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    Ambient Management

    N° 1814 - 07 al 13 de Mayo de 2015

    “Dime con quién andas y te diré quién eres”. No hay dudas de que las buenas o malas compañías influyen en nuestro comportamiento. No debería ser así, pero lo es para la gran mayoría. El hombre es un ser gregario, necesita estar en contacto con otros de su misma especie y por lo tanto se preocupa mucho por agradar, por ser parte del grupo, por que no lo desplacen. Solo los líderes tienen el coraje de apartarse de la manada. Y son pocos. Cuando deberían serlo todos.

    También el hombre tiene una enorme capacidad de adaptarse al ambiente que le toca vivir, sean ambientes físicos u organizacionales. Desde la gélida Alaska hasta el tórrido desierto del Sahara, pasando por las suaves brisas del Caribe, el ser humano se adapta. El ambiente lo adapta. Ante entornos hostiles, responde con hostilidad. Ante entornos placenteros, responde con pasividad.

    En las organizaciones sucede algo muy similar. El “ambiente” o “clima” organizacional determina en gran parte el resultado de las organizaciones y la felicidad, o no, de las personas que allí trabajan.

    “Mira Sergi, yo soy la responsable de la felicidad profesional de los organismos pluricelulares que habitan en este Invernadero (señalando el impresionante rascacielos desde la calle). Me cuido de la fertilidad del suelo, de la temperatura, de la frecuencia del riego, del pH del agua, de la humedad del aire, de la regulación de la luz. Quiero que en el interior broten coloridas flores, exóticas plantas y robustos arbustos. Pero sobre todo lo que anhelo es que dentro de mi Invernadero se formen jardines, jardines libres, salvajes… y productivos”. Este comentario se lo hizo una alta ejecutiva de Recursos Humanos a Sergi Cordero de CookieBox para describirle en qué consistía su trabajo. En formar líderes, no seguidores.

    Los directivos, gerentes y dueños de empresas cada día se quejan más de la baja productividad de la mano de obra, de las malas actitudes del personal y de la falta de respeto a la autoridad. Muchos quisieran poder abrir sus cabezas y “cambiarles el chip”, pero sabemos que es imposible. Lo que no es imposible es cambiar las condiciones del entorno en la empresa para que ese individuo cambie su comportamiento reactivo por uno proactivo.

    Estos cambios comienzan por el ambiente físico. Conozco empresas de mucho prestigio, que venden marcas y productos de alta gama y a altos precios, pero sus oficinas son unas verdaderas covachas. Mal iluminadas, mal amuebladas, mal aireadas y hasta sucias. Es increíble cómo puede haber tal contraste entre la cara externa de la empresa y sus entrañas. Si parece la vivienda del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

    Los entornos físicos ayudan, pero no son suficientes. El “clima” interno no se mide con un termómetro, sino con un “sonrisómetro”. Para ello hay que crear un ambiente que promueva la confianza, darles a las personas la capacitación, los recursos y las facultades necesarias para que sean exitosas y se sientan exitosas. Pautas claras de trabajo, procesos bien definidos, reuniones frecuentes donde haya una fluida comunicación, dar feedback sobre la desempeño, compartir los grandes números de la empresa y buscar cómo solucionar problemas, no cómo encontrar culpables.

    Parte de la “mala onda”, el bajo desempeño y la pésima actitud que se ven en los trabajadores, es porque los directivos no crearon el ambiente organizacional adecuado. No prepararon el “vivero”, no abonaron la tierra ni la fertilizaron. Y ahora pretenden recoger jugosos frutos. No lo lograrán.