también más difícil, el respeto de los marinos por otros marinos que han desaparecido, la necesidad de ayudar a un igual que ha caído al agua, la posibilidad de saber algo más sobre el mundo que se abre bajo el casco de nuestras embarcaciones. Al fin y al cabo, la vida viene del mar y allá volvemos.