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Si al inefable boniato de Nicolás Maduro le faltaba algo para lanzarse de lleno a protagonizar el realismo mágico, tan cultivado en su zona de influencia, era que el inefable boniato de Barack Obama le declarara poco menos que la guerra, y le levantara el centro que le faltaba para demostrar que los yanquis lo quieren derrocar a como dé lugar, frustrando sus esfuerzos por transformar un país próspero, rico y apacible en una patria socialista, miserable, desgraciada y enfrentada consigo misma.
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El único que quedó atrapado en el sentido común y la lógica fue nuestro pobre vicepresidente, Raúl Sendic, quien con serena sensatez dijo hace unos días, que a él no le constaba que hubiera presiones o intervenciones externas en el conflicto venezolano.
Es que Sendic, y mucha gente normal, pensaba hasta entonces que si los precios del petróleo se te vienen al piso, si metés presos a los opositores porque no te gusta lo que dicen, sean o no electos por el voto popular, si en las góndolas de los supermercados no hay harina, ni arroz, ni aceite, ni pollos, ni pan, ni papel higiénico, si el dólar paralelo vale 300% más que el oficial, si reprimís y matás —o hacés matar— a tiros, a los estudiantes que protestan en las calles, cerrás los diarios, los canales de televisión y las radios que no dicen lo que tú querés escuchar, ver o leer, y encima decís que tu gestión de gobierno está determinada por lo que te manda decir desde el cielo un comandante muerto, a través del pío pío de un “pajarico”, ¿para qué miércoles precisás que los gringos, o quien sea, te quiera derrocar, molestar o lo que sea? Macho, ¡te caés solo a pedazos!
Pero no. Don Nicolás se la agarró mal con don Raúl, y le dijo traidor, cobarde, y no sé cuántas cosas feas más. Una injusticia.
Y para ayudarlo en su peregrina tesis de la intervención foránea, el belinún de Barack Obama le manda decir que “Venezuela es un peligro continental”, le congela las cuentas a unos bandidos venezolanos que coimean desde el gobierno y guardan la guita negra en bancos americanos, exige la libertad de todos los presos políticos, critica y condena la violación de los derechos humanos, ¡está bien, hermano, todos queremos eso! …pero ¿era el momento de hacerlo, justo cuando todo se cae de Maduro en Venezuela, sin que nadie lo empuje? (Eso sí, severas medidas pero sin afectar las importaciones venezolanas de petróleo crudo —el 40% de lo que produce el país— que los EEUU refinan y le reexportan a Venezuela. Que una cosa son mis dientes, y otra mis parientes.)
Y el Nico se tomó el ómnibus caminando, y le pidió al Congreso que le diera superpoderes (¿más de los que ya tenía?) y, oh sorpresa, el Congreso…¡se los dio! Al igual que cuando Asterix se toma su poción mágica, Maduro se tomó su dosis de superpoderes nuevos, y largó la ofensiva contra el enemigo yanqui, que se le acababa de poner (por fin) frente a frente.
En uso de su licencia para decir burradas (que es vitalicia, a diferencia de la de conducir, que se la suspendieron de por vida tras manejar un bondi en Montevideo a contramano por Jackson en dirección a la Rambla) don Nicolás hizo un discurso de cinco horas transmitido en directo por cadena nacional de radio y televisión, en el que hizo algunos anuncios de importancia.
—“¡Y ya missmo saldrán de nuestros aeropuertos militares losss aviones de combate que bombardearán las Torres Gemelas del World Trade Center, símbolo missmo del capitalissmo recalcitrante, y desstruiremos assí ese refuhio de timadores y esspeculadores, asaltantes y ladrones, sus oficinas y sus bellas secretarias, con lass que festehan en orhías depravadas y licenciosas, mússica y champaña, comprado con el dinero que less roban a los pobress del mundo!” —dijo en un pasaje, mientras por lo bajo Diosdado Cabello le murmuraba algo al oído, y Maduro luego retomaba el discurso como si tal cosa —“y si disse aquí el hermano y compañero Diosdado que las torress essas iá las derribaron Obama y Bin Biden, les derribaremos otras cualquiera, que lo importante ess que esstos miserables sientan en carne propia que la Venezuela de Chávez está de pie, y los va a combatir hassta la muerte!, ¡viva la revolución bolivariana, caraho!”.
Barack Obama siguió atentamente el discurso, tras lo cual ordenó a la Séptima Flota dirigirse con los portaaviones con misiles nucleares frente a las costas venezolanas, aprontando las baterías para bombardear Caracas y sus alrededores.
Afortunadamente, un grupo de venezolanos residentes en Miami logró que le llegara al presidente Obama un mensaje disuasivo, ya que en los alrededores de Caracas se encuentran varios Country Clubs con sus links de golf, sus piscinas, sus canchas de tenis y sus lujosos club-houses, a los que los exiliados piensan regresar una vez que la peste bolivariana haya pasado, y el socialismo del Siglo XXI haya dado lugar al capitalismo del Siglo XX, tan confortable él, apacible y reconfortante. Que no hay mal que dure cien años, ni Maduro que lo resista.
Maduro ha hecho gala de sus superpoderes, decretando fusilamientos, prisiones, clausuras, expropiaciones y arbitrariedades de todo tipo.
Ebrio de poder, les dijo a sus colaboradores que seguramente sus superpoderes le permitirían volar, como Superman, y que aprovecharía un vuelo de reconocimiento para observar Caracas desde el cielo. Antes de que pudieran detenerlo, trepó a la azotea del palacio de gobierno, y se lanzó al vacío, pretendiendo volar, pero cayendo estrepitosamente hacia abajo.
—“¡Chico, que no he volao, y me he caído p’abaho!” —gritó, en su desesperación —“¡que me he hecho mielda, caraho!” —agregó.
Pero afortunadamente para él y sus herederos, no se hizo nada.
Cayó sobre una gran pila de rollos de papel higiénico, una generosa donación del gobierno de Cuba, que los adquirió en el mercado paralelo con dólares fuertes, gracias a la condonación de la deuda que Cuba tenía con Uruguay, que le fue perdonada por el mismo gobierno de Raúl Sendic, a quien él tanto injurió.