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    Atreverse a saber

    Sr. Director:

    Ayer, 17 de febrero, se cumplieron 421 años del día en que Giordano Bruno, desnudo, colgado por sus pies, cabeza abajo y sangrando por su boca al tener la lengua atenazada, fue quemado vivo en el Campo dei Fiori de la ciudad de Roma. Esta pena había sido confirmada cuatro semanas antes por el papa Clemente VIII, luego de que un tribunal inquisidor compuesto por los cardenales Bellarmino, Madruzzo, Pinelli, Arrigoni, Sfondrati, De Deza, Santorio y Borghese (este último luego papa Pablo V) lo declaró hereje tras un juicio que duró siete años. Debo hacer notar que, en todo este párrafo, solo he mencionado hechos históricos incontrovertibles. Sin agregar matiz de opinión alguna.

    Hay quienes sostienen que esto que acabo de relatar no es sino parte de una leyenda negra pergeñada con la intención de desprestigiar. Pero veamos algunos datos relevantes.  Entre los motivos por los que se entendió que Bruno debía morir figuraron su rechazo a que la Tierra estuviera en el centro del universo, su apoyo a la teoría heliocéntrica de Copérnico, su adhesión al concepto de que las estrellas eran soles lejanos, con muy alta probabilidad de tener planetas a su alrededor, y que era posible que algunos de estos últimos pudieran alojar vida. Como se puede ver, todas ellas, ideas  “disparatadas” propias de una mente enfermiza que necesitaba ser controlada o, aún mejor, acallada. En realidad, al acusado se le aplicó tan atroz castigo por insistir en ejercer su capacidad pensante y, sobre todo,  por atreverse a decir lo que pensaba. Se cuenta que este, al oír el veredicto, luego de negarse a desdecirse o arrepentirse de sus opiniones —lo que probablemente le hubiera salvado la vida— dirigiéndose a sus jueces, dijo: “Quizás ustedes pronuncien esta sentencia con mayor temor que aquel con el cual yo la recibo”.  Sin duda, su frase final al tribunal sintetiza brillantemente cómo la conjunción de ignorancia y dogmatismo engendra miedo.

    Hay quienes entienden que todo esto se trata de un hecho que, al haber ocurrido hace tanto tiempo y dado que los criterios con que se llevaban a cabo dichos juicios ya han quedado atrás, solo cabe olvidar. A ellos corresponde recordarles que la ejecutora de esta barbarie fue la misma institución que hoy reclama tener 20 siglos de una continuidad histórica fundada en el amor hacia los seres humanos. Y conste que yo no dudo que entre quienes la componen hubo y hay muchísimos que son genuino ejemplo de amor al prójimo.

    En 1616, el mismo cardenal Bellarmino —canonizado en 1930— presidió otro famoso tribunal inquisidor que juzgó heréticos los escritos científicos de Galileo Galilei, quien, luego de ser declarado culpable en 1633, salvó su vida retractándose públicamente de sus hallazgos. El castigo impuesto a Bruno había surtido el efecto ejemplarizante deseado. En el momento de finalizar su retractación en voz alta, la leyenda dice que Galileo murmuró la ya famosa frase “Eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”, indicando que la Tierra sí gira alrededor del Sol). Murió en 1642, luego de nueve años en prisión domiciliaria. En 1992 el papa Juan Pablo II intentó una rehabilitación parcial de Galileo, pero no encontró eco en la comisión vaticana que designó para tal fin. En cuanto a Giordano Bruno, lo que más se acercó a una reconsideración de su caso, fue un esbozo de velada disculpa, insinuada por el mismo Juan Pablo II 400 años después de aquella brutal ejecución, al lamentar “el uso de la violencia en la que algunos incurrieron intentando servir a la verdad”.

    Demasiado poco, demasiado tarde, demasiado... todo.

    Dr. Roberto B. García

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