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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“¡Al gran pueblo argentino…!”
El Sr. Guillermo Vázquez Franco, en la anterior edición de Búsqueda, nos interpela por no festejar el 9 de Julio (que es gran tango) y nos acusa de complejo “de inferioridad”, debido aparentemente a que mirándonos “el ombligo”, hemos pretendido “ser distintos de lo mismo”.
El Sr. Vázque Franco no es argentino (aunque de una lectura apresurada del encabezamiento puede parecerlo), sino un uruguayo estudioso de nuestra historia, cuyo contundente planteo debe ser considerado serenamente.
Las cosas nunca son tan sencillas como parecen; y para tener una comprensión más o menos clara de las diferencias pasadas y presentes entre Uruguay y Argentina debemos empezar por la rotación de la tierra, y el efecto descubierto en 1836 por el científico francés Gaspar Coriolis (que lleva su nombre), que explica por qué las partículas en suspensión de los aluviones del Paraná y el Uruguay sedimentan en la ribera oeste del Río de la Plata, y hacen la diferencia entre el espléndido puerto de Montevideo y la orilla barrosa y anegada de Buenos Aires.
Ya en la época del Virreinato (éramos la “Banda Oriental”), el enfrentamiento entre las ciudades-puerto de Buenos Aires y Montevideo era candente. Las invasiones inglesas, cuando Montevideo se convirtió en la “Muy Fiel y Reconquistadora” hizo que Bs. As. mostrara “la hilacha de la envidia” al final de la aventura inglesa, exigiendo para sí un rebuscado título más largo y adjetivado, que ya nadie recuerda.
Para nuestra mirada la época es confusa; basta señalar que Santiago de Liniers era francés, fue virrey del Río de la Plata (con el título de “conde de Buenos Aires”), y estaba casado (en segundas nupcias), con la hermana del que sería uno de los triunviros, Manuel Sarratea “El Intrigante”.
Decantado Liniers por el lado realista cuando la Revolución de Mayo, fue fusilado por orden de Mariano Moreno (otro Triunviro), debido al temor que generaba en los “juntistas” la gran popularidad de Liniers entre los habitantes de Buenos Aires, iniciando la larga carrera de conspiraciones, triunviratos, directores “supremos”, traiciones y asesinatos, que pauta la historia gubernativa porteña de las “Provincias Unidas” de esos tiempos.
Miremos también la historia temprana de Artigas, joven de buena familia, bien educado pero de hábitos montaraces, acusado de contrabandista, enrolado en el Cuerpo de Blandengues, ayudante de campo del extraordinario Félix de Azara, que tuvo en 1806 distinguida actuación en el sitio de Montevideo defendiendo “la brecha”.
Esto último que menciono es de interés porque cuando la derrota de los invasores, estaba José Artigas prisionero en uno de los barcos de la flota inglesa a punto de partir hacia Inglaterra. Una gestión de buena voluntad de las principales damas de Montevideo, logró que los prisioneros que estaban con problemas de salud, fueran liberados. José Artigas, afectado de disentería, fue desembarcado en lugar de ir a parar a Liverpool, y así quedó en estas tierras para liderar el 18 de mayo de 1811 la Batalla de Las Piedras, que fue la primera victoria de la Revolución de Mayo, y, casualmente, no se festeja en Argentina.
La lucha de puertos, en esencia el conflicto por las rentas aduaneras del puerto de Buenos Aires, es la constante de la historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la razón por la cual la naciente Provincia Oriental y su puerto siempre sufrió la malquerencia de Buenos Aires, y constituye el factor eficaz de comprensión de nuestra Guerra Grande.
Hay mucha verdad en lo que dice Vázquez Franco cuando la “tierra purpúrea” de Hudson, fue entregada por las Provincias Unidas al Imperio de Brasil, como pieza de trueque de una diplomacia escandalosa; y aunque no la mencionamos, es una traición que los convertidos en cisplatinos, liberados por la cruzada de “los 33”, (con ayuda argentina), y apadrinados por el extraordinario Lord Ponsomby convertidos en República independiente, no vamos a olvidar.
