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    Bolsonaro y Brasil

    Sr. Director:

    En la edicción del 10 de diciembre, Guillermo Sicardi publicó la nota Bolsonaro, pa los contras. Su tesis es que la economía brasileña repunta, el escenario económico es optimista, la pandemia está bajo control en Brasil y Bolsonaro va a emprender reformas para hacer crecer la economía, pese al hostigamiento de los críticos. Dicha visión es incorrecta. En el Brasil de 2020 el que no está preocupado no está bien informado. Las razones para preocupación son políticas, epidemiológicas y económicas.

    En lo político, Bolsonaro es un populista autoritario. Populista porque Bolsonaro es La razón populista de Ernesto Laclau aplicado a la extrema derecha. El populismo es hacer política desde la confrontación. El populista no busca pactos, sino fracturar a la sociedad. Todo debe ser pasible de confrontación (hasta las vacunas, como ya veremos).

    En el 22 de mayo de este año Bolsonaro quiso dar un autogolpe. En aquel día el presidente discutió con sus ministros más cercanos cómo cerrar la Suprema Corte y sustituir sus 11 jueces. Bolsonaro estaba enojado por el proceso que se halla en la Corte sobre el intento presidencial de copar los organismos de inteligencia. El episodio fue descrito por la revista Piauí. Ni Bolsonaro ni tampoco ninguno de los ministros desmintió la nota. El golpe fracasó porque no hubo apoyo desde el Ejército.

    El populismo autoritario de Bolsonaro crea crisis políticas que impiden cualquier agenda constructiva de reformas en el Congreso. Bolsonaro gobierna creando polarizaciones perpetuas. Su última es que la vacuna del coronavirus va a enfermar a los brasileños.

    La agenda de Bolsonaro no es de mdoernización económica, sino de regresión de leyes de protección ambiental, de regulación de venta de armas y una regresión cultural en temas identitarios. Sus Facebook lives y sus discursos se ocupan mucho más de estos temas. Bolsonaro poco habla de reformas constitucionales para alentar inversiones. Es más, el 15 de diciembre criticó las privatizaciones.

    Brasil tiene un Congreso prorreformas neoliberales. Más de dos tercios de los parlamentarios son de centroderecha. Sin embargo, los resultados de Bolsonaro son pobres en esta cancha. En el último gobierno de impronta reformista neoliberal, Fernando Henrique Cardoso aprobó siete modificaciones a la Constitución en su primer año (1995). En el 2019 Bolsonaro aprobó una.

    Bolsonaro terminará su segundo año sin haber enviado al Congreso su propuesta de reforma tributaria. Brasil tiene una estructura de impuestos y subsidios que tributa a los más pobres y a la producción, pero eso no ha sido prioridad para Bolsonaro.

    El crecimiento del 7,2% del PBI en el tercer trimestre estuvo por debajo de lo esperado por el mercado, que pronosticaba un alza de 8,4%. La fuerte suba del PBI fue debido a la brutal inyección de liquidez en la economía por medio del Auxílio Emergencial, que pagó US$ 150 a 43% de los hogares más pobres. Esta lluvia de plata resultó en más demanda, por ende, recuperación económica.

    Nota importante: la propuesta inicial del gobierno era de un pago mensual de US$ 40. Grupos de la sociedad civil (Central Única de Favelas, por ejemplo) presionaron al Congreso, que aprobó la suba del subsidio a US$ 100. Una vez que la derrota política era iminente y avivándose del potencial político del tema, Bolsonaro lo sube al monto final. Queda una interrogante: ¿qué sucederá con los pobres cuando se suspenda el programa?

    El drama económico de Brasil se halla en dos puntos: desempleo y desinversión.

    Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, Brasil tiene hoy 13,5 millones de desempleados y 15,3 millones de “desalentados” —aquellos que no buscaron trabajo, sea por la pandemia o sea porque ya están en paro hace tanto que desistieron de buscar trabajo—. Hay otros 28,3 millones de “subutilizados”, es decir, gente que no trabajó la jornadas completa porque no hubo demanda —son conductores de Uber con pocos pasajeros o mucamas que hacen menos limpezas que antes de la pandemia—. En el total son 57,1 millones de brasileños en situación de inseguridad económica.

    Acerca de la inversión, la Fundación Getulio Vargas (FGV) calcula que entre el 2011 y el 2020 Brasil registrará una caída de 2,2% al año. Es decir, no hubo nuevas inversiones y el capital instalado (máquinas, equipos, infraestrctura, etc.) no se está renovando.

    El panorama se vuelve más desafiante porque no hay mucho margen fiscal. La relación deuda-PBI de Brasil está en un 90%, mientras el promedio regional es de un 60%. Además, el perfil de la deuda que el gobierno emite para financiar sus déficits empeoró. En la emisión de julio, el plazo de pago aceptado por los prestamistas fue de tres años. En 2012 el plazo promedio que los acreedores aceptaban era siete años para el pago. Los mercados de deuda soberana reflejan la confianza en el país. Los compradores de bonos cobran una tasa de interés de hasta 7% para los bonos brasileños, mientras la tasa de interés actual del Banco Central está en 2% —esta diferencia sucede por la falta de confianza del mercado financiero hacia la situación fiscal y la falta de compromiso político del actual gobierno con las reformas—. Sin confianza y sin políticas gubernamentales no habrá repunte de la tasa de inversión, por ende, el crecimiento del PBI no se sostendrá en el tiempo.

    La periodista Malu Gaspar, con muchas fuentes en el sector financiero, suele decir que when money talks, bullshit walks (cuando el dinero habla, las pavadas se van). Esto todo en medio de una pandemia que ya mató a más de 180.000 brasileños y con una curva de muerte en plena acceleración en diciembre. La vacuna es clave para controlar la pandemia y recuperar la economía, pero Bolsonaro hace campaña en contra de las vacunas.

    Por todo ello, en el Brasil del 2020 el que no está preocupado está mal informado.

    Marco Bastos

    Analista político en Río de Janeiro para gobiernos y empresas extranjeras

    Magíster en História Económica (Universidad de Buenos Aires)