N° 1834 - 24 al 30 de Setiembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTodos los productos tienden a parecerse. Heladeras, motos chinas, camisas, hoteles o celulares. Apenas alguien innova, al poco tiempo la competencia saca un producto similar. Entonces, ¿cómo hacen las empresas para diferenciarse? La respuesta: en el servicio.
Pero para entregar servicios extraordinarios se requiere de personas extraordinarias, es decir, fuera de lo ordinario, de lo común. Estas personas sobresalientes (que sobresalen) se destacan del resto por dos factores: sus aptitudes (conocimientos, formación, experiencia) y por sus actitudes (disposición, vocación de servicio, proactividad). Y la sumatoria de aptitud más actitud determina la altitud a la que se puede ascender en la vida. Pero, lamentablemente, ambos factores cada día escasean más por estas latitudes.
Los consumidores estamos dispuestos a sacrificar un buen servicio si nos lo compensan, al menos, con un muy buen precio. Así, varias empresas basan su estrategia en costos bajos y precios bajos. Son los casos de venta de artículos de computación vía web y que despachan en un garaje; o electrodomésticos en locales diminutos; así como compañías aéreas de low cost (tipo Southwest o Jet Blue), donde no te sirven ni un vaso de agua a bordo.
Pero Uruguay tampoco puede ofrecer precios bajos en nada porque se ha transformado en uno de los países más caros del mundo. Y para muestra, estos tres botones de los últimos días.
Mi amigo Líber está en Ibiza, uno de los balnearios más famosos de Europa. Ayer subió a su Facebook algunas fotos del lugar paradisíaco donde estaba comiendo, frente al mar. También subió la lista de precios del restaurante: una merluza empanada, con ensalada y patatas fritas, € 6,20 ($ 199), casi la mitad de lo que cobran en cualquier boliche capitalino. Una Coca-Cola € 1,50 ($ 48), un café € 1,20 ($ 39). Y, además, lo atendieron de novela.
En Punta del Este los precios están por las nubes. El propio Gran Gustaf comentó esta semana en Radio Sarandí que fue literalmente asaltado en un bar del renombrado balneario cuando quiso tomar algo el fin de semana. Y eso que auguran una temporada medio pelo.
El sábado pasado estuve en la Expo Prado. Pedí un asado de tira jugoso que costaba $ 320. Me lo trajeron crudo y frío, no jugoso. Pedí otro. Más de la mitad era pura grasa. Lo devolví y por lo menos no me lo cobraron. Luego intenté con un panqueque de dulce de leche en un stand supuestamente especializado en eso. Por la friolera de $ 160 recibí una masa fina como una hostia, semicruda, con dulce de leche frío y sin azúcar impalpable. ¿Pero dónde aprendieron a hacerlo?
Bien por estos comerciantes. Que “la hagan toda”, aun sin tener el más mínimo estándar de calidad. ¿Pero para qué tenerlo? Si el restaurante estaba lleno. Y los asados grasientos y los panqueques crudos no dejaban de salir. Las personas comían entusiasmadas, pagaban obedientemente y nadie reclamaba nada.
Como los consumidores no exigimos calidad, el comerciante no se esmera en darnos calidad. Como no nos quejamos, el comerciante cree que está haciendo bien las cosas. Como no cambiamos de hábitos, todo sigue igual. Luego nos quejamos de que los uruguayos veranean en Miami o en Brasil. Y le echamos la culpa al tipo de cambio. Igual que hace Ancap para justificar sus millonarias pérdidas.
Y este comportamiento que tenemos para elegir un asado, una prenda, un taxi, un profesor o un electricista, también lo aplicamos para elegir a nuestros gobernantes. Y ahí los tenemos: crudos, fríos, incompetentes y caros. Pero la culpa no es del chancho sino de quienes le rascamos el lomo.