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    Argentina electoral: ¿la hora de la bronca?

    Nº 2223 - 4 al 10 de Mayo de 2023

    Los tres últimos presidentes argentinos desistieron de candidatearse en las elecciones de este año. Los tres estaban constitucionalmente habilitados. Los tres habían generado expectativas de presentarse. Y los tres vieron algo que no les gustó. ¿Habrán sido las encuestas? ¿O los asustó la situación económica? Sea el temor a perder las elecciones o a fracasar en el gobierno, el denominador común de la Argentina es el pesimismo. La esperanza no tiene quién la anide.

    El pesimismo y la desesperanza pueden manifestarse electoralmente de dos maneras: mediante la abstención, si predomina la desesperanza, y mediante el voto antisistema, si el pesimismo se transforma en enojo.

    La abstención viene creciendo en Argentina desde hace años, pero no es significativa: si bien votaba más del 80% del electorado en la década de 1980, hoy todavía vota alrededor del 70%, mucho más que en Suiza o Estados Unidos. El voto antisistema, en cambio, es más novedoso. La figura de Javier Milei hace sonar alarmas por su parecido con los fenómenos Trump y Bolsonaro y por la reminiscencia del estallido social de 2001. Este, sin embargo, careció de un representante concreto: el clamor popular era “que se vayan todos”. La línea de conflicto era horizontal, separando al pueblo de las elites. Más tarde la “grieta”, o polarización afectiva, neutralizó ese clamor porque cada bando quiere que se vaya el otro, no todos: la línea de conflicto se tornó vertical. Pero la sucesión de fracasos económicos y el agotamiento de los liderazgos carismáticos está dando lugar a un nuevo realineamiento, otra vez horizontal, en el que el pueblo violentado es cortejado por un outsider, alguien sin responsabilidad en el fracaso y que aparece tan enojado como la gente común, pero proactivo. El temor, esta vez, lo sufre la “casta”, que es como Milei describe al establishment político.

    Un sistema electoral restrictivo.

    Argentina tiene un conjunto de instituciones diseñadas para proteger a los insiders y complicar a los outsiders. En primer lugar, la elección escalonada: al elegirse el Senado por tercios y la Cámara de Diputados por mitades, la distribución de bancas no refleja la última elección sino las tres últimas. Los partidos flash, que aparecen de repente, están condenados a la subrepresentación.

    En segundo lugar, la distribución proporcional de bancas esconde una segunda subrepresentación: la de la provincia de Buenos Aires, que con el 40% de la población envía el 27% de los diputados y el 4% de los senadores al Congreso. La contracara es la sobrerrepresentación del interior, donde los partidos tradicionales son más fuertes. Así, algunos partidos provinciales consiguen diputados con pocos votos, mientras los nuevos partidos nacionales sacan más votos pero menos bancas.

    En tercer lugar, la estabilidad política subnacional fortalece a los partidos tradicionales y complica a los emergentes. Desde 1983, las provincias argentinas han tenido 10 elecciones para gobernador, una cada cuatro años. Y en promedio, 20 de cada 24 provincias reeligen al oficialismo en cada oportunidad.

    En cuarto lugar, la boleta partidaria. Su utilización, en vez de la boleta única que se utiliza en la mayoría de los países (pero no en Uruguay), torna a cada partido responsable por la impresión, distribución y fiscalización de las hojas de votación. Considerando que existen más de 100.000 mesas de votación en todo el territorio, eso significa que un partido nacional que tenga aspiraciones de gobierno necesita alinear más de 100.000 fiscales el día de las elecciones, además de las personas necesarias para coordinar a los fiscales y movilizar a los electores. Semejante aparato no está al alcance de un recién llegado.