El tema de las “rentas aduaneras” de Bs. As. sigue vigente hasta nuestros días, como bien lo demostró la formidable (y bienvenida), revolución agrícola que nos impuso —haciendo el bien impensadamente— la codicia del gobierno kirchnerista, cuando quiso quedarse con el 40% del valor de las exportaciones de soja (decreto Nº 125/2008 del ministro de Economía Martín Lousteau, ahora embajador en EEUU del presidente Macri), y nos trajo en calidad de exiliados económicos los mejores empresarios agricultores a plantar “el yuyito” (la soja según CFK), en los feraces campos de nuestro país.
La malquerencia entre Buenos Aires y Montevideo ha sido pues recíproca y las diferencias entre una y otra también. Imposible no mencionar la pulsión cuasi genética de los gobiernos argentinos por prostituir la moneda (tienen el récord de “ceros” sustraídos y capital confiscado), que Uruguay siempre ha rechazado; y que pese a ello ha padecido vivamente desde la fundición del Banco Mauá, cuyos principales capitalistas eran argentinos, para no mencionar a los muy argentinos hermanos Rohm que se robaron 350 millones de dólares del Banco Comercial y fueron uno de los tropezones previos a nuestro descalabro de 2002, detonado cuando Cavallo confiscó los depósitos de sus connacionales en diciembre de 2001.
Y sí, somos distintos. Hace muchos años, William Weber Johnson, un periodista tejano que fue corresponsal de United Press en Buenos Aires en la época de la dictadura peronista (1950), me llenó de orgullo cuando (tomando vino blanco helado en San Diego) afirmó con sincero afecto que recordaba el Uruguay de aquella época como “un oasis de libertad”.
En resumen y sin caer en antagonismos, los uruguayos somos distintos a los argentinos, porque siempre estuvimos en desacuerdo con Buenos Aires. Somos los orgullosos hijos de la provincia rebelde, el “grano en la nariz” de los porteños, la capital de la Liga Federal, la de los tratados de libre comercio con Inglaterra, la de los corsarios de Baltimore y Garibaldi, la partidaria radical de la libertad, defensora del patrón oro, republicana y federal, tierra de asilo para los perseguidos de allende el Plata, que pequeña y aguerrida, siempre está al otro lado del río para hacer notar con su conducta, pese a la modestia de su tamaño y recursos a la vanidosa Argentina porteña, sus olvidos e inconsecuencias.
Y más allá de estas reflexiones y recuerdos de periodista, que no de historiador, todos los uruguayos bien educados sabemos del Artigas de carne y hueso, de sus malos humores, de su temperamento levantisco y porfiado. También tenemos claro que su gesta fue extraordinaria, que su versación en los asuntos de la época era sólida, y su pensamiento y compromiso liberal y federal absolutamente genuino, como bien documenta el Archivo Artigas; un Artigas que por cierto no merece la consideración despectiva que le dedica Vázquez Franco; sin desconocer que su exilio (como el de San Martín) en alguna medida facilitó su camino hacia el bronce; ni olvidar los méritos excepcionales de ambos.
No menos importante, hay que agradecer al Sr. Vázquez Franco su carta y su reclamo, no tanto para darle la razón (aunque muchas verdades dice), sino por oportuno; es hora de que los orientales salgamos del nebuloso mundo de fantasía de la “Leyenda Patria” y nos contemos oficialmente nuestra verdadera historia, que como la de Gardel (que nació en Tacuarembó), todos sabemos, aunque nadie habla de ella.
Eso sí, aclaro que cuanto más sepamos, menos ganas vamos a tener de festejar el 9 de Julio, lo que no impide que con cordialidad de buenos vecinos (como siempre hemos intentado ser, pastera de celulosa más, bloqueo de puente menos), digamos afectuosamente en estas fechas: “al gran pueblo argentino, salud…”
M. J. Llantada Fabini