Nº 2253 - 30 de Noviembre al 6 de Diciembre de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAmérica Latina tiene grandes condiciones para triunfar en la transición energética, pero solo con eso no basta. Empieza la carrera con una matriz energética más limpia que otras regiones, tiene buenos recursos energéticos para el futuro y posee los materiales que se necesitan para producir paneles, baterías o líneas de transmisión, eslabones principales de las energías limpias. Sacar provecho de estas condiciones dependerá de buena regulación, foco en eficiencia, institucionalidad y no malgastar tiempo. No hacerlo implica perder una oportunidad para atraer inversiones, para mejorar la soberanía energética y para contribuir a enfrentar el mayor problema global de nuestros tiempos: el cambio climático.
La transición está llena de enigmas —cuáles serán exactamente los países ganadores y perdedores, la velocidad a la que sucederá, los efectos en el clima entre tanto (2023 parece que será el año más caluroso registrado hasta ahora), etc.—, pero los recursos y las geografías están definidas, lo que pone a algunas regiones en mejor punto de partida que otras. América Latina tiene muchos buenos atributos, pero —como en el fútbol— no se trata solo del talento nato.
La región tiene hoy una matriz energética limpia comparada con el resto del mundo. Los combustibles fósiles representan dos tercios de la matriz, bastante por debajo del promedio mundial, del 80% (1). El uso de carbón —el combustible más contaminante— es relativamente bajo, representa solo el 5% del mix energético, en comparación con más de una cuarta parte a escala mundial. Su uso además está concentrado en unos pocos países, incluyendo Panamá, Chile y Colombia, y su demanda ha estado bastante chata en los últimos años. La región también hace gran uso de las energías renovables, siendo la hidroeléctrica la base de su sistema eléctrico desde hace décadas. Las renovables representan el 60% de la electricidad, el doble del promedio mundial y muy por encima de otras regiones. En algunos países, como Uruguay, Costa Rica o Paraguay, casi todo el suministro eléctrico proviene de fuentes renovables. De hecho, una unidad de electricidad producida en América Latina hoy emite aproximadamente la mitad de dióxido de carbono que la media mundial.
América Latina también posee una enorme cantidad de recursos: tiene mucho sol y viento, recursos fósiles y materiales críticos. La eólica y la solar han crecido mucho en los últimos años, pero serán todavía más importantes en los próximos tiempos: para producir electricidad en la medida que hay más demanda que se electrifica (y que la hidroeléctrica pierde espacio por cuestiones sociales y ambientales, incluida la variabilidad climática y los riesgos asociados) y para producir combustibles de bajas emisiones como el hidrógeno, que además podrían exportarse. Pero la región no solo se destaca como competitiva para producir electricidad limpia, sino que además contiene muchos de los materiales que serán necesarios para la transición energética: el litio, el cobre o la plata, que son usados en baterías en el transporte eléctrico, líneas de transmisión y distribución, paneles solares y molinos. La región posee alrededor del 50% de las reservas de litio del mundo en el “triángulo del litio”, entre Argentina, Chile y Bolivia.
La región también tiene petróleo y gas. Las nuevas inversiones en estos recursos son más riesgosas, dado que se espera que la demanda de petróleo y gas baje en las próximas décadas, pero su consumo no desaparecerá, inclusive en escenarios donde se restringe mucho su uso. Guyana y Brasil —que juntos constituyeron casi el 15% del aumento de la oferta mundial de petróleo en los últimos tres años— serán los grandes jugadores en la región, sustituyendo a Venezuela y a México en décadas pasadas. Una estrategia para la región podría ser seguir a fondo con la transición a energías limpias en el plano doméstico, apostando a que otras regiones lo harán más lento y entre tanto exportar más (dado que se consumiría menos internamente) y con eso financiar la transición.
Las condiciones están, ¿qué hace falta entonces?
Primero, para aumentar la inversión en energías limpias, se necesita una regulación clara y buena visibilidad sobre el mediano y el largo plazo. Esto en cierta medida existe en varios países, pero no hay que perderlo. Producir electricidad a precios competitivos permitirá a la región beneficiarse de ahorros domésticos y competir en el exterior por combustibles de bajas emisiones como el hidrógeno (esto no está libre de riesgos, pero se viene). También se necesita más foco en la transmisión —la infraestructura eléctrica que une la producción con el consumo—, que es una variable clara en los sistemas eléctricos actuales y futuros (más descentralizados, con más productores volcando electricidad a la red o más autos eléctricos demandando electricidad en distintos puntos de la red).
En segundo lugar, para tener éxito vendiendo litio, cobre, y otros materiales críticos hay que fomentar la eficiencia, la buena institucionalidad y la prudencia fiscal para tener costos eficientes, saber manejar la posible volatilidad de precios y augurar una buena distribución de las ganancias. Esto implica además desarrollar estrategias de largo plazo enfocadas en obtener el mayor valor agregado posible: refinar y procesar en la región, evitar solo vender materia prima.
En tercer lugar, hay que no dejar para mañana lo que puede hacerse hoy. La transición energética es una carrera contra el tiempo, no solo porque ya vemos los efectos del cambio climático, sino porque quienes estén preparados primero serán importantes. La transición energética implica sustituir gran parte de la infraestructura existente. Eso es un enorme esfuerzo, pero una vez que eso se haga no deberíamos esperar que el boom dure toda la vida —especialmente el de materiales críticos— (2). La ventaja de moverse primero será clave.
América Latina tiene las condiciones necesarias para triunfar en la transición energética, pero dependerá de marcar buenas reglas de juego. Las primeras se las dio el azar, las segundas dependen, en gran parte, de sus gobernantes.
(1) Las cifras de esta columna son en su mayoría del informe Latin America Energy Outlook 2023 de la Agencia Internacional de Energía. La autora de esta columna fue coautora de dicho informe, pero sus opiniones en esta columna son personales.
(2) The Economist, Transfer window, The world ahead 2024.