Son tiempos de zafra —en modo virtual— para las consultoras económicas. La crisis derivada del Covid-19 está golpeando a muchas empresas, que piden asesoramiento buscando reacomodar su negocio y, en particular, la estructura de financiamiento. Para una proporción no menor, los problemas de rentabilidad y endeudamiento ya venían de antes, y la pandemia les puso más presión.
En Exante, una consultora abierta este año por un grupo de profesionales escindidos de Deloitte, la intensidad de trabajo aumentó “significativamente”, con clientes preocupados por conocer las perspectivas de la economía y cómo acomodarse al nuevo contexto, dice su director, Pablo Rosselli. Las proyecciones que les informan dimensionan una crisis que justo ahora atraviesa por su fase más dura: el Producto Bruto Interno (PBI o PIB) se contraerá entre 6% y 7% en este segundo trimestre, o casi el doble si se deja de lado al sector de las comunicaciones, que está sobrerrepresentado en las estadísticas oficiales. Además, el déficit fiscal se encamina al 8% y la deuda pública aumentaría en unos 10 puntos en relación con el PBI.
Para Rosselli, la agenda de políticas después de la pandemia “se tiene que ver sacudida”, enfocándose en una corrección rápida de los desequilibrios macro —y no con la gradualidad que planeaba el nuevo gobierno— y en ejecutar reformas “ambiciosas”. Sin eso, la economía uruguaya podría perpetuarse en un crecimiento “inaceptablemente bajo” que impedirá bajar la pobreza, la desigualdad, el desempleo juvenil y la marginalidad.
—Obviamente que las situaciones son muy variadas, pero había algunas tendencias relevantes: se venía de cinco años de un cierto estancamiento económico, y un porcentaje relativamente alto de empresas llega con niveles bajos de rentabilidad y altos en términos de endeudamiento. De nuestra base de datos —que tiene unos 2.000 balances, la mayoría de 2018—, surge que el 15% tenía un resultado neto negativo y 10% presentaba resultados netos positivos muy pequeños; podría decirse que la cuarta parte tenía problemas de rentabilidad. Y en términos de endeudamiento, en unas 300 era elevado y 100 con un Ebitda —la primera medida de la generación de fondos— negativo; esto es un 20% de la base con problemas de endeudamiento. Es un hecho que esto afecta la capacidad de respuesta de muchas empresas.
—Desde el oficialismo sostienen que esta crisis por el Covid-19 dejó expuestas fragilidades preexistentes en lo económico y lo social. Del otro lado se dice que las consecuencias habrían sido peores si no hubiera habido avances en los períodos del Frente Amplio. ¿Quién tiene la razón?
—Es un juego legítimo en la democracia que unos y otros encuentren motivos para enfatizar sus propios puntos de vista.
Aunque los discursos puedan hacer pensar que es diferente, la realidad es que Uruguay va progresando porque logra construir sobre lo que construyó el anterior. A esta crisis del Covid se llega con debilidades importantes, pero también con fortalezas institucionales; las dos cosas son ciertas. Contar con el Ministerio de Desarrollo Social, la Tarjeta Uruguay Social, el Plan Ceibal para permitir la educación online y un sistema de salud con cobertura universal son fortalezas que permiten responder mejor o más rápido de lo que podría haber sido sin tenerlas. También había fortalezas desde el punto de vista financiero, por ejemplo, contar con líneas de crédito contingentes. Al mismo tiempo, son innegables algunas debilidades con las que se llega: un déficit insosteniblemente alto de 5% del PIB que limita la capacidad de respuesta fiscal; bajo crecimiento económico por un largo período; y una inflación anual que pasó el 10%, algo inevitable ante cualquier shock importante que recibiera Uruguay porque las políticas fiscal y monetaria fueron excesivamente expansivas por muchos años, sumado al desanclaje de las expectativas y salarios indexados a la inflación. Todo eso limita la capacidad de respuesta de la política económica. Pensemos que hoy en Uruguay las tasas de interés en pesos son más altas que antes del Covid, cuando en casi todo el mundo las tasas bajaron como respuesta a la pandemia.
—¿De cuánto estiman que está siendo el costo de esta crisis en términos de nivel de actividad?
—Tenemos una estimación de caída del PIB para el segundo trimestre de aproximadamente 6%- 7% interanual, y una contracción de 2,5% para el promedio del año. Pero la realidad es que esa proyección probablemente va a estar distorsionada por lo que ocurra con las comunicaciones —que sabemos que tiene problemas importantes de medición— y el consumo de datos está subiendo mucho, por lo que es relevante hacer el cálculo quitando el sector de transporte y comunicaciones: en el segundo trimestre el PIB estaría probablemente 13% por debajo del mismo período de 2019. Sería el peor trimestre del año, y ya en el tercero habría una recuperación y otra vez en el cuarto, con lo que a fines de 2020 la actividad estaría en niveles parecidos a los previos al Covid. En el promedio del año, el Producto sin considerar el transporte y comunicaciones caería más o menos 5%.
—Hasta ahora la curva de contagio del coronavirus logró ser aplanada. ¿Ya es tiempo de prender los motores de la economía?
