Se puede contar una historia con un desenlace sobradamente conocido y aun así otorgarle un giro atrayente y sugestivo. El caso más elemental es el de Titanic. James Cameron logró inyectarle emoción, espectacularidad, romance y acción a un hecho real ampliamente documentado. También está Elephant, de Gus Van Sant, que recrea la masacre del Instituto de Columbine, ocurrida en 1999, desde distintos puntos de vista. No es el caso de esta película, que recrea la asombrosa historia de los 33 mineros que, en agosto de 2010, quedaron atrapados a más de 700 metros bajo tierra. El filme recrea los hechos sin la parte asombrosa. Cuatro guionistas, entre ellos Craig Borten —uno de los responsables del guion de Dallas Buyers Club, película elogiada por la cantidad de tejido adiposo perdido por sus protagonistas más que por sus cualidades cinematográficas— y José Rivera —Diarios de motocicleta— adaptan, aunque no precisamente juntos, Deep, down, dark, del escritor y periodista estadounidense Héctor Tobar, contratado por los abogados de los mineros para que contara su historia oficial. Una directora mexicana —Patricia Riggen, conocida por su filme La misma luna—, es convocada para dirigir al español Antonio Banderas como el carismático Mario Sepúlveda, uno de los líderes de los mineros. El brasileño Rodrigo Santoro es el ministro de Minería Laurence Golborne, una de las figuras clave en el rescate, al igual que André Sougarret, ingeniero civil que interpreta el irlandés Gabriel Byrne. El elenco se completa con Lou Diamond Phillips, otro minero, la francesa Juliette Binoche —que vende empanadas y llora y le pega una cachetada a Santoro—, la chilena Cote de Pablo, la mexicana Kate del Castillo y otra gama de estrellas latinas del momento. Todos hablan en un inglés que podría denominarse extranjero, inglés que posiblemente busque aludir a la idea de que no es inglés sino otro idioma, y para reforzar ese concepto se mechan palabras o expresiones en español, lo que provoca que algunos diálogos suenen desproporcionadamente horribles o involuntariamente graciosos cuando su intención es mostrarse graves o emotivos. No hay un solo personaje, hay bocetos. No hay un relato sino una suerte de dramatización costosa y visualmente lujosa de la historia, que de por sí tiene peso y emoción suficiente, funciona por sí misma, fue un show televisivo, y ya era una película antes de que llamaran a Riggen y a Banderas y a Binoche. Al final, Titanic estaba buenísima.
