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    Abre los ojos

    Bacurau era una fiesta y no estábamos invitados. Ni a caminar por sus caminos, bailar sus bailes y drogarnos con sus drogas. La ciudad, imaginada al oeste de Pernambuco, atesora a sus habitantes tanto como a sus secretos, los que la han mantenido, aparentemente, al margen de un Brasil lejano en el tiempo, pero cercano en el corazón. Bacurau, la comunidad autóctona, sobrevive. A su manera, muchas veces extrema, pero lo hace. Presenciar su última defensa exige, entonces, cierta precaución.

    No es que Bacurau, la nueva película del director recifense Kleber Mendonça Filho, codirigida junto con Juliano Dornelles, sea uno de los estrenos más violentos de 2020 —vale recordar que en enero se estrenó Cats en salas nacionales—. En cambio, los disparos, la sangre, algún que otro enfrentamiento machete en mano y aún más sangre son el resultado, inevitable, de una lucha por la supervivencia protagonizada por un pueblo de escala pequeña, pero de una ideología, historia y pasión grandes.

    Bacurau llega hoy, laureada por Cannes, a la sala B del Auditorio Nelly Goitiño, Life 21 y Cinemateca. Realizó un periplo similar a la película argentina Muere, monstruo, muere, exhibida solo hace un par de semanas. Ambas tuvieron proyecciones en Cinemateca en el ciclo Cine Fantástico y de Terror en febrero y ambas son una demostración del cine de género, a cargo de una generación de artistas con la capacidad de combinar cierta nostalgia cinéfila-infantil con los traumas adultos explorados en rincones menos populares de las cinematografías de sus países.

    Mendonça Filho, responsable también de dirigir Aquarius, una de las mejores películas latinoamericanas de la década pasada, ha contado a la prensa que una primera versión de Bacurau surgió dentro del contexto de un festival de cine. En 2009, con su colega y socio creativo Dornelles, participó de una muestra de etno-documentales mientras ellos mismos se encontraban promocionando su colaboración documental Recife frío. “Así empezó Bacurau”, recordó Mendonça Filho. “Pensamos que escribiríamos una película sobre grandes personas de lugares lejanos”, señaló.

    El vínculo entre los dos directores y amigos ha sido, según expresaron, uno anclado en la cinefilia, ensamblando las diferentes intenciones que cada uno buscaba traer a la mesa de acuerdo a sus experiencias como espectadores y narradores. Bacurau, por ejemplo, comienza su relato con una presentación más bien de ciencia ficción, con el espacio dando lugar a la Tierra de la que vemos, principalmente, al territorio brasileño. Una vez atentos a la presencia de las posibles rutas de género, comenzarán a hacerse más notorias una selección de influencias que van desde el cinema novo hasta las obras de John Carpenter, ya saludado desde el comienzo del filme.

    Tras la introducción sideral, a la ciudad ficticia de Bacurau llega un camión de agua que trae de regreso a una de sus habitantes: Teresa, interpretada por Bárbara Colen. Lleva consigo algunos remedios y cierto cansancio de la vida en la ciudad. Los fármacos y vacunas serán compartidos por los mismos encargados de evaluar las donaciones de libros y ataúdes hechas por un candidato a alcalde que buscará, a toda costa, que los habitantes de Bacurau estén bajo su yugo. Teresa arriba relajada y con los ojos cerrados al camino de su ciudad natal. No teme, aún, lo que no conoce.

    Gran parte del encanto de la peculiar propuesta de Mendonça Filho y Dornelles, además de la estupenda Sonia Braga como la doctora Dominga, es su capacidad para ir tirando, lentamente, del hilo de suspenso que rodea a este pueblo incluso en los momentos más calmos. A medida que la población va tomando más importancia como personaje íntegro, a diferencia de algunas personalidades individuales inicialmente introducidas, más cercana se sienta la amenaza inminente a Bacurau.

    Es en la agrupación antagonista, una milicia extranjera de mercenarios estadounidenses encabezada por el alemán Michael (Udo Kier), con la que la dupla de directores y guionistas apunta a ejecutar, bajo el manto de una ficción que lentamente reemplaza la intriga por la acción, su crítica política: la incertidumbre del presente bajo el gobierno de Jair Bolsonaro, así como a la coordinación entre regímenes dictatoriales latinoamericanos y Estados Unidos, son parte de la parábola.

    Las sutilezas, temáticas y visuales, en algún punto se pierden en mira de que los golpes surtan efecto. La defensa por Bacurau se pone en marcha y el relato permite abrir varias puertas para completar la transformación del filme en un verdadero frenesí cinematográfico. La composición visual de la película también sube la apuesta con una mayor sucesión de planos, una edición más frenética y una especial atención a los primeros planos durante momentos de gran carga emocional.

    La ambientación temporal (“de aquí a unos años”, anuncia el comienzo de la película) es algo caprichosa, por no decir vaga, pero termina jugando a favor también. No solo Bacurau parece un pueblo rural perdido en el tiempo, sino que la poca presencia de la tecnología en el filme resulta reconocible para el espectador y fácilmente desechable una vez que se manifiesta como un impedimento narrativo para acercarse al climax de la película.

    El ímpetu populista que corre en Bacurau también podría haberse drenado rápidamente si la conexión de su reparto, las decenas de habitantes de la comunidad, no resultaba lo suficientemente poderosa como para encontrar en el espectador un aliado. La elección de actores sobresale ante esa dificultad, con directores capaces de retratar en su pequeña ciudad mágica un Brasil diverso en sus colores de piel y formas de cuerpo.

    Si en Aquarius Mendonça Filho había explorado la idea de comunidad mediante una destrucción paulatina de la vecindad de un edificio, Bacurau propone todo lo contrario. La victoria, de alcanzarse, se hará mediante la unión, la atención a las tradiciones y algo, un poco, de magia, que nunca viene mal y que de eso esta obra tiene más de lo que aparenta. Es cuestión de ver.

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