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    Berlín termina un año difícil con una sacudida violenta

    Nadie sonríe en el tren rápido que atraviesa Berlín cada tres minutos. Dos días después del atentado, la ciudad que se proclama “pobre pero sexy” se ve más pobre y menos sexy pero sigue adelante. De algunas cosas no es posible esconderse. A cuatro días de la Navidad, todavía no cayó ni un copo de nieve sobre la capital alemana pero ya se precipitó sobre ella una avalancha que sepulta un año caótico. El año se termina; el caos promete continuar.

    A una cuadra de la estación Zoologischer Garten se eleva la Gedächtniskirche (Iglesia de la Memoria), que ha sido testigo de tiempos peores; todavía se ve el agujero en su torre, que los Aliados bombardearon durante la II Guerra Mundial. Este invierno está rodeada por los puestos del mercado navideño, ahora cerrados. Hay varias decenas de vehículos de la Policía y otros tantos periodistas con cámaras y estudios improvisados para contar lo que pasó el lunes 19.

    A las ocho de la noche, un camión arrolló las luces navideñas y las guirnaldas y aceleró sobre decenas de visitantes, que tiraron sus vasos de cálido Glühwein y corrieron por sus vidas. Doce personas murieron y más de cuarenta resultaron heridas, algunas de gravedad. El atacante huyó y, tras una persecución y por descripciones de testigos, la Policía acabó arrestando a un pakistaní de 23 años, que había entrado a Alemania como refugiado.

    Era lo peor que le podía pasar a la canciller Angela Merkel, el momento que estaban esperando quienes se oponen a la política de puertas abiertas de la líder de Europa que, aun en soledad, nunca doblegó su postura a favor de la integración de refugiados de Medio Oriente. Apareció ante la prensa vestida de negro, a las once de la mañana siguiente, y habló cuatro minutos.

    Lugar del atentado

    “Partimos de la base de que es un ataque terrorista. Sería especialmente difícil de soportar, si se confirmara que la persona responsable de este hecho buscó protección y asilo en Alemania. Para todos los alemanes involucrados a diario en la ayuda a refugiados y para las muchas personas que realmente precisan nuestra protección y que se esmeran en integrarse a nuestro país”.

    Hasta ese momento las autoridades ni siquiera habían confirmado que se trataba de un atentado. La noche de los hechos, los medios y las autoridades difundieron los datos con cautela en forma explícita. “Quédense en casa y no difundan rumores”, pidió la Policía por Twi­tter. El manejo de la información es un problema en estos casos y había quedado claro cuando, a mediados de año, un joven perpetró una matanza en un centro comercial de Munich; después de que circularan rumores de todo tipo, se supo que se trataba de un desequilibrado pero no un islamista radical. La diferencia es determinante para la discusión política sobre la integración y la crisis de refugiados.

    El sospechoso arrestado en la noche del lunes en Berlín negaba haber cometido el crimen; en la tarde del martes la Policía reconoció que quizás no tuviera al culpable. El Estado Islámico se atribuyó el atentado pero no dio ningún detalle, lo que lleva a varios observadores alemanes a poner en duda que haya participado de la organización. Poco se sabía sobre el hecho, y poco se sabe aún.

    La Fiscalía General pidió ayuda a la población ayer miércoles para atrapar a un nuevo sospechoso: un tunecino al que las autoridades le conocían tres identidades y cuyos documentos fueron encontrados en el camión. Los medios informaron que lo habían vigilado durante meses. Ofrecieron hasta cien mil euros de recompensa por datos que lleven a su captura. Presumen que está herido y armado. El sospechoso entró en la gran ola de refugiados del verano de 2015 y permanecía en el país aunque habían rechazado su pedido de asilo.

