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    Adictos a la pasta base, el precio de ser Dios por 35 segundos

    La mayoría vive en zonas marginales, no tienen trabajos formales ni educación, gastan entre 600 y 800 dólares en la droga, y algunos ya no sirven “ni para chorros”, según dos estudios sobre esa población

    Comprender todo lo que pasa, alcanzar una claridad mental única: ser “Dios por 35 segundos”. Pablo lograba todo eso, pero ya no quiere seguir. Su cuerpo le pide que deje de consumir pasta base de cocaína, porque “cuando bajás” reina el desconcierto, las “malas sensaciones físicas”.

    Daniel, en cambio, consume a diario desde hace más de un año y no se le pasa por la cabeza dejarlo. Tampoco le importa que su estómago casi no tolere la comida, aun cuando eso implica haber bajado unos 20 quilos. Lo fundamental es asegurarse la dosis que fumará seis o siete horas de corrido. “Yo ahora me vine sin dormir, yo ahora estoy de gira. Y mi mujer se quedó en casa porque estuvo también un día sin dormir, ahora se quedó en casa. Anoche cuando se acostó me dice, ‘Bo, ¿no vas a acostarte?’, y le digo ‘¿vos te quedaste toda la noche? Bueno, hoy me toca a mí’”, relata Daniel en “Fisuras”, un libro que contiene dos estudios sobre consumo abusivo de pasta base en Uruguay, elaborados por investigadores de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación y de la Junta Nacional de Drogas (JND).

    Como es una población que suele estar fuera del radar, porque muchos viven en la calle o en refugios, es difícil saber cuántos son. Una estimación del Observatorio de Drogas de la JND incluido en el libro, que se presenta hoy jueves, indica que la cantidad de consumidores de pasta base de entre 18 y 64 años en Montevideo son entre 9.800 y 17.400 personas.

    Marginalidad.

    Wilson tenía ocho años cuando sus hermanos le dieron a probar marihuana. Su familia, según la investigación de la Facultad de Humanidades, es “conocida” en un barrio del oeste de Montevideo porque son traficantes de drogas. Seis de sus 17 hermanos murieron asesinados por enfrentamientos entre narcos. En ese contexto familiar su camino a la pasta base era como una autopista, rápida y con pocas opciones de salida.

    Wilson no es el ejemplo paradigmático del adicto a la pasta base, aunque comparte varias características con el resto. “El momento de inicio del consumo de sustancias psicoactivas constituye un fuerte marcador de vulnerabilidad de la familia de origen, las prácticas de cuidado y las moralidades con relación a la niñez, la adolescencia y la educación formal”, explica el libro.

    La mayoría de las personas que consumen esa sustancia viven o permanecen en territorios con “altos niveles de pobreza y marginalidad”. El estudio de la Junta, encabezado por Héctor Suárez, indica que la mayoría de los adictos a la pasta base tienen Primaria como máximo nivel alcanzado; por el contrario, casi no existen usuarios de esa droga que lleguen al nivel terciario (0,4%), lo que “demuestra una brecha relevante con respecto a la población” de Montevideo (28,9%).

    “Se recoge evidencia”, insiste el informe, “de que las debilidades en aspectos como la educación anteceden en muchos casos al consumo problemático de sustancias y dan cuenta de un perfil de usuarios con condiciones preexistentes de desafiliación”. O, como explica a Búsqueda el investigador de la facultad Marcelo Rossal: “Pareciera que en casi todos los casos, el estar en el sistema educativo es una protección”.

    Para la investigación de la JND, de carácter cuantitativo, el organismo contrató a la consultora Equipos, que hizo una encuesta cuya muestra se compone, en grandes rasgos, por adictos sugeridos por otros consumidores (en términos académicos, el estudio se denomina Respondent Driven Sampling).

    El estudio del equipo de investigación del Centro de Estudios Interdisciplinarios Latinoamericano de la Facultad de Humanidades, en tanto, implicó cuatro meses de trabajo de campo, cuarenta entrevistas formales y cientos de contactos informales con usuarios de pasta base y observaciones in situ.

    “Te encajás”.

    La falta de educación y el contexto de marginalidad van de la mano con problemas para conseguir empleo, otra de las vías de “socialización” de las personas. Y esto es más grave aún para los consumidores de pasta base, quienes necesitan mucho dinero para satisfacer sus necesidades.

