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    Cabelleras

    Me pregunto qué valor tiene para un político su cabellera. En un mundo obscenamente mediático, supongo que mirarse al espejo cada mañana antes de lanzarse a la palestra minada de periodistas y cámaras tendrá su importancia.

    Me asombran las cabelleras uruguayas y su semiótica. La cabellera al viento, rubia, de Lacalle Pou, reafirma su discurso virulento acerca de la necesidad de renovación y su denuncia del envejecimiento de la clase política. No obstante, en un discurso al aire libre —que la tele reprodujo en el momento de mayor arenga— un soplo de viento revolvió la cabellera del más joven o menos “mayor” de los candidatos y descubrí unos claritos entre los mechones rubios. No es un pelo abundante. Puede ralear en los próximos cinco años.

    Y qué decir de las cabelleras plateadas. La de Tabaré ha sido motivo de muy buenas caricaturas. Su contorno siempre da la impresión de que fuera producto del cepillo, el brushing y alguna suerte de producto peluqueril. La de Astori luce tupida aunque blanca: todo da la impresión de que en sus años mozos Astori tuvo una melena rubia y envidiable como la de su hijo homónimo, el mayor, tan parecido a Brad Pitt.

    La cabeza de Bordaberry busca distanciarse de la de su padre. A pesar del notorio parecido físico, el Bordaberry de la dictadura tenía un corte de pelo que condecía con su relación estrecha con los militares. Todo en su lugar. Su hijo se deja a menudo el cabello con cierto largo, entonces se le forman unas suaves ondas cerca de la oreja y la nuca. Esa cabellera, con una boina, podría bien ser la de un comprador de toros en un remate de ganado de buena genética.

    Y las cabelleras de las mujeres políticas también son interesantes. Lucía Topolansky ha optado por llevar el pelo corto y canoso, en un combate explícito a la femineidad. Tengo una amiga que estuvo presa y que también optó por esa estética. Quizás, los años en prisión las hayan llevado al convencimiento de que se puede vivir sin ir a la peluquería, que hay cosas más importantes en la vida en libertad. Aunque en el caso de la primera dama, al pelo hombruno debe sumársele el vestuario.

    Luego están las cabelleras glamorosas de las políticas blancas, muy comprometidas con su belleza, como Beatriz y Verónica, decididamente elegantes. La cabellera de Constanza Moreira, aunque ahora cortada, sigue siendo su bandera, como cuando adolescente jugaba al vóleibol en las playas de Araminda, rubia y de rizos rebeldes. Sigue siendo la misma, parecen decir sus pelos.

    Los calvos son decididamente valientes. No es fácil enfrentarse al mundo de las cámaras con tremenda ausencia. Algunos tratan de compensarla con una barba solemne, como Pablo Mieres, que además acompaña con grave voz.

    Es interesante escuchar el tono juvenil de Daniel Martínez, que contrarresta su pelada, que ha de arrastrar tal vez desde su juventud.

    Lo que no me explico es la coleta del director de Aduanas. Es muy antiestética.

    Quizás entre sus tupidas tareas de escritorio le resulte muy cómoda.

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