“Cuando estábamos preparando el libro nos comunicamos con uno de los hijos de Fonseca para pedirle imágenes. Como Michael Gregory había hecho la película tenía las fotos digitalizadas y nos las ofreció. Tuvimos un vínculo de trabajo muy bueno con él, nos mandó el trailer y se nos ocurrió que para el día de la inauguración podíamos proyectar la película. Al final, Gregory terminó viniendo y estuvo en la función. Fue mucha gente y hubo un diálogo con él”.
Gregory había hecho un documental sobre Cairo, uno de los hijos de Fonseca y también artista. En ese momento vio fragmentos de la obra de Gonzalo, algunas fotos y escuchó historias sobre su vida. Descubrió entonces a un personaje fascinante, enigmático, culto e inteligente, aunque por momentos cerrado, casi un ermitaño. Descubrió a un personaje de película y decidió hacerla con entrevistas al artista y a sus allegados pero, sobre todo, con Fonseca en acción.
“Su casita en Italia tenía una cantera abandonada de donde sacaba el mármol. Allí instalaba sus esculturas y tenía una especie de museo-anfiteatro propio al aire libre. Había creado un pequeño mundo y en el libro está registrado ese mundo”, contó Díaz. Están también las fotos de Gustavo Serra, que lo registró en su estudio de Nueva York y en Italia. Serra había ido a ayudarlo para hacer la escultura Rumi Saiko, que junto con otras se instalaría en el parque al lado del Edificio Libertad, y se quedó como dos meses con él. “Al final no lo ayudó porque Gonzalo era de hacer todo él, no era de esos escultores en los que la obra la hacen los ayudantes. Él usaba la amoladora, el cincel, hacía todo con sus manos y su cuerpo. Entonces Gustavo, que fue a ayudarlo, en realidad terminó sacándole fotos”.
Rumi Saiko, una escultura en piedra de 2,40 metros de alto y 2.350 kilos, es la única obra pública de Fonseca en Montevideo. En el Parque de las Esculturas sobrevive casi intacta por su solidez, frente al deterioro y abandono de las piezas de otros artistas. Para el centenario de Fonseca, los organizadores quisieron trasladarla a la Peatonal Sarandí mientras durara la muestra, pero no fue posible. En el libro está el proceso de creación de esa pieza.

De viajes y torres
Aquel viaje con la familia fue iniciático y tan fundamental que no solo marcó a Fonseca como artista, sino como gran viajero. Su padre era ingeniero electrónico en UTE y en 1933 el gobierno le pidió que fuera a Berlín a comprar teléfonos para mejorar el servicio que en ese momento brindaba. Entonces el matrimonio Fonseca con sus cuatro hijos se embarcó en un viaje que incluyó Austria, Checoslovaquia e Italia.
Con los integrantes del TTG viajó a Machupichu y Cuzco, pero él quería conocer otras civilizaciones antiguas y se fue a Egipto, Jordania, el Líbano. “Trabajó en excavaciones arqueológicas, casi se muere de hambre en un momento y de una infección de los ojos en otro. No tenía límites. También viajó por la India y Centroamérica, siempre buscando vestigios de civilizaciones del pasado, afín a las ideas del TTG. Le interesaba mucho todo eso, los idiomas, de dónde venían las palabras, cómo la representaban gráficamente, el vínculo de la palabra con la imagen, como en los egipcios”, recordó Díaz.
Cuando conoció a Joaquín Torres García, Fonseca era un veinteañero estudiante de Arquitectura. Quedó fascinado por su presencia, pero también por la filosofía con la que concebía el arte. “Torres García personificaba una opción de vida, de compromiso profundo con el hacer artístico, sin concesiones. Arte y vida eran para él una sola e idéntica cosa, ya que el pintor vivía para el arte y en el arte”, escribió Díaz para el libro.
En la muestra, compuesta por piezas de coleccionistas, se alternan las primeras obras hechas en el TTG con sus pinturas más elaboradas y las piezas murales y en piedra que se conservan en Uruguay. Aparecen sus dibujos de los años 40 y 50 de la época de su formación en el taller, algunos al natural, otros más abstractos.
“En el TTG dibujaban mucha naturaleza muerta y pintaban muchos paisajes. Salían y pintaban lo que veían. Tenían bien claro lo que era visual (lo que veían) y lo mental (construían formas que habían adquirido a partir de la experiencia visual). Torres nunca dijo ‘hay que pintar como yo’, sino que dijo ‘hay que hacer formas, geometrías, estructura’. Él se consideraba uno más en una tradición que venía de los egipcios, de los precolombinos, que se atenían a cierta manera plana, construida, de formas geométricas. Hay un proceso de abstracción, la realidad se transforma en algo geométrico en el plano de la escultura, la pintura, la cerámica. Aún hoy se cree que dibujar bien es imitar la realidad, eso es lo primero que hace un artista, empieza por ahí para llegar a la abstracción”, explicó el director del museo.
Entre aquellos dibujos del TTG hay unos muy curiosos protagonizados por unos seres de nariz puntiaguda y sin boca. Les llamó los Abidones y creó con ellos todo un pequeño mundo.
Fonseca fue de los integrantes más inquietos del taller en experimentar con diferentes materiales y con el volumen. En la muestra se ven sus trabajos en cerámica, en hueso, en marfil, en madera, en cemento. También está el mural que hizo con los integrantes del taller para el Hospital Saint Bois, que pintaron directo sobre el muro. Fonseca pintó dos de esos murales.
En el libro, Serra cuenta una anécdota que ilustra muy bien la personalidad de Fonseca y su admiración por Torres García. Cuando hacía pocos meses que había conocido al maestro y había entrado al taller como su discípulo, consiguió que un amigo de su padre le prestara una torre abandonada en un predio del Prado. Allí instaló su taller. “Una noche, durante la cena familiar, su padre tuvo la infeliz idea de hacer un chiste que involucró a Torres García y la torre-taller. Gonzalo se levantó de la mesa y se retiró (…). El hecho es que Gonzalo se fue de su casa para no volver y no volvió a hablar con su padre en los siguientes 15 años”.
Los Fonseca eran una familia adinerada que le daba importancia a la formación universitaria y profesional. La entrada de Gonzalo al TTG había creado discrepancias y el mal chiste de su padre provocó esa drástica ruptura. De hecho, abandonó sus estudios en la Facultad de Arquitectura y se dedicó de lleno al arte.

