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La verdad: un día de 1939 llega al puerto de Buenos Aires un barco, uno más entre tantos otros. Pero este en particular trae a un polaco, Witold Gombrowicz, que es un ignoto escritor con algún laurel de prestigio (la novela Ferdydurke). Se ha declarado la guerra en Europa y Polonia está en la primera línea de fuego. El polaco camina por la cubierta del barco, por la Boca, por la calle Florida y decide no volver a su país. Y se queda en Argentina hasta mediados de los 60.
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La mentira (o la ficción): un día de 1939 arriba al puerto de Buenos Aires un barco que trae a un escritor polaco, un tal Gombrowicz, quien luego de caminar por la cubierta y por la Boca devanándose los sesos y por la calle Florida contemplando sus vidrieras, decide no volver a su país.
Primera imagen del hombre en tierra: “El barco había despegado de la orilla y flotaba en el agua, pesado, repleto”. Adiós a todo eso, “disuélvete entre extranjeros”.
A partir de aquí, Gombrowicz, el de la ficción en este Trans-Atlántico (El Cuenco de Plata, 2015, 155 páginas, $ 490), intenta sobrevivir como cualquier extranjero indefenso, primero con la ayuda del embajador, luego con sus compatriotas y finalmente disolviéndose en una legión de personajes, a cual más extravagante, “literario” y delirante.
Dice el embajador: “No quiero aquí literatos; lo único que hacen es chupar plata y ladrar después”.
Hay resoplidos, parpadeos, muecas. Y un latiguillo que repite Gombrowicz: “Caí de rodillas”.
Entran en escena el Barón, Pyckal y Ciumkala, tres socios polacos que son como los tres chiflados: se manotean entre ellos mientras hablan, se adulan con risitas, se humillan. Cada vez que aparecen, montan un numerito.
Esta delirante y lúdica novela incluye muchos numeritos, como si fuesen breves actos de vodevil que terminan con aplausos y dan lugar a otros.
El numerito en la Embajada, que termina con un ministro apaleado.
El numerito en la oficina donde Gombrowicz consigue su primer trabajo, que termina con los tres polacos chiflados pidiendo que les… rasquen la espalda.
El numerito en una fiesta alucinógena con nuestro escritor dando por finalizado el asunto y caminando y caminando y caminando.
El numerito en los baños públicos, que transcurre a velocidad de dibujo animado.
Y así el tono y la sustancia de una narración plagada de humor, de un polaco perdido entre polacos y argentinos, en oficinas y embajadas kafkianas, en la quinta del promiscuo Gonzalo, a quien nuestro escritor llama sencillamente “el Puto”.
Digámoslo ahora y para siempre: Gombrowicz (en novela, diario, teatro o cuentos) es un capo.