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    Alcanzando… aunque no sobre

    N° 1974 - 21 al 27 de Junio de 2018

    ¡El fútbol es resultado! Y mucho más cuando se trata de una competición que, como el campeonato del mundo que hoy se está celebrando en Rusia, está estructurada sobre la base de diversas fases de tipo eliminatorio que hay que ir escalando una a una hasta llegar a la hora de la definición final.

    Desde el descarnado realismo de ese punto de vista, es motivo de auténtica celebración que por tercera vez consecutiva nuestra selección haya logrado ya —a falta de un partido— su prematura clasificación a la siguiente instancia de la actual competición, cuando hay varios equipos —algunos de ellos de un reconocido poderío— que están pugnando por lograr ese mismo objetivo, en circunstancias que son aún inciertas. Sin embargo, es innegable que a todos nos hubiera gustado que este logro hubiera llegado después de una actuación de superior nivel que la que el equipo de Tabárez desplegara el miércoles frente a un rival como Arabia Saudita, de muy escaso poderío y que venía de ser humillado por el dueño de casa en su debut en el torneo.

    Tras la inicial victoria ante Egipto —exigua en el tanteador final pero revestida de un merecimiento inapelable— se esperaba que superados los lógicos nervios del debut (en especial por algunas figuras jóvenes que se asomaban por vez primera a un evento de tamaña importancia) y con algunas variantes en el medio campo, que el técnico introdujo acertadamente, nuestro equipo pudiera elevar en su segunda presentación el discreto nivel de juego exhibido en aquella oportunidad y aproximarse al que está en condiciones de exhibir, y que nos ha hecho concebir fundadas esperanzas de un gran desempeño en esta justa mundial.

    Sin embargo, nada de ello ocurrió. Y aunque la justicia de la victoria del miércoles ante un muy discreto oponente no puede cuestionarse, quedó en el ánimo de todos quienes seguimos el partido la convicción de que la evolución futbolística que se esperaba no se verificó a lo largo de todo su desarrollo; y que el triunfo llegó, simplemente, gracias al clásico oportunismo de Luis Suárez —que sacó provecho de una pelota que le quedó servida a la entrada del área chica, ante un mal cálculo del golero en una pelota aérea— y a que su modesto rival se entretuvo en un toqueteo prolijo pero intrascendente del balón en la mitad del terreno, solamente preocupado por no ser víctima de una nueva goleada, como la recibida en el partido anterior.

    Ha dicho el Maestro Tabárez en alguna de las conferencias de prensa que brindara (elogiadas, con razón, por propios y extraños), que lo habitual en estas lides es que los equipos vayan paulatinamente asentándose a lo largo de su desarrollo, de manera tal que lleguen al máximo de su potencial en las instancias culminantes de la competencia. Y si esto es efectivamente así (fue lo que ocurrió en el trayecto de Uruguay, cuando llegó más lejos en este ciclo, en el Mundial de Sudáfrica 2010), a la luz de lo visto en los dos partidos ya disputados, sorpresivamente la producción inicial frente a Egipto fue superior a esta segunda. Así lo demuestra el hecho de que, aun sin brillar, en aquella oportunidad hubo al menos tres chances de gol antes del agónico y salvador cabezazo de Josema Giménez, cosa que ayer no ocurrió. Aun así, es de esperar que ello pueda acontecer el lunes próximo en el partido de cierre de este grupo ante la selección de Rusia, que —también clasificada en forma anticipada— ha desmentido en la cancha los sombríos augurios que respecto de su poderío y expectativas se hacían antes del inicio del torneo.

    ¿Qué es lo que debe mejorarse? Sin duda, la composición y el consiguiente rendimiento del medio campo, justamente esa zona vital del equipo en que la renovación de su composición tradicional despertó la lógica expectativa de un mejor y más pulido abastecimiento a los hombres de ofensiva; lo que aún no ha sucedido y debe ser motivo de preocupación para el conductor del equipo. Es que si bien hubo en estos dos partidos una mayor posesión del balón en esa zona, los toques fueron generalmente intrascendentes, muchas veces con el receptor devolviendo la pelota a quien se la había enviado, sin enfocar hacia el arco rival, ya sea en una proyección individual, buscando el remate al arco adversario o bien metiendo algún pase entre líneas que situara a nuestros dos linajudos hombres de ofensiva en camino hacia el arco rival. No estaría de más equilibrar la fisonomía de ese sector dotándola de un hombre más de marca (quizás Torreira), o habilitando una nueva vía ofensiva por el sector diestro de la cancha, apelando a la velocidad y habilidad de Urretaviscaya (al que, por algo, Tabárez le ha dado cabida dentro de este plantel).

    Pese a ello, cuando ya están armando las valijas la mitad de las selecciones que llegaron a este Mundial, uno advierte las sorprendentes vicisitudes que están padeciendo otros grandes equipos como Portugal, España, Brasil o la propia Alemania para llegar a la cómoda posición que hoy ostenta nuestra selección. Muchas de las estrellas más cotizadas del actual firmamento futbolístico (como Messi, Neymar o Müller) no han aparecido aún en todo su esplendor, mientras que el panorama de futuro sigue siendo promisorio para Uruguay. En nada nos hace apear de nuestra convicción de que, esta vez, puede colmarse el anhelado y postergado propósito de llegar —bien pertrechados— a la instancia culminante del actual torneo.

    Por lo demás, este último partido de Uruguay ha dejado algunas marcas interesantes para las estadísticas —demostrativas ambas— de las bondades de un proceso tan largo y exitoso como lo es este, piloteado con mano experta por el Maestro Tabárez: el récord de presencias en un Mundial de Fernando Muslera (superando a un crack legendario como Ladislao Mazurkiewitcz) o el centenar de partidos de Suárez con la gloriosa casaca celeste.

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