    Y finalmente están las PASO, las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (obligatorias tanto para los partidos como para los ciudadanos). Aunque su objetivo original era permitir la selección de candidatos, impidiendo las deserciones partidarias, sus funciones reales son otras. En primer lugar, actúan como filtro: al imponer una barrera del 1,5% de los votantes para habilitar la participación de un partido en las elecciones generales, la oferta electoral se ha reducido de 15 candidatos presidenciales en la última elección antes de la reforma electoral (2007) a los seis actuales, el cuarto oscuro se ha desmalezado. En segundo lugar, las PASO actúan como soldador: al ofrecer un mecanismo para distribuir candidaturas, han permitido la creación de coaliciones preelectorales que de otro modo no se habrían formado. En breve, sin las PASO no hubiera existido Cambiemos, la alianza entre el PRO y la UCR, y Mauricio Macri nunca habría sido presidente.

    Dicho esto, hay dos maneras de procesar las PASO: productiva o destructivamente. Las PASO constructivas son aquellas que retienen a los perdedores y suman votos ajenos en la elección posterior; las destructivas son aquellas en que los perdedores desertan y los votantes independientes no los compensan. La diferencia entre una y otra depende de dos factores: las reglas preestablecidas y el affectio societatis. Las reglas, decididas por cada partido o coalición, son constructivas cuando otorgan lugares expectables en las listas a los perdedores. El affectio societatis es más difícil de medir, y mucho más difícil de crear, pero consiste en que los contendientes se sientan más próximos entre sí que con los candidatos más cercanos de las otras coaliciones. Las PASO peronistas suelen ser destructivas, como la que llevó a la pérdida de la gobernación bonaerense en 2015, mientras las de Cambiemos eran constructivas. ¿Tiempo pasado?

    Actores conspirando contra sus propios intereses.

    El escenario electoral aparece desfavorable para el oficialismo por varias razones. La primera es que los oficialismos están perdiendo en toda América Latina. Por primera vez en la historia, y exclusivamente en nuestra región, desde 2016 conviene ser oposición para enfrentar una elección: dos tercios de las contiendas terminan con el gobierno derrotado. En Argentina, además, las luchas internas del Frente de Todos han llevado a una situación en que el presidente no se habla con la vicepresidenta y el ministro de Interior critica al gobierno como si él integrara el gabinete de Lacalle Pou. A esto se suma el detalle de la inflación: con más del 100% anual y en aumento, un gobierno solo podría ganar si la oposición fuera muy incompetente. O sea, no debe descartarse la hipótesis.

    En la vereda de enfrente, Juntos por el Cambio hace lo posible para complicarse la vida. A las peleas entre los candidatos presidenciales se suman rupturas en varias provincias, la mayoría de cuyas elecciones son desdobladas de las nacionales y ya comenzaron. Los errores de los líderes tienen un efecto erosivo sobre la institucionalidad de la coalición, debilitando no solo su potencia electoral sino sus credenciales de gobierno.

    La opción libertaria se yergue frente al desgobierno del gobierno y la autooposición de la oposición. Javier Milei pesca en el estanque del hartazgo con un discurso doctrinario que, a diferencia de sus similares en otras latitudes, no es nacionalista. “Viva la libertad, carajo” es su grito de guerra, y Margaret Thatcher, una de sus heroínas en una sociedad que tiende a verla como criminal de guerra. Aunque el pragmatismo es un arte que se aprende, la rigidez ideológica no es un buen augurio en un sistema político que, como se argumentó antes, castiga con la minoría a quien se atreva a desafiar a los partidos establecidos.

    En las encuestas, Milei aparece hoy como el candidato individual más votado en las PASO. Aunque su partido tendría menos votos que las dos coaliciones principales, el efecto psicológico que provocaría su pole position va más allá del efecto mecánico de la suma de votos. Si el momentum causado por el resultado lo llevase a ganar las elecciones generales, se encontraría con un Congreso hostil en el que controlaría a menos de un tercio de los legisladores en cada cámara. En semejante contexto, y enfrentado con los demás partidos, Perú anticipa los escenarios: o el Congreso destituye al presidente vía juicio político, como le ocurrió este año a Pedro Castillo, o el presidente cierra el Congreso, como hizo Alberto Fujimori en 1992.

    La aparición de Milei refresca a la democracia como representación, pero la desestructura como gobierno. Igual, dirá alguno, si gobierno es lo que hay ahora, venga el diablo y decida.