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Todos los pueblos cultivan mitos, mitos que los hacen únicos e irrepetibles. Los brasileños, por ejemplo, se consideran propietarios de las cosas más lindas y más grandes del mundo. Los argentinos están convencidos, desde hace un siglo y medio, que su país será potencia.
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No importa la realidad: el Mundial de fútbol de 2014, por ejemplo, será según los brasileños “el más memorable de la historia” y hace un par de meses Cristina Fernández dijo que el Papa, Máxima y Messi eran argentinos, como si eso fuera una prueba más de la potencia de ese país, en decadencia desde hace 100 años a la fecha pero siempre convencido de estar “condenado al éxito”.
También los uruguayos cultivamos nuestros mitos que nos hacen únicos en el planeta. El más claro, sin duda alguna, es el de la garra. Esta garra charrúa (que de charrúa no tiene ni media gota de sangre pues es “gallega” y “tana”), solo existe dentro de los límites de la República Oriental y requiere, para brillar, una situación épica, un ultimátum, una espada y una pared.
Por eso mismo, Uruguay, a diferencia de los otros países que se clasifican normalmente a los Mundiales, busca su lucha titánica en el repechaje y es el último equipo en clasificar: es necesaria esta épica del sufrimiento para sacar a luz la garra charrúa, que solo los uruguayos tenemos.
Y sin embargo, los uruguayos deberíamos estar orgullosos de algo que no es un mito sino que realidad histórica: somos únicos, sí, pero en otra cosa, en algo que en definitiva es más importante que el manejo de una pelota, pues ningún otro país del mundo ha dado a luz cuatro presidentes democráticamente elegidos dentro de una misma familia. Uno por generación.
La amplitud ideológica de los Batlle que han dirigido la República (Lorenzo, José, Luis y Jorge) hace que la etiqueta “batllismo” sea tan difusa como inservible. ¿Qué es ser batllista? ¿Expandir los límites del Estado, intervenir la economía y cultivar la cultura del empleo público? Entonces, la mitad de los Batlle que han sido presidentes (Lorenzo y Jorge) no pueden ser considerados batllistas, lo cual demuestra la falta de lógica del uso de dicha etiqueta.
Cuando se establece un sinónimo entre batllismo y Estado omnipresente (simplificado en imágenes como el culto al empleo público y la regulación a la economía de mercado), se está haciendo especial referencia al batllismo de Luis Batlle Berres y, en mucha menor medida, al de José Batlle y Ordóñez.
Por eso, me parece mejor hablar de un batllismo social en el caso de José Batlle y Ordóñez, de un batllismo clientelista en el caso de Luis Batlle Berres y de un batllismo liberal, amigo de la economía de mercado, en el caso de Jorge Batlle Ibáñez.
Queda afuera de este repertorio el patriarca de la dinastía familiar. Lorenzo Batlle, presidente entre 1868 y 1872, carecía de un fundamento ideológico en el sentido amplio del término. Quien haya leído mi libro Lorenzo habrá comprobado que estamos frente a una persona conservadora en lo moral, irrestrictamente honesta en el manejo del dinero (en especial del dinero público), cabal y “buena gente” hasta las últimas consecuencias y, además, sumamente respetuosa de la ley.
Lorenzo finalizó su Presidencia siguiendo los tiempos de la Constitución. No aprovechó, como otros, el hecho de que el país se encontraba en una despiadada guerra civil para mantenerse un poco más en el sillón del poder, aludiendo “necesidades imperiosas del momento”.
Heredero de una importante fortuna, exitoso industrial y comerciante, cuando dejó la Presidencia había perdido casi todo su capital. Entró rico a la jefatura del Estado y salió pobre, pues su dedicación a la política le hizo descuidar el manejo de sus negocios privados. Su apoyo económico a sus dos hijos lo terminó de quebrar, llevándolo incluso a perder su casa.
Dice mucho de los uruguayos que dos ejemplos excepcionales de honestidad, coraje, sacrificio personal y dedicación como lo fueron el colorado Lorenzo Batlle y el blanco Bernardo Prudencio Berro hayan desaparecido del imaginario colectivo y no sean los espejos que elegimos para reflejarnos.
Ese “olvido” no se debe a que Lorenzo Batlle o Bernardo Berro hayan carecido de altura y proyección histórica: se debe, por el contrario, a que la sociedad uruguaya hoy es moralmente carenciada, mentalmente incapaz de discernir entre lo éticamente bueno y malo y completamente analfabeta para leer la historia nacional.
El batllismo que vive en el debate político actual, y que lleva a unos a sostener que la coalición de gobierno representa “el batllismo del siglo XXI” y a otros a despotricar contra “el batllismo frenteamplista”, tiene su identidad ideológica en Luis Batlle Berres más que, como erróneamente se da por sentado, en el mundo mental de José Batlle y Ordóñez.
Pero estos son puntos sin íes: en la actual cultura del todo vale se ha incluso superado el chato nivel del tango, en cuyo barro todos son iguales y nadie es mejor. Por eso, hoy en Uruguay mejor que ser Gardel es ser Paco Casal.