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    miércoles 12 de junio de 2024
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    Aprendiendo de Astesiano

    Sr. Director:

    Bueno, en realidad, de Astesiano, no (aunque dicen que siempre se puede aprender algo de los demás). Más bien del Caso Astesiano.

    Pero no ponga mala cara, querido lector: no voy a sumar más palabras al torrente de comentarios, periodísticos y políticos, sobre las minucias del episodio.

    Mi reflexión (preocupación) nace de tres temas de fondo, gatillados por el caso, que la sociedad y, sobre todo, el sistema político (si consigue despegar la oreja del iphone y la vista de las redes) harían muy bien en meditar:

    1. Puedo (y quiero) equivocarme, pero percibo en el caso Astesiano la sobrevivencia de un problema que conocí en mis años de vida política: la enorme dificultad del sistema político cuando se enfrenta al mundo de la policía (y, apenas en menor medida, al de las Fuerzas Armadas). La experiencia de la persona que un día, por los avatares de la política, se encuentra como jerarca civil de una organización que le es culturalmente ajena y hasta extraña; que tiene sus códigos, sus lealtades, su ética, su cultura y hasta su lenguaje propios.

    Muy rápidamente se produce una reacción, de ambos lados: del lado del estamento policial la experiencia es conocida, pero igual significa un proceso de análisis, medición del aceite y acomodo del cuerpo, con la finalidad de encarar la cooptación de la mejor manera posible (y son expertos en eso).

    La cosa es mucha más complicada del lado del novel jerarca civil (“particular”, para sus nuevos subordinados). Tiene que conseguir, rápidamente, dónde hacer pie, encontrar un palo donde rascarse: alguien en quien pueda confiar.

    Ahora, confiar según los códigos del micromundo policial, no es algo de fácil acceso. Entonces, ¿a qué códigos echar mano para sobrellevar el desafío del cargo? No le quedarán muchos: amistades, familia…, política. Los dos primeros no suelen ser muy numerosos y, además pueden estar mal vistos. Queda el tercero, echar mano a gente que conoce y con la cual ha convivido en el mundo de la política, lo que le da cierto grado de tranquilidad. Es lo que suele ocurrir y, creo yo, lo que probablemente sucedió en el caso Astesiano.

    Cuando el presidente dice, refiriéndose a Luis Alberto Heber: “Me genera tranquilidad en el mando de la policía”, está diciendo, sin querer, varias cosas.

    Entre ellas, que la policía en sí, no le da total tranquilidad.

    Moraleja: si bien será muy difícil, hay que tratar de perforar el muro cultural/institucional y forzar un funcionamiento más transparente y más profesional del micromundo policial que sea funcional a la conducción democrática del país.

    2. La Agenda. Es un principio elemental en política que quien consigue imponer la agenda lleva las de ganar en la cancha y el gobierno suele tener ventaja en esa pulseada, ya que es quien más puede hacer y anunciar.

    Hasta hace unos meses, en nuestro país, así funcionaba la cosa: era el gobierno quien ponía la agenda, mayoritariamente.

    Hoy no es así.

    Quedan algunos temas donde tiene injerencia, como la Rendición de Cuentas o la reforma de la seguridad social, pero el primero anda a los tirones entre decenas de jugadores y el segundo todavía no ocupa el centro del escenario.

    En suma, el gobierno no maneja la agenda y está operando mucho (demasiado) por reacción. Eso no es bueno y, a la altura del período en que está, lejos todavía de la orilla, menos que menos.

    3. En lugar de seguir una agenda, nuestro mundo político está convertido en un conventillo. Ha pasado a surfear en una zarzuela de escandaletes, que se suceden o superponen: el pasaporte de Marset, la beneficencia del senador Carrera con dineros públicos, la consistencia de las cajas de cigarrillos, la proyección internacional de un colaborador de la Intendencia de Montevideo, ahora el custodio presidencial…

    Si bien es comprensible en política la tentación de no dejar una pelota picando sin patearla, la resultante de esa dinámica es pésima: para adentro acentúa la animosidad, pudriendo el diálogo y la convivencia y hacia afuera acrecienta el desprestigio de la política (sin la cual no hay democracia). Muchas veces los políticos creen que cuando pudieron aprovechar una agachada del adversario suman puntos. No se dan cuenta de que, en cada episodio, lo que ocurre es un agravamiento del desprestigio general (“son todos iguales”).

    Creer esto no requiere un acto de fe: basta mirar alrededor.

    Resumen, como dicen los brasileños: alguém ten que pisar a bola (y levantar un poco la vista).

    Ignacio de Posadas

    Cartas al director
    2022-10-05T22:35:24