    Mario asegura que no gasta menos de 600 pesos por día en esa droga; Patricio, entre 800 y 1.000 pesos. El estudio calcula que los usuarios problemáticos de pasta base pueden gastar, en promedio, entre 600 y 800 dólares por mes. La “paradoja” de la sustancia es el fácil acceso por su bajo precio unitario, en oposición a la “rápida adicción” y el “importante síndrome de abstinencia” que genera.

    ¿Cómo consiguen ese dinero los “pasteros”? Del total de encuestados por la Junta “casi ocho de cada diez declaran haber tenido en algún momento del año previo un empleo informal, por ejemplo, changas, y a la vez que uno de cada cuatro cometió delitos como robo o hurto”. A su vez “apenas el 14%” declara tener un empleo formal. El resto se reparte entre “changas”, de tiempo completo o parcial no formales (26%), “trabajos de baja calificación (recolección y clasificación de residuos, venta ambulante) (21%)”.

    —¿Cómo te procurás hoy en día el dinero para seguir fumando? —le pregunta uno de los investigadores a Agustín, un adicto de 26 años.

    —Y... cuidando un coche, juntando botellas, o yo qué sé, de repente alguna changa de trabajo, haciendo feria, volqueteando, juntando cosas, haciendo feria —responde.

    —Todos los días algo diferente...

    —Siempre algo diferente, ahí va. Rotando, según cómo esté el día, porque si llueve no podés no mojarte la ropa porque estás todo el día en la calle. Y aparte de eso las volquetas no... se inundan, se moja todo.

    Darío también recurre a todo tipo de salidas para conseguir el dinero: “Pinta del volquete. Claro, encontraste un pedazo de cable, pum, bolso. No sé, encontraste un par de prendas, entendés, que más o menos están ahí, pum, te la llevás, la lavás, la secás, la doblás bien, la dejás bacán, y ahí están las líneas. Sabés a quién ofrecérselas. Y entonces vas, pum, con esa prendita. Y de repente es una prenda que no sé, la podés vender por cincuenta, pero no, querés veinte. Porque veinte es la suma. O de repente estás ahí y vienen los que venden y te ven, pum. ‘Tomá esto a ver si está bien’, y te calzan una piedra. Y ta, ya te encajás, te encajás”.

    De acuerdo con el estudio de la JND también están aquellos que no “no tienen ningún tipo de integración laboral”. Ese grupo (34% del total), tuvo en el último año como principal fuente de ingresos la mendicidad, la ayuda familiar o estatal y actividades ilegales como el robo o hurto, prostitución o venta de drogas.

    Rossal, que trabajó junto a Giancarlo Albano, Luisina Castelli y Emmanuel Martínez, dice que los consumidores de pasta base incurren en delitos para conseguir con qué comprar, aunque la mayoría están lejos de ser personas violentas que actúan de manera desenfrenada para obtener dinero. “Muchos nos decían ‘no sirvo ni para chorro, a lo sumo para bagayear”, recuerda el docente.

    En algunos casos, los adictos terminan robándole a sus propias familias, lo que deteriora aún más la relación con su entorno más cercano. La madre de Fabricio, de 38 años, ya no le tiene confianza suficiente como para dejarlo solo adentro de casa porque, según cuenta él, “tienen miedo de cuando lleguen no encontrar ni la heladera”. Aunque luego aclara: “Yo no me voy a llevar la heladera, ni el televisor ni nada, pero me puedo llevar dos o tres CD, o me puedo llevar... yo qué sé, una botella de vino, una gilada”.

    “Buscando a Nemo”.

    En algunos aspectos, la investigación presenta una imagen sobre los consumidores diferente a la que suele predominar en discursos de la Policía o los políticos. Así, muchos adictos a esa sustancia mantienen un consumo problemático desde hace años, lo que implica que no fueron “destruidos” en poco tiempo por la droga.

    Rossal opina que eso ocurre porque los propios adictos tienen sus “métodos de supervivencia”, como recurrir a un centro de atención para “achicar” (abandonar el consumo) al menos por un tiempo.

    Otra característica particular de esta población es que el promedio de edad de inicio en el consumo de esa sustancia es 21 años, una edad alta si se la compara con el alcohol (14 años) o la marihuana (14,2 años). Se debe a que la pasta base llegó a Uruguay a comienzo de la década del 2000. Por eso hay dos tipos de adictos: quienes empezaron a consumir desde adultos porque antes recurrían a otras y los que tenían esa sustancia a su alcance ya desde adolescentes.

