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    Azara lo dijo con claridad

    La fundación de Colonia del Sacramento enfrente a Buenos Aires dio comienzo a una tan larga como intensa lucha entre españoles y portugueses por el control de una plaza fuerte que, al mismo tiempo, era un estratégico emporio comercial. Una síntesis de esos enfrentamientos podría ser la siguiente: España conquistaba Colonia en el campo de batalla y Portugal la reconquistaba en la mesa de la diplomacia. De esa manera, el bastión cambiaba de dueños con notable regularidad pues la superioridad militar de España en el Río de la Plata se diluía en las negociaciones europeas, en donde Portugal, apoyado por Inglaterra, aprovechaba los conflictos militares en el Viejo Mundo e incluía automáticamente a Colonia en el paquete a acordar con su rival ibérica, que a esas alturas era una pálida sombra de su viejo yo imperial.

    En mayo de 1777, el virrey Cevallos conquistó Colonia y avanzó una vez más al norte para expulsar a los lusitanos de Río Grande. Sin embargo, a la altura de Maldonado fue alcanzado por la Real Cédula del 11 de junio, en la que se le ordenaba que ante las negociaciones diplomáticas en curso suspendiese las acciones militares.

    A través del Tratado de San Ildefonso (1º de octubre de 1777) se fijaron nuevas fronteras. La traqueteada Colonia del Sacramento quedó en poder de España y Portugal obtuvo a cambio las Misiones Orientales y otros territorios, acordándose el envío de comisiones mixtas para fijar definitivamente los límites entre los imperios. Dos miembros ilustres de esas comisiones eran Félix de Azara y Diego de Alvear, padre del tenebroso Carlos María.

    Azara llegó a América en 1781 y permaneció casi dos décadas en una región que hoy pertenece a Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay. Buena parte de sus conclusiones fueron condensadas en Memorias sobre el estado rural del Río de la Plata (1801), en la cual hizo un análisis de la realidad, diagnosticó los principales males que sufrían esos territorios hispanos y propuso una serie de medidas destinadas a fortalecer el malherido proyecto colonial.

    En sus informes y escritos, Azara insistía en el tema de la descomposición general (es decir económica, administrativa, humana, religiosa y cultural) existente en esta región, subrayando la necesidad de medidas urgentes y radicales por parte de la Corona.

    Según Azara, la vida cotidiana de los pobladores estaba dominada por una impresionante miseria, tanto en lo moral como en lo material: “imposible que pueda vivir el hombre con tan pocos utensilios y comodidades”, escribió, “pues aún faltan las camas, no obstante la abundancia de lana”. Pero el aspecto de la falta de comodidades era sólo un prólogo de sus conclusiones y la artillería pesada de sus puntos de vista apuntaba al centro mismo del escenario estudiado.

    La característica central de la vida en lo que luego sería Uruguay, según Azara, era la mugre y la desidia de su gente. Sin pelos en la lengua y sin ahorrar tinta o papel, el estudioso español escribió: “las mujeres van descalzas, puercas y andrajosas, asemejándose en un todo a sus padres y maridos (…) sin coser ni hilar nada”. Y luego remató la idea con esta frase de contundente actualidad: “sus asquerosas habitaciones están siempre rodeadas de montones de huesos y de carne podrida”.

    El espectáculo era, pues, desolador y las perspectivas de futuro sombrías. Para poder permanecer en la zona, la Corona estaba obligada a fortalecer tanto el aparato productivo como acrecentar el nivel cultural. Los principales responsables de esta situación, según Azara, eran la administración colonial y el clero. Ni una ni otro habían cumplido sus objetivos, permitiendo que la población tocase fondo en todos los órdenes de la vida.

    La receta emitida por el representante español incluía una fuerte revisión de la política agropecuaria, mayor claridad en los repartos de tierra (es decir más transparencia en el tema de los contratos) y una contundente inversión en la educación de los pobladores. Adelantándose en más de 200 años a Mujica, Azara reclamó “educación, educación, educación”.

    Si Madrid no tomaba nota del diagnóstico establecido y llevaba adelante un ambicioso plan de reformas, “nunca habrá orden, ni florecerán estas provincias, ni se cortarán las atrocidades y latrocinios”.

    Ya Colón, en una muy poco divulgada carta fechada en Jamaica en julio de 1503, había dicho prácticamente lo mismo, señalado los mismos errores, anotado las mismas carencias y adelantado el mismo fracaso. También saben los lectores de La herencia, cultura y atraso que el poderoso conde-duque de Olivares, desesperado por la desidia de la Corona y por la falta de respuesta a su plan de reformas, en 1623 le escribió al hermano del rey para decirle que si no se solucionaban algunas cosas urgentemente, todo se desfondaría.

    Ante las críticas, Colón fue despojado de poder y apartado. Olivares fue arrestado por la Inquisición y murió en poco tiempo. Azara, por su parte, escribió su informe para ojos ciegos y oídos sordos. Y Mujica, que arrancó su función presidencial con un sonoro “educación, educación, educación”, no tardó en caer en una marea de guarangadas de bajísimo nivel. Por decirlo amablemente.

    Y allí están aún hoy, los moradores de la vieja Banda Oriental, viviendo entre la mugre, la desidia y el analfabetismo real y funcional.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor

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