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Celebrose en marzo pasado la Semana de la Francofonía bajo la batuta del embajador de Francia en Uruguay, Sylvain Itte, quien, complacido, repitió una frase que le habría dicho el ex presidente Julio María Sanguinetti: “Los uruguayos hablan en español, comen en italiano y piensan en francés”.
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Antonio Mercader, ex ministro de Educación en el gobierno de Lacalle, también puso lo suyo, señalando que durante la Guerra Grande que azotó al país a mediados del siglo XIX la oficialidad impartía las órdenes en francés, pues era el idioma “que entendía la tropa”.
Leer esto e imaginar a un “Goyo Jeta” o a un Anacleto Medina hablando la lengua de Rimbaud y Baudelaire fue un verdadero divertimento. Mayor divertimento aún fue imaginarme a los gauchos, tacuara en mano y chiripá entre las piernas, avanzando entre los chircales entonando “Allons enfants de la Patrie”.
En fin, la libertad es libre y cada cual pregona lo que le gusta. Pero esta sugerencia que convierte al uruguayo en admirador de la cultura francesa (algo que los diplomáticos escandinavos en Uruguay siempre resaltaron con gran asombro), e incluso en un pensador a la francesa, me lleva a recordar algunas cosas olvidadas del pensamiento político uruguayo.
No del todo desconocidas para un público entrado en años son las ideas de Herrera, principalmente las expuestas en su obra “La Revolución Francesa y Sudamérica”, de 1910. En esta piedra angular del pensamiento herrerista, el autor arremete contra la teoría de la importancia vital que habría tenido la Revolución Francesa en el movimiento independentista americano. Una excepción fue la vertiente jacobinista, la cual sí dejó nítidas huellas en el paisaje mental de los Bolívar, los Moreno y otros.
A diferencia de la mayoría de quienes han opinado sobre este tema, Herrera reivindicó en esas luchas independentistas hispanoamericanas la influencia decisiva de la revolución estadounidense. No estaba del todo equivocado, por lo menos en lo que respecta al Uruguay, en donde tenemos el ejemplo de Artigas, claramente influenciado por el pensamiento de los Padres Fundadores de la brillante nación del norte.
Las ideas portantes de Herrera en este asunto nos llevan, a su vez, a las tesis del ex presidente Bernardo Prudencio Berro, quien se había interesado largamente por el tema unos 70 años antes.
Berro no ahorró tinta en sus cartas de madura juventud, mucho antes de asumir la Presidencia de la República, para criticar “la plaga” del pensamiento francés en Uruguay, que él asociaba con el romanticismo, fenómeno que, consideraba, era el mayor impedimento para un desarrollo integral y feliz de la novel República.
Una de las características del romanticismo que más molestaba a Berro era el desprecio por las reglas y el fervor por las impresiones, por las creencias, por la intuición y por los movimientos instintivos.
“El romanticismo”, escribió en 1840, “se sale del examen analítico y se entra a juzgar por las preocupaciones del ánimo; huye de lo material, palpable, positivo; y se complace en correr tras lo ideal, imaginario. El romanticismo vive de la poesía, es decir de la hipérbole, de la ficción, de la suposición, del traspasar los límites de lo cierto y de lo natural, del remontarse a las nubes y descender a los abismos para buscar regiones imaginarias. El romanticismo en fin, se desase (desprende) de la razón para volar con la fantasía. Por otra parte, el romanticismo nada explica, nada define, todo son generalidades”.
Quien se decantaba por esta corriente del pensamiento (o quizás, mejor dicho, por esta corriente del sentimiento) optaba consecuentemente por los “golpes de vista fantasmagóricos”, por las “agudezas” e “ingeniosidades”, por lo pomposo y, en definitiva, por los “caprichos de todo género”. Esa era la base misma del funcionamiento romántico. De haber dependido de los románticos, sostenía Berro, toda la ciencia hubiera sido un jeroglífico, algo imposible de desentrañar y de leer con claridad.
El romántico soñaba con misiones irrealizables, cultivaba el amor por la utopía y no dudaba un instante en proclamarse profeta, poniéndose al frente de esa misión poco clara y de imposible concreción pero con una enorme fuerza de seducción sobre la mayoría de los espíritus.
Napoleón y Bolívar eran para Berro dos claros representantes de esta tendencia. A nivel local, identificaba la figura de Rivera. Todos ellos, con diferentes cualidades y dimensiones y dentro de diferentes esferas de influencia, eran personajes muy apropiados “para acalorar la desarreglada imaginación de los románticos”.
A sus 35 años, el futuro presidente nacional presentía que el romanticismo estaba llamado a campear dentro de la población uruguaya. Habría que ver qué resultados nefastos tendría para la República ese dominio mental de una combinación entre Napoleón y Don Quijote.