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    Aviso a los navegantes

    No es broma

    En el reino de Desprolijia las aguas están embravecidas.

    Las chanzas y las desalianzas electorales venían concertando el interés y el entretenimiento pueblerino, hasta que estalló hace unos días el así llamado Escándalo de los Malentendidos, una telenovela cuyo final dista aún de vislumbrarse. Una especie de House of Cards con 17 temporadas y 458 capítulos.

    El circo menor lo venían protagonizando varios equipos de segunda división, uno de ellos llamado Alternativa, conformado por jugadores amateurs, muy poco preparados para la “alta competencia”.

    En este reino hay príncipes, condes, marqueses, barones (con “b” larga muchachas, no me vengan con un reclamo feminista), por supuesto un rey, pero también hay muchos bufones, saltimbanquis, y cómicos de la legua.

    Un señorito feudal de poca tierra, el barón Von Mierez und Ratonperez, poseedor de una chacrita denominada Independence Land, tan ambicioso como atropellado, se puso a juntar vecinos con el fin de unir sus tierras (tierritas, en realidad) para una producción cooperativa.

    Se juntó con el duque Ferdinand Beloved, poseedor de tres o cuatro hectáreas muy improductivas, con el barón Franz Inibatlle, propietario de un terrenito de dos por dos, y con el temible marqués Stéfano Coraggioso y su consorte, la marquesa Giungla della Andriolivalenti, quienes, más que tierras, lo que tenían eran unas ganas bárbaras de conquistar territorios.

    Como era de esperar, la cooperativa no llegó a producir ni un pepino, y explotó en pedazos a la primera de cambio.

    Otro tanto ocurrió con el invento de un gran entrepreneur, exitoso vendedor de armaduras deportivas, el conde Edgardo von Novick Vaporub, quien se propuso organizar una gran fiesta, a la que llamó Party of the People, procurando incorporar a su celebración a célebres disc jockeys del reino.

    Fue así que contrató a dos conocidos animadores, los entertainers e influencers denominados en la jerga fiestera DJ Zuby, un músico parlanchín que hablaba en las fiestas más que la música que hacía sonar, y un oscuro saltimbanqui de origen italiano conocido como DJ en Fa y Chelo, bastante aburrido y con escaso poder de convocatoria.

    Como en el caso anterior, la sociedad no duró mucho, la Party of the People fue un fiasco, se vendieron muy pocas entradas, y el conde Von Novick Vaporub volvió a su tienda de artículos combativos, en la que sin duda le irá mejor que organizando fiestas.

    Y cuando todos estábamos balconeando estos divertidos episodios, ¡explotó la bomba!

    Un día, el rey Tabario I, de la dinastía de los Vazqueborbones, amaneció cruzado, y de un saque mandó decapitar en la plaza pública a la plana mayor de su Fuerza Armada, integrada por varios militares de carrera, tanto de carreras cortas como de corredores de grandes premios.

    De paso, cañazo, el monarca dijo que no le quedaba otra alternativa que cortar todas esas cabezas uniformadas, y le endilgó las culpas de uno de los grandes dramas nacionales a su ministro de la Defensa, el conde don Menendo, y a su colaborador más estrecho, el barón de Remontiel.

    El pueblo estaba azorado ante tanta virulencia real (en reiteración real) y se preguntaba cómo era que nadie había sospechado que se venía un exterminio en masa de los uniformados del reino.

    El conde don Menendo explicó y explicó, dijo que el tema era delicado y grave, y que hasta le había sugerido al entorno del rey las medidas que había que tomar de inmediato. Nadie le dio pelota.

    Los medios procuraron la opinión y los comentarios de uno de los opinólogos y comentaristas más prolíficos del reino, el rey emérito Pepón de las Mujicas, quien en la portera de su chacra declaró, para sorpresa de todos, “no shé de qué mejtáshablando, no conojco el casho, ¡y no me jodá má que ando shin tiempo, ando, papá!”.

    Finalmente, como pasaban solamente las semanas y no pasaba nada más, un insidioso escriba, de esos que pululan en los sombríos medios de comunicación que tanto envenenan al pueblo difundiendo las cosas que pasan, sin agregarles advertencias ni anestesias, reveló que el rey se había tomado la pastilla, y se había dormido.

    —Yo no sabía nada —dijo públicamente el rey, pero nadie le creyó.

    Conocidas eran sus bromas despistantes y confunditivas, que tanta sorpresa como asombro habían creado antes en el pueblo.

    Todos recordaban su famoso anuncio de la reducción de las rapiñas en un 30%, el respaldo explícito a las sangrientas bromas del conde Astorio, su ministro de Finanzas, quien había anunciado que nunca más se aumentarían los impuestos, o su calificación de “el bullying más fantástico que he visto en mi vida” a las críticas que se le hacían tiempo atrás al destronado virrey  Raulo von Sendick und Corporatecards, procesado por malversación de fondos públicos y abuso de título profesional virtual e inexistente.

    ¿Cómo era posible, pues, creerle al rey? ¿Realmente no sabía nada, o alguien le había escondido los expedientes que él aseguraba que no había visto ni leído? ¿Era aceptable confiar en que, como firmaba más de 50 expedientes por día, no se hubiera detenido en uno de ellos, que rezumaba dinamita por los cuatro costados, y que le determinaba, como una de las consecuencias de su apocalíptica firma, la de cortar dos cabezas de grandes jefes de los reales ejércitos en menos de dos semanas? ¿Eran sus ministros de la Defensa traidores, ignorantes, distraídos, burros, o solamente chivos expiatorios?

    Todo el mundo miró hacia el entorno más próximo del rey, pero no aparecía nadie.

    Tan solo allá en la distancia, el bufón Rigoletto della Toma y Daca se alejaba en medio de graciosas cabriolas, musitando en voz baja su canción preferida: “Ota vé lo jolimo, y no se dieron cueeenta…”, y agitando su sonajero de pastillas de “Yonofui Forte”.