    Si se confirmara que es el culpable, sería combustible para la prédica de quienes exigen al gobierno que restrinja la inmigración. Los voceros de esa postura son los integrantes de la derechista Alternativa para Alemania (AfD) y parte de los correligionarios de Merkel, en especial sus aliados en Baviera. Reclaman declarar Marruecos, Túnez y Argelia como países “seguros”, algo que ya propuso el propio gobierno, de modo de poder negar asilo a los solicitantes de esas nacionalidades. Quieren que Merkel revea su política de refugiados y que aumente el poder represivo del Estado, incluso con uso del Ejército.

    Tras un atentado, esa visión gana terreno. El miércoles de mañana el gobierno alemán acordó aumentar las medidas de seguridad, la videovigilancia en espacios públicos y las cámaras portátiles para policías, medidas que ya había impulsado el ministro del Interior después de los episodios violentos del verano, según informó el periódico “Die Zeit”. El país, con leyes que tienden a proteger la privacidad, se enfrenta a la discusión entre la libertad y la seguridad, a evitar un Estado policíaco pero contrarrestar brotes extremistas. En noviembre arrestaron a Abu Walaa, figura central del movimiento islamista en Alemania. Las autoridades creían que había tenido contacto con el sospechoso que buscaban todavía ayer miércoles de noche.

    Si es incierto lo que hará Alemania fronteras adentro, no aparece más claro el futuro afuera. Un rato antes del atentado en Berlín, asesinaron al embajador ruso en Turquía, Andrey Karlov. Con intereses encontrados en la guerra civil siria, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan viven un acercamiento político. A los turcos les preocupan las actividades kurdas en la frontera y se oponen al régimen de Bashir al Assad, que apoyan los rusos. Los líderes se mostraron unidos después del homicidio. Acusaron un intento de sabotear las relaciones diplomáticas y acordaron seguir colaborando.

    Se sumará al juego en 2017 el gobierno a estrenar de Donald Trump en Estados Unidos, que después del atentado en Berlín mantuvo su discurso confrontativo contra el Islam y prometió sus esfuerzos para restringir la entrada de musulmanes: “Están demostrando que tengo razón”. El próximo año también habrá elecciones en Alemania, en Holanda y en Francia, donde la derecha nacionalista aparece con posibilidades reales de llegar al poder. Niza, una de las principales ciudades de ese país, sufrió hace unos meses un ataque terrorista al igual que otras ciudades de Europa.

    Desde el punto de vista cotidiano, la población busca entender cómo transitar por estos tiempos. “¿Cómo se maneja uno con los peligros del terrorismo?”, preguntó ante los periodistas el fiscal general el martes. “El terrorismo siempre ha ganado y va a ganar, cuando alcance su objetivo. Y eso lo logrará si hace a nuestras sociedades menos libres”. Merkel dijo ese día que tampoco tiene “una respuesta fácil” al problema. “Solo sé que no podemos ni queremos vivir prescindiendo de todo eso, de los mercados de Navidad, de las horas con familias y amigos en espacios abiertos. No queremos vivir paralizados por el miedo”.

    Por eso la prédica generalizada es no dejarse doblegar. La revista “Der Spiegel” definió el ánimo en la capital el día después como “afectado pero sereno”. Berlín ya ha visto mucho, decía la crónica, todos contaban con que en algún momento habría un ataque y la forma berlinesa de reaccionar cuando pasa algo es no dejarse impresionar demasiado.

    En el lugar del atentado hay vallas. De un lado, las autoridades todavía recogen pruebas; del otro, la gente se acerca a observar o a dejar una flor, prender una vela o escribir un mensaje en alguno de los varios puntos de homenaje. Una trabajadora entra a uno de los locales cargando una corona de flores con un lazo negro en recuerdo de los muertos. Dos hombres denuncian ante la Policía que alguien increpó sin motivo a una mujer musulmana. A media cuadra, alguien le pregunta a un oficial cuándo el lugar va a volver a la normalidad y él le responde que no sabe, que lo antes posible.

    Fuera de Fronteras
    2016-12-22T00:00:00

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