Nº 2127 - 17 al 23 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn una sociedad golpeada por rapiñeros, violadores, traficantes y homicidas, la angustia se enquista y valida a debatir sobre la alegría, una emoción provocada por las muertes de algunos delincuentes. Lo impulsó el 3 de junio el intento de suicido por ahorcamiento de Luis Alberto Suárez, Betito, que disparó controversias por WhatsApp y mail entre un grupo de amigos. El debate se inició duro: “Debieron dejarlo morir. Me hubiera alegrado porque es un cáncer para la sociedad. Hace 20 años entra y sale de la cárcel para traficar con drogas que matan a la juventud”.
En mayo había sido condenado a 2 años y 4 meses de prisión por comercialización y tráfico de estupefacientes. En 2018 había salido en libertad de su tercera condena. La redujeron porque cursó 20 horas de yoga con la ONG El Arte de Vivir. La Ley Nº 17.897 de Humanización del Sistema Carcelario de 2005 rebaja penas por estudios o trabajo. Para quienes la aplican esos 20 días de curso de yoga son válidos. No es broma.
Otro participante se indignó porque alguien se alegre por una muerte: “Es de bárbaros en sociedades salvajes. Para algo está la Justicia. Debe guiarnos una moral basada en la ética religiosa y el respeto por toda muerte”.
“No es cierto que alegrarse sea un sentimiento repudiable. Es universal”, replicó un sociólogo. Comentó que en Estados Unidos en 2017, cuando murió Charles Manson, un canal de televisión hizo una encuesta callejera sobre su muerte. “¡Desde ayer no paro de llorar… de alegría!”, ironizó una mujer. Manson estaba preso desde hacía 48 años por matar a nueve integrantes de su culto esotérico. “Algunos descorcharon botellas para festejar. Yo lo hice”, admitió un hombre.
Alguien argumentó que esa alegría es lícita y reconforta porque “nos libramos de esas lacras”. Puso como ejemplo al múltiple homicida, rapiñero y traficante Marcelo Roldán, el Pelado, decapitado en 2018 por otro recluso. “Durante 31 años entró y salió de la cárcel asolando hasta que para nuestro alivio se le terminó”.
Añadió que igual alegría generó en 2018 la muerte de Williams Pintos, quien se ahorcó en el Comcar. El año anterior había asesinado a la niña de 12 años Brissa González. En 2013 había sido condenado a cinco años y ocho meses por tres delitos de atentado violento al pudor. Fue liberado en 2016 antes cumplir toda la pena y fue cuando asesinó a la niña.
Es interesante preguntarse si alguien fuera de familiares o amigos hubiera lamentado una eventual muerte de Pablo Gonçalvez, el asesino en serie que entre 1992 y 1993 mató a tres jóvenes mujeres. Pese a ser condenado a 30 años, no los cumplió. Fue liberado en 2016 por la Ley Nº 17.897. Al año siguiente fue procesado en Paraguay por portar un arma sin autorización y tener drogas en su poder.
Tal vez sería bueno analizar si esa ley debe existir o requiere modificaciones. La creó en 2005 el gobierno de Tabaré Vázquez para descongestionar las cárceles. Así, muchos liberados contaminan a la sociedad con una pandemia delictiva, un virus que no se arregla con vacunas. Como alentó el extinto ministro del Interior, Jorge Larrañaga, la cuestión es no aflojar.
El debate derivó hacia muertes internacionales que provocaron elocuentes alegrías: Hitler, Sadam Hussein, Augusto Pinochet, Jorge Videla y Francisco Franco, entre otros dictadores. Alguien señaló que también se producirán alegrías cuando mueran los militares uruguayos condenados por reiterados delitos de lesa humanidad. Una la provocó la muerte del general retirado Pedro Barneix, imputado del homicidio en 1974 de Aldo Perrini en una unidad militar en Colonia. Se suicidó en su casa en 2015 cuando la policía lo fue a detener para cumplir su procesamiento.
Un memorioso recordó a varios pistoleros abatidos, entre ellos, los argentinos Roberto Dorda, Carlos Mereles y Marcelo Brignoni. En 1965 se refugiaron en un apartamento del edificio Liberaij en Julio Herrera entre Canelones y Maldonado y combatieron con la policía durante 16 horas hasta ser abatidos. También murieron dos policías, el agente Héctor Horacio Aranguren y el comisario Washington Santana Cabris.
Irrumpió en el debate alguien que “entre mis alegrías” incluyó la muerte en 1971 de Julio Nélson Maciel, el Chueco, al enfrentarse a la policía. En una canción políticamente militante Daniel Viglietti lo convierte en un perseguido social que roba a los ricos para darle a los pobres. La letra exhorta a la rebelión de todos los chuecos “buscando la patria de todos”. Al verdadero Chueco lo desnudó Leonardo Haberkorn en 2018 en El Observador en una entrevista a Nelson Enrique Sosa Paredes, que vive en Suecia e integró la banda de Maciel: “Robábamos, secuestrábamos, apretábamos”. Su excompinche derrumbó al Robin Hood de Viglietti, cuyos antecedentes de “luchador social” incluyen el abuso en su juventud contra su sobrina Lucía, quien lo denunció, aunque luego de su muerte. Silencio entre sus correligionarios.
Un participante creyó necesario destacar que seguramente familiares y amigos de los muertos han sentido pena o dolor: “En ellos es totalmente comprensible, pero la sociedad es otra cosa”.
Ningún debate entre un número reducido de personas, como es el caso, puede ser considerado terminante ni científicamente válido. Para algunos esa alegría es inmoral. La moral, a diferencia de la alegría, no es un sentimiento espontáneo. La alegría es un sentimiento grato que se manifiesta con signos exteriores. Es un sentimiento de bienestar o placer cuando se ha colmado un deseo o cubierto una necesidad. Nadie lo puede frenar. Simplemente se siente.
Con seguridad habrá quienes reprimen expresar alegría públicamente. Tal vez para evitar lo que se considera políticamente incorrecto. Algunos para aguantar reproches sociales. Pero también por cobardía. El cinismo domina en la sociedad, salvo por opiniones anónimas en las redes sociales.
Alguien sugirió bajar un cambio y sustituir la palabra alegría por alivio. Nada cambia, aunque ambas tienen peso propio, van unidas: el alivio provoca alegría.