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    Cachila montevideana

    N° 2004 - 17 al 23 de Enero de 2019

    Cierta vez a Troilo le preguntaron por sus tangos preferidos:

    —De la primera época, me caló hondo La cachila.

    Pues bien: si hay historias en el tango que merecen ser contadas, una es la de esa obra de Eduardo Arolas, el Tigre del bandoneón. Y como toda peripecia del tango que se precie, aún hoy sigue envuelta en unas cuantas teorías diferentes, aunque sobre lo esencial haya cordial acuerdo.

    Arolas compuso La cachila en Montevideo, adonde viajaba seguido para actuar, no siempre en los mejores sitios, como el cabaré Moulin Rouge, y se alojaba en pensiones de mala muerte. Hay quienes afirman que hizo y estrenó el tango cercano a fines del año 1920; un dato está comprobado: la primera grabación —de Roberto Firpo con su orquesta— data de 1921.

    Sin embargo, el escritor León Benarós, al contar lo que sabía acerca del nombre del tema, generó una duda que perdura: Arolas estaba tocando un tango recién compuesto, en un cafetín montevideano, cuando el violinista que lo acompañaba, Rafael Tuegols, al ver el movimiento de los bailarines en la pista, le gritó:

    —¡Mirá como se arrastran…, parecen una cachila!

    Al terminar, Arolas, gratamente sorprendido por la ocurrencia de su amigo, decidió que el nuevo tango fuese bautizado La cachila.

    Pero esta anécdota causó un entredicho que sobrevive: si Benarós no adornó lo que vio, porque era uno de los espectadores esa noche, La cachila no puede ser posterior a 1919, ya que a mediados de ese año Tuegols y Arolas se separaron.

    Ah, no es todo. Están aquellos, entre quienes figuran varios uruguayos que dejaron su testimonio en distintos libros de historiadores, que recuerdan que Arolas, por esa época, cuando se quedaba meses en Montevideo, usaba un destartalado automóvil prestado, al que llamaba con cariño “la cachila”, y que de allí salió el título del zarandeado tango.

    Es interesante apuntar que “cachila” o “cachirla” se le decía, en tan lejano tiempo, a un pequeño pájaro del color de la perdiz y cuyo plumaje se confundía con la tierra; no era demasiado atractivo, no hay información confiable sobre su hipotética extinción y, según Oscar del Priore, “cuando se encontraba en peligro volaba y enseguida se arrastraba, haciendo creer que se hallaba herido”.

    Por extensión, el vocablo, en un giro de típico estilo lunfardo, se usó para describir a los autos viejos, tanto aquí como en Buenos Aires. Añado una curiosidad: cuando Osvaldo Fresedo llevó al disco el tango de Arolas en 1927, lo registró como La cachirla, aunque en dos grabaciones posteriores, una de 1931 y otra de 1979 —el Pibe de la Paternal fue longevo—, lo corrigió. Es el único caso entre la multitud de versiones que existen de todo tipo de grupos musicales.

    Hablando de versiones: La cachila fue un éxito enorme y se popularizó en la década de 1940, cuando se conocieron los delicados arreglos, aunque distintos, de las orquestas de Carlos Di Sarli y Osvaldo Pugliese. Se dijo entonces que no podrían superarse. Pero esos mismos directores, y otro que se sumó posteriormente, dieron un rotundo mentís a semejante consenso, arbitrario al fin: Di Sarli y Pugliese, a inicios de la década siguiente, volvieron a grabar ese tango y mejoraron, sin duda alguna, la calidad de lo hecho años antes.

    ¿Y quién apareció enseguida con otra memorable versión? Aníbal Troilo, en abril de 1953, al hacer su estreno de La cachila en el sainete lírico El patio de la morocha. Cuenta el ya mencionado del Priore:

    —Pichuco aparecía en escena encarnando a Arolas. Traía un paquete entre sus manos y decía: “Lo voy a desnudar”. Era su bandoneón, con el que tocaba La cachila junto con el guitarrista Roberto Grela.

    Más tarde, Troilo lo grabó con su orquesta sin la última parte, la que recién arregló con Argentino Galván para un segundo disco, incluyendo el difícil final con una deliciosa variación de bandoneones.

    Del Priore tiene una opinión con la que es difícil disentir, aunque, como casi todo, es cuestión de gustos:

    —Tan “troilístico” resultó el tango de Arolas que varios de los músicos de su orquesta, al convertirse en directores, hicieron sus versiones propias sobre la base del arreglo original del Gordo: Piazzolla —con su grupo inicial y con el octeto—, Carlos Figari, Reynaldo Nichele, José Basso, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingheri y José Colángelo.

    Y al cierre, una delicia para “gustadores finos”. Hay dos registros solistas de La cachila que maravillan: Horacio Salgán (1957) y Lucio Demare (1968).