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Desde ganas de vomitar a grandes elogios: el Premio Nobel de Literatura 2019 otorgado al austríaco Peter Handke (Griffen, 1942) no dejó a nadie indiferente. Varios escritores, políticos y defensores de derechos humanos lo condenaron por su postura en la guerra de los Balcanes, por sus críticas a la intervención de la OTAN en esa guerra, por su indiferencia a la masacre de Srebrenica (donde murieron 8.000 musulmanes) y por su cercanía al líder serbio Slobodan Milosevic, quien murió mientras se lo juzgaba en La Haya por crímenes de lesa humanidad. En estos días ha circulado una foto significativa: Handke está en el funeral de Milosevic y lee su discurso de despedida bajo la gigantesca imagen del serbio. No es una foto agradable.
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Pero Handke es un gran escritor, y recibió el Premio Nobel por la profundidad y vastedad de su obra que abarca teatro, novela, poesía, ensayo y guion de cine. En su fallo, la Academia sueca destacó su “influyente trabajo, que a través del genio lingüístico ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”.
Hay que detenerse en un hecho de su vida para explicar su conocimiento de la “experiencia humana” y el tono existencialista que adoptaría su obra. En 1971 su madre, de origen eslavo, se suicidó y a las pocas semanas escribió Desgracia indeseable, un texto breve en el que rescata su memoria, en un ejercicio introspectivo que lo lleva a analizar su propia angustia.
Antes de este trabajo, había publicado su primera novela, Los avispones (1966), que hurgaba en los terrores y traumas de su infancia en el medio rural. Trata sobre un joven que busca a su hermano desaparecido y en medio de su travesía se queda ciego. El propio Handke escribió sobre este libro: “En el relato no queda del todo claro qué ha sucedido para que el chico se vuelva ciego, únicamente se dice varias veces que eran tiempos de guerra, pero faltan informaciones detalladas sobre la desgracia, o él las ha olvidado”.
En esta primera novela, el escritor ya ofrecía un desafío a la lectura. Porque no es fácil leer a Handke, un autor que exhibe una continua reflexión sobre el hecho de escribir con una “subjetividad extrema”, como han señalado los estudiosos de su obra, que lo lleva a explorar en la ansiedad, el miedo, la soledad humana y la relación entre el mundo interior y el entorno de sus personajes.
Handke decidió desde muy temprano escribir en alemán, la lengua paterna, y a partir de 1965, luego de estudiar Derecho, se volcó de lleno a la literatura. Carta breve para un largo adiós, La tarde de un escritor,El chino del dolor, La noche de Morava o La ausencia, son algunas de sus novelas y libros de relatos. Su obra ensayística es también copiosa, con más de 20 títulos, entre ellos, El peso del mundo, Historia del lápiz, Ensayo sobre el cansancio y Ensayo sobre el lugar silencioso en cuyo prólogo cuenta su experiencia en el retrete de la casa rural de su abuelo, porque los alemanes usan el eufemismo “lugar silencioso” para referirse al baño.
Junto con sus primeras narraciones incursionó en el teatro experimental y de vanguardia, en el que también reflexionó sobre los usos del lenguaje, sus límites e imposiciones.
Para el teatro uruguayo, Handke ha sido un dramaturgo importante, que le permitió a Levón hacer uno de los personajes clave de su carrera, por el que recibió un Florencio al Mejor Actor. Dirigido por Nelly Goitiño, en 1986 protagonizó Kaspar, obra que aborda la enigmática leyenda de Kaspar Hauser, el niño cuya aparición en Núremberg en 1828 es tan misteriosa como su muerte, sobre la que existen abundantes especulaciones.
En 2002, Jorge Curi montó Insulto al público en el Teatro Victoria, traducida del alemán por Mercedes Rein. Al año siguiente, la coreógrafa Graciela Figueroa fue convocada por la Comedia Nacional para montar La hora en que no sabíamos nada los unos de los otros.
En 1978, Handke dirigió su primer largometraje La mujer zurda, basada en su novela de igual nombre, que cuenta la soledad de una mujer separada. Pero su pasaje por el cine está definitivamente asociado al cineasta Wim Wenders, quien dirigió La angustia del golero ante el penal (1972), adaptación de una de sus novelas que narra la frustración y posterior desequilibrio de un arquero al no poder atajar un penal, que en realidad es una metáfora de la angustia.
Pero fue con Las alas del deseo (1987) que los nombres de ambos creadores quedaron vinculados para siempre. Handke fue guionista de esa película protagonizada por Bruno Ganz en el papel de Damiel, uno de los ángeles que deambulan por Berlín como custodios de las personas que les fueron asignadas, y puede sentir el dolor al que está condenado el género humano. Damiel es quien recita un poema de Handke, que habla sobre la infancia, el tiempo, la vida, y comienza diciendo: Cuando el niño era niño / andaba con los brazos colgando / quería que el arroyo fuera un río / que el río fuera un torrente / y este charco el mar.
Mientras las noticias muestran los demonios de Handke, quien ha declarado que no quiere hablar “nunca más” con los periodistas, Damiel sigue recordando desde el borde del pretil que el hombre que pudo escribir una obra como la suya fue tocado por un ángel.