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    Amor  +  Odio  =  Amodio

     No es el único. Tardó cuarenta años en aparecer en medio de una nebulosa, y generó sentimientos encontrados después de haberlos perdido, pero, insisto, no es el único.

    Ni el único traidor, ni el único dueño de la verdad revelada después de rebelada, ni el único que viene a reclamar una versión distinta de la historia que hasta ahora se hacía pasar por la oficial, después que él se hizo pasar por oficial.

    En la redacción hemos recibido una pila de cartas de otras personas, que el Director me hizo ordenar un poco y transcribir en parte, para que nuestros lectores no se crean que sólo Gabriel Pereyra es capaz de conseguir la prueba de la existencia de este muchacho, perdido durante tanto tiempo.

    Acá por ejemplo hay un intercambio de cartas entre Braulio Gutiérrez Oribe y Bernabé Benítez Rivera, en las que se cruzan mutuas acusaciones respecto al manejo de los gobiernos del Cerrito y de la Defensa durante el sitio de Montevideo.

    “Su tatarabuelo era un maldito gaucho rebelde y ordinario” —le escribe Gutiérrez Oribe a Bernabé Benítez Rivera—  “que como primer presidente cobijó la corrupción y el desorden, pasándose de asado en asado y de china en china en la campaña, en vez de administrar el gobierno para el que había sido elegido, y encima se dio el lujo de derrocar a mi tatarabuelo que fue su sucesor en la primera magistratura, promoviendo así un movimiento subversivo con el apoyo del imperialismo británico siempre ávido de piraterías y aventuras mercenarias”, a lo que Bernabé Benítez Rivera le contesta: “más le vale callarse la boca, que no hubo un liberticida más agresivo en este país que su maldito tatarabuelo, que en un gesto dictatorial y arbitrario contra la libertad de expresión clausuró el periódico “El Moderador”, que editaban los unitarios porteños que vivían en estas benditas tierras, solamente porque desde sus páginas atacaban al tirano Rosas y todos sus degolladores federales con sus manos tintas en sangre inocente”.

    Todo parece indicar que este intercambio epistolar, con copia a nuestro semanario para que se conozcan o más bien se refresquen estos oscuros episodios de nuestra historia, se debe a que este muchacho Amodio ha despertado en los orientales la necesidad cuasi escatológica de revolver en los detritus del pasado para reflotar con ignoto propósito una reinterpretación de sus reales perfiles.

    Si respetamos en toda su inexorable vigencia la famosa estrofa de don Ramón de Campoamor, cuando dijo que “en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, veremos que esta moda, que pronto dejará su lugar a alguna otra banalidad que recupere los titulares con letra catástrofe de los periódicos, se basa en los recuerdos de un siniestro personaje que hoy viene a tratar de justificarse en sus actitudes frente a otros personajes tan siniestros como él, que en medio de la disparada de la derrota y la aniquilación, tiraron excrementos para todos lados con el comprensible fin de salvar sus pellejos, habiéndolo logrado algunos, y habiendo fracasado otros, que luego tuvieron su revancha cuando el pueblo los perdonó, los aplaudió, los votó, y los puso a manejar el gobierno, en un dudoso gesto de compensación por tanto aljibe sufrido en condiciones infrahumanas.

    Cuando el 8 de octubre de 1851 se firmó la paz de la Guerra Grande, el tratado marcó el clima con la célebre frase “no habrá vencidos ni vencedores”. Pero, porque siempre hay un pero, eso ocurrió tras la invasión al territorio oriental del llamado “Ejército Grande”, compuesto por fuerzas brasileñas, coloradas y unitarias de la Argentina. Cuatro días más tarde, el gobierno de la Defensa tuvo que “pagar el pato”, firmando cinco tratados por los cuales los brasucas nos fijaron los límites, marcaron el Cuareim al norte y nos afanaron las Misiones, nos arrancaron la “perpetua alianza” con la cual se arrogaron el derecho de meterse en nuestros asuntos internos, nos obligaron a devolverles todos los esclavos que habían rajado del Brasil para nuestro territorio para darles justo escarmiento, nos dieron un “subsidio” pero nos intervinieron nuestras rentas en garantía, especialmente las aduaneras,  nos hicieron firmar “en agradecimiento” la libre navegación brasileña en el Río Uruguay, y nos obligaron a abolir los impuestos para la exportación de ganado en pie.

    Está bien que entre los beligerantes no había “ni vencidos ni vencedores”, pero ¿cuánto le costó al gobierno de la Defensa, y por ende al Uruguay, el apoyo de Brasil?

    En las guerras se pierde y se gana, pero no hay empates. Querer venir ahora a tratar de igualar la cancha es tiempo perdido, y más con cuarenta años de atraso. Fueron todos igualmente torpes y crueles, los guerrilleros “malos” y los guerrilleros “buenos”, los haya ayudado quien los haya ayudado, los cubanos, los rusos o los milicos.

    ¿Vamos a ir a protestarle a Dilma, ahora que somos más que hermanos, que en 1851 nos arrancaron las muelas?

    El Uruguay de 1851 quedó en ruinas, la gente emigraba a la Argentina, la economía estaba en crisis, los saladeros fundidos, la ganadería en retroceso, el analfabetismo afectaba al 80% de la población, la soberanía afectada, parte de la tierra y las aduanas extranjerizadas, y encima quedamos endeudados hasta las patas con Brasil, y hasta con Francia y con Gran Bretaña, que no se caracterizaban por dar ayudas gratis.

    ¿Entonces vamos a reescribir la historia revelando infamias, traiciones, abusos y atropellos?

    Mirá, Amodio, andate al mazo, que ya nos alcanza con los tupas que tenemos en el gobierno y en el Parlamento, como para meter otro en escena, que ni siquiera sabemos si es de los buenos o de los malos.

    Dios nos puso los ojos en la frente, no en la nuca.

    Me encanta de tiempo en tiempo voltear la cabeza y mirar con nostalgia el Uruguay de los abuelos, pero estoy trabajando para el de mis nietos.

    No me distraigan más.