Nº 2180 - 30 de Junio al 6 de Julio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTiempo atrás, cuando el actual gobierno brasileño planificaba una profunda y polémica reforma previsional bajo el liderazgo de su ministro de Hacienda, Paulo Guedes, desde esta página editorial sugerimos observar el camino adoptado por este jerarca —un economista reconocidamente liberal— a la espera de resultados positivos, a veces incluso a contrapelo de su ultraconservador presidente Jair Bolsonaro.
De la reforma diremos únicamente que se aprobó en poco tiempo, mientras que en la noria uruguaya seguimos discutiendo cuál debe ser el contenido de la nuestra, después de años, y sin resultados a la vista. Para tener en cuenta al analizar este tema, Guedes siempre consideró que las modificaciones al sistema previsional eran una pieza fundamental para combatir la enfermedad crónica en la que se había convertido el déficit fiscal en su país.
No fue un camino fácil el elegido en Brasil, ya que con toda la izquierda sindical y política en dura oposición los cambios promovidos establecían límites de edad para el retiro en un país en el que no había tal exigencia. La reforma prometía y promete un ahorro de unos 217.000 millones de dólares en la década que corre desde su aprobación.
Para recabar la información, vale la pena hacer una recorrida por el establishment de los medios internacionales. Todo lo que allí se encuentra son ataques infundados a las políticas de control de gastos, reducción del Estado, privatizaciones y nada de emisión elegidas por Guedes. Algunos de los titulares hablan de Guedes como “el ministro más insensible de Brasil”, otros se refieren a que “la doctrina Guedes pone a Brasil en venta” y el ataque menos imaginativo sostiene que “el modelo neoliberal” (como le gusta calificarlo a la izquierda) que lleva adelante Bolsonaro con su ministro estrella “está muerto”.
Algunos comentaristas —la mayoría europeos— llevan las críticas más lejos al decir que los resultados dejan mucho que desear.
¿Es así? Repasemos los números para ver qué tan malos son.
El PBI brasileño en el primer trimestre de este año creció el 1%. El FMI había vaticinado que el crecimiento sería de apenas 0,3%. Ya ahí, expectativa superada.
El desempleo, que llegó a estar en 14,8%, en la primera parte del año bajó a 10,5%. Se empiezan a dar pasos para encarar el enorme problema de tener casi 11 millones de personas sin trabajo. Unos 100 millones ya tienen trabajo en la economía formal.
Se registró un superávit fiscal en los nueve meses anteriores. Un ejemplo al respecto: en abril fue de 8.200 millones de dólares, el mayor en 21 años. El superávit de los últimos 12 meses llega a 30.000 millones de dólares (1,52% del PBI). Las reservas alcanzan los 362.000 millones.
La inflación se ubicó en 0,42% mensual cuando las expectativas según analistas eran del 0,7%. La deuda pública bruta (incluye estructuras de gobiernos federales, estaduales y municipales) es 78,3% del PBI y la neta (solo federal) es 57,9% del PBI, por debajo de la situación prepandémica.
Los números hablan por sí solos, sin necesidad de comparar con gobiernos estatistas, que apuestan por dilapidar sus riquezas sin haberlas producido. Sería lapidaria para estos últimos la comparación.
Las encuestadoras hablan de que estos buenos resultados no evitarán el triunfo del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva en las próximas elecciones nacionales de este año. Otro paso atrás para América Latina. Pero hoy, a pesar de que los manipuladores de la comunicación —en especial los europeos— han puesto al actual gobierno brasileño en la categoría de lo políticamente incorrecto, sin otras consideraciones, Brasil, contra viento y marea, vuelve a posicionarse más cerca de las grandes economías del mundo.