—Evitaría opinar sobre cuál es la mejor estrategia sanitaria ya que es un tema de los epidemiólogos.
Como economista puedo decir que lo que se está viendo en el mundo es que después de un período de encierro muy fuerte, por uno o dos meses, los países están intentando reactivar las economías manteniendo a raya el virus. También que obviamente la salud es la prioridad uno, dos y tres, pero que el costo económico que tiene la estrategia de encierro de los primeros meses es muy, muy elevado, lo que afecta el bienestar de la población, en especial de la más vulnerable. El gobierno debe congeniar ambas cuestiones; cuanto más tiempo estemos con niveles tan bajos de actividad económica como los del segundo trimestre, más perdurable se puede volver la propia recesión. En el mundo se visualiza que la recesión es muy profunda, pero que la recuperación puede ser significativa también. Para que eso ocurra hay dos premisas: mantener a raya la epidemia —si nos tenemos que volver a encerrar, no habrá una recuperación firme— y que la recesión no termine generando problemas financieros importantes en la economía al afectar el capital de trabajo de las empresas.
—Ante este panorama, ¿cómo debería encararse la negociación salarial prevista al vencer muchos convenios en estos meses?
—Respondo con algo más de contexto.
Uruguay, antes del Covid, tenía una agenda sumamente gradualista frente a tres desequilibrios macroeconómicos: fiscal, un problema de competitividad y otro —que me gusta señalarlo como tabú, poco comprendido y relacionado con el atraso cambiario— de salarios altos en relación con la productividad que derivó en una pérdida sistemática de empleos. No enorme, pero sí sistemática.
Esta situación del Covid debería cambiar las prioridades de la agenda macroeconómica. Uruguay va a salir de esta crisis con una deuda en relación con el PIB 10 puntos más alta, con lo cual la estrategia de ajuste gradual tendrá menos viabilidad. Por otro lado, para salir exitosamente de esta recesión se necesita tener mejores niveles de competitividad y restablecer la rentabilidad de las empresas. En ese sentido, en nuestra encuesta (ver página 23) se observa una persistente reticencia a contratar trabajadores; el 39% dijo que espera tener menos empleos el año próximo. La prioridad de la política macroeconómica en 2020 debería ser recuperar la competitividad, aunque implique tolerar niveles de inflación por encima de 10%, como estamos viendo ahora, y recuperar el empleo. Para eso es fundamental que se acepten “descuelgues” en los sectores más afectados y que, a medida que venzan los convenios, se prorroguen ajustes moderados —del orden de 3% o 4% semestrales, aceptando una pérdida de salario real— porque no hay condiciones hoy para negociar nuevos acuerdos. No digo que los ajustes nominales sean 0% ni que la pérdida real tenga que ser 10%, pero la prioridad debe ser el empleo. Además, el gobierno debería dar incentivos para una rápida recontratación de los trabajadores que podrían venir de la mano de la exoneración transitoria de los aportes a la seguridad social.
—¿También tendría que acelerarse la agenda para una corrección del desequilibrio fiscal?
—Un ajuste fiscal debe ser parte de la agenda para 2021, junto con reformas ambiciosas que nos orienten hacia un escenario de mayor crecimiento económico.
En nuestra encuesta de expectativas las empresas nos dicen que Uruguay va a crecer 2% o 3% dentro de tres o cuatro años, lo que es un crecimiento tendencial inaceptablemente bajo y cercano al promedio anual del siglo XX. Con ese ritmo no va a bajar la pobreza, no bajará la desigualdad, no bajará el desempleo juvenil, no habrá dinero para financiar las políticas sociales necesarias para reducir la marginalidad. La agenda de política económica después del Covid se tiene que ver sacudida: la corrección de los desequilibrios debe ser más rápida.
—¿Subir impuestos debería ser un instrumento para el ajuste fiscal aunque eso suponga incumplir una promesa electoral de Luis Lacalle Pou? Eso fue sugerido por la calificadora Fitch en un comentario que publicó el lunes 4.
—Es importante que los gobernantes hagan su máximo esfuerzo para cumplir con las promesas electorales. También es una realidad que al poco de asumir el presidente Lacalle Pou, apareció un shock totalmente imprevisible que determinará un aumento muy significativo del endeudamiento público. Bajo el marco de incertidumbre que tienen las proyecciones en el actual contexto, en Exante pensamos que el déficit fiscal anual va a estar en cerca de 8% del PIB y el salto en el nivel de la deuda será relativamente perdurable, porque no es que vayamos a tener un superávit primario en 2021.
En su comentario Fitch establece que el ajuste requerido sería de tres puntos del PIB; antes veníamos con una lógica de que la necesidad era de dos o dos y medio. No digo que haya que hacerle caso a la agencia, pero no descartaría en absoluto que cambios tributarios pueden tener que estar en la agenda de 2021, dependiendo de diferentes factores. Pero hoy no es el momento de discutir cómo vamos a ajustar las cuentas públicas y el foco debe estar en gestionar la crisis.
Recuadro de la entrevista
? Una región en “crisis” y la “enorme interrogante” para la actividad turística