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En enero de 2000 ella tomó una decisión: hibernar durante un año, como si fuera un animal en estado de letargo. Llamar “ella” a la protagonista de esta novela es apropiado porque no tiene nombre, aunque quien se acerque a su historia conocerá hasta sus pensamientos más íntimos, que a veces hacen reír por su continua ironía y otras ponen los pelos de punta. Es una novela para estar en guardia, como velando el sueño de una mujer aguda e inteligente que encuentra en el acto de echarse a dormir un escape a sus problemas y a las situaciones absurdas del mundo contemporáneo. No está mal, hay escapes mucho más peligrosos.
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La novela se llama Mi año de descanso y relajación (Alfaguara, 2019), y su autora tiene un nombre exótico: Ottessa Moshfegh. De madre croata y padre iraní, la escritora nació en Boston en 1981, obtuvo varios reconocimientos por sus relatos y en 2016 ganó el premio PEN/Hemingway al mejor debut literario. Ese mismo año fue nominada al Premio Booker por su primera novela, Mi nombre era Eileen. Ahora, con Mi año de descanso y relajación el reconocimiento lo está teniendo fuera de fronteras.
La protagonista es una joven bonita que no llega a los 30 años, vive en el Upper East Side, la zona más privilegiada de Nueva York, tiene una situación económica holgada y una vida parecida a la de cualquier joven de formación universitaria que consigue su primer trabajo y vive sola en un cómodo apartamento. “Hacía ejercicio en un gimnasio carísimo, me quedaba allí tirada en el baño turco hasta que me quedaba ciega y salía de noche con zapatos que me hacían daño en los pies y me daban ciática”. Antes de la hibernación, tenía romances fugaces, salvo con Trevor, con quien mantenía una relación más sistemática, aunque también más nociva.
Trevor se va mostrando como uno de los causantes de su depresión, aunque sus padres, ambos fallecidos, también hicieron lo suyo. Pero la incidencia de unos y otros hay que descubrirla en las grietas más oscuras de esta historia. Cuando llega el año 2000, ella decide que la mejor cura para su estado anímico es echarse a dormir muchas horas. Entonces consigue una psiquiatra a través de las páginas amarillas: la doctora Tuttle. “Fue la única psiquiatra que me atendió un martes a las once de la noche”, dice la narradora para justificarse.
La doctora Tuttle es una mujer desquiciada e irresponsable que le proporciona un buen combo de somníferos, además de varios antidepresivos y ansiolíticos. Llega al punto de cambiarle las pastillas como si fueran caramelos, sin prestarles atención a sus síntomas y a su historia. Ella lo único que quiere es dormir cada vez más horas, entonces le miente y le cuenta que pasa largas noches de insomnio o que sufre pesadillas terroríficas. “A veces siento que estoy muerta (…), y odio a todo el mundo”, le dice en su primera entrevista para alarmarla. Como respuesta, la doctora Tuttle le da un fármaco y varias recetas vacías para que ella las complete. En las sucesivas consultas le suministra algún medicamento nuevo, cada vez más potente. Entonces la narración se llena de litio y haloperidol y de todo un recetario verdadero o inventado. Una verdadera bola de fármacos para la ficción.
También la historia está llena de alusiones al cine. Porque además de dormir, lo único que ella quiere hacer es mirar películas tirada en su sofá. Sus preferidas son las de Harrison Ford y Whoopi Goldberg, sobre todo se identifica con el personaje de La ratera, pero se ha quedado dormida frente a la televisión, mirando documentales o programas anodinos. Con esa vida, sus únicos interlocutores son dos griegos que le venden café en un negocio abierto 24 horas y su amiga Reva, que tal vez necesite más ayuda que ella.
Un cambio en esta rutina se da cuando la psiquiatra le receta Infermiterol. Entonces no solo dormirá durante días, sino que experimentará una especie de segunda vida en la que se llena de ropa o comida, que no recuerda haber comprado, y de fotos de penes en su celular, que provienen de teléfonos desconocidos.
La narración de Moshfegh es tan potente como las drogas que consume su protagonista. Sobre todo por sus apreciaciones filosas, que pueden apuntar hacia la medicina, el consumo, la amistad o los “machos jóvenes” que pululan en el mundo intelectual: “Lo peor era que esos tipos intentaban hacer pasar su inseguridad por ‘sensibilidad’”, piensa. Pero sus mejores observaciones, las más ácidas y certeras, las dirige hacia el mundo del arte que el personaje conoció de cerca en una galería neoyorquina, donde trabajaba para una marchand. “Se suponía que en Ducat el arte era subversivo, irreverente, escandaloso, pero no era más que basura contracultural enlatada, ‘punk, pero con dinero’”.
En esa galería, el artista estrella tiene 23 años y se llama Ping Xi. Una de sus obras la hizo al estilo Jackson Pollock, pero con salpicaduras de sus propias eyaculaciones. “Aseguraba que se ponía una bolita de pigmento coloreado en polvo en la punta del pene y se masturbaba sobre lienzos enormes”. Sus cuadros abstractos llevaban nombres “de significado político profundo y oscuro”, como Niño palestino decapitado o Fuera bombas, Nairobi. “Era todo una estupidez, pero a la gente le encantaba”, dice la narradora. Quienes lean la novela deben retener el nombre de Ping Xi porque tendrá un papel importante en la historia.
En la galería Ducat hay una alfombra blanca con marcas de sangre —como si se hubiera arrastrado por ella un cadáver— que sale 75.000 dólares. Hay monos de juguete revestidos de bello púbico humano que muestran una erección y perros embalsamados que se iluminan con rayos láser. Hay incluso una pordiosera que duerme de contrabando en un rincón y que el público confunde con una performance. Todo parece tan exagerado como la bola de fármacos ficticios, pero quienes hayan ido a muestras de arte conceptual sabrán que no lo es. Y allí está el ojo risueño y astuto de Moshfegh para señalarlo.
Pero lo que le sucede a la protagonista no es gracioso, y por detrás de las guiñadas y de la parodia, la novela tiene un nivel reflexivo, profundo y doloroso que aparece a través de imágenes y descripciones de una gran belleza literaria. Una de ellas es la imagen final, que proviene de un video del 11 de setiembre de 2001, cuando quienes quedaron atrapados en las Torres Gemelas preferían tirarse al vacío a morir carbonizados. En ese video, se enfoca a una mujer que cae del piso 78: “Se le sale uno de los zapatos de tacón y flota por encima de ella, el otro se le queda en el pie, (…) los miembros se le quedan rígidos mientras ella cae en picado con un brazo en alto como si fuese a sumergirse en un lago en verano”, dice la protagonista que mira la filmación cuando duda si la vida vale la pena.
Hay novelas que se leen con tanto placer que dan ganas de conocer a quien la escribió. Mi año de descanso y relajación es una de ellas.