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    Año nuevo, ¿vida nueva?

    N° 1695 - 03 al 09 de Enero de 2013

    Muchos uruguayos —tal vez demasiados— creen que el solo hecho de cambiar una hoja en el calendario les traerá una nueva vida, aun cuando sigan haciendo las mismas cosas día tras día. Así, el estudiante que no abre un libro sueña con que el año próximo le irá mejor. El empleado que repite sus rutinas sin agregar valor a la empresa aspira a un aumento de sueldo. Y muchos empresarios, que siguen sin defender con convicción el libre mercado, sin innovar y sin diferenciar a sus mejores colaboradores, pretenden más utilidades.

    En estos días todos nos deseamos mutuamente un “feliz año” pero, ¿de qué depende que nuestro año sea feliz? Muchos uruguayos —tal vez demasiados— esperan que esa felicidad se las traiga el Estado: más empleos públicos, más gasto “social”, más aumentos de sueldos (aun sin merecerlos), más jubilaciones, más subsidios, más compras estatales a empresas “nacionales” y la frutilla de la torta: la “renta básica”, un ingreso “pa’ todos o pa’ naides” caído del cielo. Son socialistas, aun sin saberlo.

    Pero la verdadera felicidad no es colectiva, sino individual. El hombre —cada hombre— es un fin en sí mismo, existe para su propio beneficio y alcanzar su felicidad es su más alto objetivo moral. La felicidad personal no la puede brindar otro que no sea uno mismo, no puede obtenerse persiguiendo caprichos irracionales y solo es posible alcanzarla mediante el logro de metas individuales.

    Muchos uruguayos —tal vez demasiados— no tienen objetivos definidos y por eso están dispuestos a dejarse llevar por objetivos colectivos. Renuncian así a ser libres y, no siendo libres, es imposible que sean verdaderamente felices. Ellos nunca tendrán un “año nuevo” porque nunca tendrán un “día nuevo”. Vivirán la vida de otros, creyendo que es la propia.

    ¿Cómo puede ser feliz el mendigo, el beneficiario del Mides o el que recibe una “renta básica”, que no es otra cosa que vivir de la limosna y los logros ajenos? El Estado podrá darnos dinero pero no podrá darnos un propósito en la vida; podrá darnos empleo, pero no talento, y podrá pasarnos de año sin estudiar, pero no darnos conocimiento.

    Hay sistemas regulatorios que facilitan la realización individual y otros que la entorpecen. Hay familias que imponen a sus miembros la voluntad del páter o la tradición de sus ancestros, en vez de permitir desarrollar la vocación de cada uno de sus integrantes. Hay empresas que solo bailan al son de la música del dueño y no permiten que ningún empleado toque su propio instrumento. Y hay regímenes políticos que impiden al individuo alcanzar sus metas por sí mismo y lo obligan a arrodillarse ante el Estado, el monopolio, el sindicato o “el partido”.

    Por eso, el capitalismo ha sido el mejor sistema para el progreso humano, ya que su base moral se sustenta en pocos claros principios que fueron los pilares de la Constitución de Estados Unidos y que, a su vez, inspiraron la nuestra: el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la propia felicidad.

    El hombre —cada hombre— debe ser su propio salvador, encontrando sus talentos y desarrollando sus virtudes, buscando su permanente superación y sentido de contribución y recibiendo a cambio lo que legítimamente le corresponda, sin pretender exigirles a otros que paguen la diferencia.

    Para comenzar este año 2013, comparto el texto de aquel cartel que adornaba las paredes del patio mayor del colegio Elbio Fernández y decía así: “Pon el arco en tensión, joven arquero; haz de tu voluntad, musculatura; haz de tu fuerza, inteligencia pura; fija en la meta tu mirar certero, y al disparar la flecha, dile ¡QUIERO!”.

    (*) El autor es abogado, máster en Administración de Empresas, director del Instituto de Innovación y Desarrollo Emprendedor de la Universidad de la Empresa y cofundador de INICIADOR Montevideo, una ONG que promueve el “emprendizaje” (aprender a emprender)

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