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    Arranque con listón alto

    Se inició la 75ª temporada del CCM

    Con la presentación de la Orquesta de Cámara de Munich y la violinista alemana Veronika Eberle, comenzó este martes 25 en el Teatro Solís la temporada del Centro Cultural de Música (CCM). La prestigiosa institución cumple 75 años de prolífica vida y con tal motivo, al finalizar el concierto, se sortearon entre los abonados dos pasajes a Madrid y dos pasajes a Buenos Aires.

    Desde el año pasado, la Orquesta de Cámara de Munich tiene como principal director al joven maestro alemán Clemens Schuldt, de quien habla muy bien la prensa extranjera especializada. Inconvenientes de agenda impidieron que Schuldt acompañara a la orquesta en esta gira sudamericana y su lugar como líder fue ocupado por la concertino del conjunto, la violinista australiana Suyeon Kang. El programa estaba bien estructurado: abría con Mozart y cerraba con Haydn. Y en el medio de esas dos apelaciones al clasicismo, una visita a los comienzos del siglo XX (Reger) y otra a la música contemporánea (Fennessy).

    La velada se abrió con la Sinfonía Nº 29 (IK 201), escrita por Mozart (1756-1791) a los 18 años. Inmediatamente después se hizo el Concierto Nº 4 para violín (IK 218), que fue compuesto en 1775, un año después que la sinfonía. La audición “pegada” de ambas obras resultó muy interesante porque ilustró con claridad un período de inflexión de Mozart, desde la Sinfonía Nº 29, que pertenece al tramo final de influencia del sturm und drang en su obra, al Concierto IK 218, donde ya se percibe el cambio en la aproximación a la llamada “música galante”. Desde el primer acorde se percibió la calidad de la Orquesta de Cámara de Munich. Absoluto dominio del contraste y del pianísimo; intensidad en los ataques sin golpes de arco; dulzura en la media voz de todos los instrumentos; un empaste perfecto de cuerdas, maderas (dos oboes) y bronces (dos cornos). Escuchándolos, resultó inevitable el recuerdo y la comparación con la Camerata Berna, otra notable orquesta de cámara traída en 2013 por el Centro Cultural de Música, que hizo en aquella oportunidad la Sinfonía Nº 40 de Mozart. Con el Mozart de estos alemanes ocurrió lo mismo que hace cuatro años con el Mozart de aquellos suizos: las obras renacieron con otras sonoridades y con un discurso mucho más sugerente, lleno de sutileza, elegancia, ritmo y contrastes, ajeno a todos los estándares que circulan por ahí.

    Verónika Eberle tiene 28 años y toca un Stradivarius Dragonetti de más de 300 años. Es desde ya un talento luminoso. Se para en el medio del conjunto y se mete en la obra con una indisimulable expresión de placer. Posee un sonido de gran dulzura que mantiene aún en los agudos de acero. Frasea con gracia y buen gusto. La cadencia del primer movimiento fue sencillamente escalofriante y la del segundo mostró unos pianísimos de una delicadeza poco habitual en el volumen. El maravilloso violín donde toca le fue prestado a la artista por la Nippon Music Foundation en 2009. Los japoneses ya se dieron cuenta de que está en excelentes manos, por algo hace ocho años que lo tiene.

    La obra contemporánea Hirta rounds fue compuesta en 2015 especialmente para la orquesta visitante por David Fennessy, compositor irlandés nacido en 1976. Es una obra breve escrita para 16 cuerdas (nueve violines, tres violas, tres cellos y un contrabajo) con la condición de que sea ejecutada sin director. Obra tonal, de sonidos etéreos, de ritmo fluctuante, contrasta con momentos serenos y otros exasperantes por la reiteración de algún intervalo. No parece entusiasmar, con las debidas reservas por ser primera audición.

    Max Reger (1873-1916) es un compositor alemán poco transitado por estas latitudes. Muy prolífico, compuso de todo menos ópera. De sólida formación académica, su música muchas veces no es de audición fácil o amable. Su apasionamiento por el contrapunto y el desarrollo de las formas lo lleva muchas veces a alargar un discurso más intelectual que inspirado, donde de tanto en tanto, surgen fragmentos luminosos. Una excepción a lo dicho es el Andante lirico (Liebestraum) para cuerdas, compuesto en 1898, brevísima pieza de tres minutos de gran dulzura y serenidad donde las cuerdas cantan en todo momento. La versión de la Orquesta de Cámara de Munich fue una lección de empaste y color. No se quedaron solo con el canto sino que trabajaron al detalle el timbre y la coordinación del conjunto, logrando una amalgama de terciopelo.

    El cierre fue con la sinfonía Los adioses, de Haydn (1732-1809), una estupenda obra compuesta en 1772 en pleno auge del sturm und drang, que inexplicablemente aparece poco en los programas locales. Es una obra de madurez y en este sentido resulta interesante su comparación con la obra de juventud, que es la Sinfonía Nº 29 de Mozart, escuchada en la primera parte. Los adioses tiene un aire tristón y melancólico de principio a fin. La escritura para las cuerdas es de un lirismo e inspiración inusuales en el resto de la vasta producción haydniana. La versión de los músicos bávaros fue un nuevo despliegue de musicalidad con ligados expresivos, ritmo infalible, crescendos y diminuendos de antología.

    La temporada arrancó entonces con el listón alto. Si los próximos conciertos mantendrán o no este nivel, es imposible adivinarlo, aunque también es cierto que los 75 años de vida del Centro Cultural de Música permiten aventurar un pronóstico favorable.