    En el primer grupo está Mario, de 38 años, quien tenía nueve cuando empezó a “experimentar” con el cemento y el novoprén. Al ser consultado por los investigadores acerca de esas primeras prácticas con el cemento, Mario responde: “Pahh, eran los pomitos de novoprén, es adentro de la bolsa, inhalarlo ahí. Porque es una droga de... es alucinógena, es adictiva también viste. Es alucinógena, era... da flashes, así como, como tomar un esparcidol así, unas pastillas. Te vienen flashes así, y después te vienen unas lagunas mentales, de esas que te acordás de cosas y de otras cosas no”.

    Rossal explica que uno de los resultados de la llegada de la pasta base es la disminución notoria en el uso de otras sustancias como el pegamento o las drogas inyectables.

    Si caen esos consumos es por un fenómeno de sustitución y no porque los adictos a la pasta base se conformen solo con ella. Lejos de eso, los usuarios de esa sustancia incurren en el “policonsumo” de drogas. El 78% también tomó alcohol durante el último año, 75% marihuana, 36% cocaína y 27% tranquilizantes. En todos los casos, “las prevalencias de las drogas mencionadas son marcadamente superiores a las observadas en la población general”.

    Patricio, por ejemplo, explica a quienes lo entrevistaron que el alcohol lo “tranquiliza un poco” después de fumar pasta base. ¿Qué pasa si no “corta” el efecto de esa droga con vino? “Quedo paranoico, “buscando a Nemo”, quedo mirando pa’l piso, mal”, responde.

    Dios, la abstinencia y la DEA.

    La mayoría de los consumidores problemáticos a la pasta base sufren una “dicotomía entre satisfacción emocional, la plenitud mental y el placer corporal” y el “discurso demonizante sobre la adicción”. Eso provoca que un alto porcentaje haya pensado pedir ayuda para dejar la droga, pero también es la causa de que muchos no logran abandonarla.

    César, de 28 años, cuenta cómo sufre la abstinencia:

    —Me dijiste que te daban, así por no consumir, tipo dolores. ¿Qué es lo que sentís a veces? Me dijiste la cabeza, el estómago.

    — Sí, cuando alguien está consumiendo... retorcijones en la panza y como que empiezo a temblar en el cuerpo, a temblar, doler la cabeza. El cuerpo te lo pide, ¿no? Yo estoy enfermo, yo lo admito, es una enfermedad, es un vicio, el consumo es una enfermedad, estoy enfermo, quiero salir de esta enfermedad pero la voy a tener de por vida, lo que consumí va a estar en la sangre de por vida. Me dan retorcijones y estoy como una hora revolcándome, ese dolor de estómago, y a veces estoy así quieto y empiezo a temblar, a temblar.

    Si tan solo fuera superar los síntomas de abstinencia, podría parecer menos complicado. El problema es que el efecto que genera la pasta base, si bien breve, parece espectacular a juzgar por los consumidores.

    “A veces tengo ciertos dolores en el cuerpo, viste, y cada vez que te fumás un medio de pasta entendés, te fumás unas pitadas de pasta y se te cura, se te va el dolor, es como una anestesia que te pasa entendés, y después andás hecho un rifle”, explica Luis, un consumidor de 30 años.

    El efecto que la droga tiene sobre Pablo, de 41 años, va un poco más allá. Cuando fuma pasta base alcanza “la plenitud mental de que vos comprendés todo, sabés todo, sos Dios por 35 segundos.(...) Sentís ese estado eufórico, esa... calidad mental, que todo lo sabés, todo, lo creés todo”.

    Pero aun así Pablo quiere abandonarla: “Estoy dejando, estoy dejando porque ya no, no, el cuerpo no me da, la mente no me da, ya no me hace efecto, me fumo un medio y quedo con una paranoia bárbara, estoy esperando que baje el helicóptero, que bajen los de la DEA ahí, mirando para todos lados, mal, me fumo un porro y me pega mal también”.

    Después de leer las dos investigaciones, el secretario general de la JND, Julio Calzada, escribió en el prólogo del libro:

    Por momentos sentimos que su presencia nos abruma, que ellos nos cercan, los obviamos.

    Están ahí, cruzamos.

    Vienen hacia nosotros, cruzamos.

    Van a la par nuestra, cruzamos.

    Ellos navegan sus mundos, cada cual en su historia, arrastrados por las corrientes desenfrenadas de sus peripecias.

    Duermen en descansos abandonados de casas olvidadas.

    Aunque invisibles, invaden nuestros días.

    Consumidos por sus consumos, pasan de vos, de mí, de todo.