Residencias
A inicios de los años 50, Fonseca se fue de Uruguay y posiblemente ese alejamiento explique el olvido de su figura y de su obra. En 1951, se instaló en Roma, pero siguió viajando por el norte de África y por el Cercano Oriente. Continuó también participando de exposiciones del TTG en varias ciudades. Con Julio Alpuy viajó por el Líbano y Egipto y desde allí enviaba cartas con letra parejita y dibujos en los contornos y en medio del texto. Nuevamente mostraba la fascinación por las civilizaciones antiguas.
El arte mortuorio le atrajo especialmente. “En Egipto todo lo que ves está relacionado con la muerte, pero relacionado con la resurrección, la vida. La tumba era para que el faraón renaciera, para que el ciclo se repitiera. Como sucede en todas las civilizaciones agrícolas que creen en el mito solar, se muere y se nace todos los días. A él le fascinó todo eso”.
Otra de sus fascinaciones fueron las barcas, también tradicionales en varios pueblos que las usaban como ofrendas. Él las hacía en piedra y una de las joyas más preciadas de esta muestra es Panamá, hecha en piedra caliza (ver foto). Es una de las pocas de sus esculturas que hay en Uruguay, además de Rumi Saiko y otra en la Fundación Atchugarry.
Otras de sus residencias fue la ciudad de Nueva York. Allí se instaló en 1958 con Elizabeth Kaplan, también artista e hija adinerada de un empresario norteamericano, con quien se había casado en 1955 en Tánger. En Estados Unidos tuvo a tres de sus cuatro hijos. La primera, Quina, nació en Montevideo en una breve estadía de la pareja. Otra de sus hijas, Isabel Fonseca, vivió en Uruguay con su marido, el novelista inglés Martin Amis, en su casa de José Ignacio, y posiblemente venga a Montevideo a visitar la muestra.
En Nueva York, Fonseca trabajó más el volumen en madera, cemento y piedra. “Fueron obras públicas que desaparecieron. Cuando demolían un edificio viejo él iba con un carrito y se llevaba piedras. Hacía cargar a los hijos varones de noche”, recuerda Díaz como una de las anécdotas sobre su peculiar forma de vida. Enamorado de la piedra, visitó el norte de Italia y llegó a las canteras donde hay una comunidad de escultores contemporáneos y tradicionales, de esos que hacen ángeles y estatuas, y ese mundo le encantó. Se compró una casa vieja de un pastor del siglo XVI, la arregló muy poco y alternó su vida entre ese lugar y Nueva York, que también fue motivo de sus pinturas que se pueden admirar en la muestra. En 1971 se separó de Kaplan.

Una escultura de sí mismo
La fotografía se la tomó su esposa Elizabeth desde abajo y se lo ve enorme, como una especie de guerrero de la piedra, con sus trofeos que cuelgan del cuello. “Es como su propia escultura, se transforma a sí mismo en un tótem de su idea del arte, como una declaración de principios estéticos” (ver foto p. 38), explica Díaz.
Para el director, Fonseca nunca abandonó los principios de Torres, sino que continuó buscando en una perspectiva personal. “Era fan de Torres, se peleaba por él, era de los barrabrava, como le llamó Ernesto Vila. Hubo otros que se apartaron o fueron detractores. Lo que siento no es que siguiera a Torres como persona, sino una idea que hablaba de un arte universal, porque nunca habló de ‘mi arte’”.
A Fonseca no le gustaba mucho hablar, pero cuando conectaba con los demás era un hombre sociable, erudito y conversador. Así aparece en el documental de Gregory. “Hay una anécdota de Isabel, su hija, que aparece en el libro. Una vez llevó a un compañero de escuela a su casa, eran las tres de la tarde y Fonseca estaba en bata y desayunando con los pelos revueltos. A Isabel le dio mucha vergüenza y nunca más llevó un invitado”.
Es gratificante tener una muestra sobre Fonseca y un material tan atractivo y completo como el que aporta el libro que la acompaña. Su mundo personal y artístico es cautivante, como si fuera un viaje que lleva hacia viejas tierras, esas en las que todo vuelve a empezar.