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    James Sallis, autor de la saga de novelas del detective Lew Griffin, murió a los 81 años

    Un puñado de novelas muy negras: Sallis fue uno de esos casos raros en los que un escritor blanco es capaz de retratar la experiencia afroamericana en Estados Unidos de manera tan implacable como profundamente emocional

    Columnista de Búsqueda

    Hace un par de semanas falleció James Sallis, tras padecer un cáncer que se lo fue llevando de a poco. El autor de la novela Drive, llevada al cine en 2011 con Ryan Gosling como protagonista, era mejor conocido en el universo de la novela policial por su saga de Lew Griffin, un detective negro que vive y trabaja en la zona de Nueva Orleans. Sin embargo, como apuntó Adrian McKinty, también escritor, sobre ese personaje, “Griffin está menos interesado en resolver crímenes que en sobrevivir a la memoria, la historia, el racismo, la música y las indignidades generales de estar vivo”.

    Sallis fue uno de esos casos raros en los que un escritor blanco es capaz de retratar la experiencia afroamericana en Estados Unidos de manera tan implacable como profundamente emocional. Así, pese a su crudeza, a la violencia seca de las secuencias más duras de sus libros, a la áspera parquedad de los vínculos que se establecen entre sus personajes, las novelas de Lew Griffin logran ser a la vez reflexivas y afectivamente densas.

    Drive-James-Sallis

    El detective que no es exactamente detective, ya que es también borracho, docente y escritor. El despliegue de sus vínculos y afectos a lo largo de los años. El racismo que se manifiesta de mil maneras, macro y micro. La resistencia cultural de los más desfavorecidos bajo la forma de comida popular. Nueva Orleans como sucio telón de fondo. El universo creado por Sallis en su saga de Lew Griffin fue uno de los retratos menos complacientes y más personales que jamás se han escrito sobre la experiencia de ser un estadounidense de la parte de abajo.

    Nacido en Helena, Arkansas, Sallis escribió docenas de libros a lo largo de su dilatada trayectoria. Novelas, traducciones, poesía, relatos, biografías, ensayos, así como un evidente conocimiento de la guitarra de jazz y de sus intérpretes. Comenzó a los veintipocos escribiendo para revistas de ciencia ficción. Su cuento Kazoo apareció en 1967 en la revista New Worlds, seguido de Carta a un joven poeta en la antología Orbit 3 (editada por Damon Knight), y luego publicó Weather Man en esa misma revista. “Poco después —recordaba Sallis en una entrevista— Michael Moorcock me pidió que fuera a Londres y lo ayudara a editar New Worlds. Por supuesto, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Mis primeros cuentos se publicaron al mismo tiempo que mis primeros poemas empezaban a aparecer en pequeñas revistas”.

    Embed - DRIVE Trailer (2011) Ryan Gosling

    En alguna entrevista, Sallis reconoció a Theodore Sturgeon como su referencia más importante a la hora de decidirse a escribir. “Fue el primer escritor que me adentró profundamente en el mundo de la ciencia ficción y no solo me mostró lo que uno podría hacer allí, sino que también me hizo creer que algún día yo también podría hacerlo. Chip (Samuel) Delany dice que es uno de los mejores cuentistas de la historia. Estoy de acuerdo”. Durante su tiempo en Londres y más acá de Sturgeon, Sallis cultivó influencias diversas: Boris Vian, Miroslav Holub, Zbigniew Herbert. Walter Tevis, Marek Hasko, Enrique Anderson Imbert. Y muy especialmente Julio Cortázar, cuyo peso en su obra coloca casi a la altura del de Sturgeon.

    Consultado en alguna ocasión sobre si su estilo e inspiración creativa habían cambiado con el paso del tiempo, Sallis comentó: “No estoy del todo seguro de haber cambiado. Últimamente escribo un poco más despacio, pero el proceso es siempre el mismo: siento algo respirando en un rincón de la habitación, escribo a ciegas hacia él y, al hacerlo, se vuelve más claro, su respiración y su forma se hacen más presentes. Todo es intuición, lo que se siente bien, el ritmo y el sonido de lo que surge en la página, este nuevo aliento, esta nueva vida en el mundo”.

    Mucho de esa idea se transparenta en las novelas de Griffin: exguardaespaldas, detective reacio, profesor universitario no menos reacio, alcohólico perdido y recuperado varias veces, la tragedia siempre parece respirar en sus alrededores. No supo amar a la mujer que más lo amó, pero aprendió a amar a otras. Padre de un hijo que casi no conoce y a quien creyó muerto durante años, Griffin se mueve por los barrios de Nueva Orleans. A veces buscando a una chica desaparecida hace unas semanas, a veces un familiar ausente hace décadas. La búsqueda de Griffin es muchas veces un viaje a su interior, oscuro, violento y conflictivo. Y es solo a través de ese proceso, que puede tener mucho de autodestructivo, que el detective logra (o no) aportar algo de luz al enigma que intenta resolver. Un enigma cuya respuesta suele estar a plena luz, pero igual ser inaccesible porque nadie quiere verla o reconocerla.

    Pese a no ser afroamericano, Sallis puede ser considerado heredero directo de Chester Himes y, muy especialmente, de Walter Mosley y su Easy Rawlins, que fuera protagonizado en el cine por Denzel Washington en la muy buena adaptación de El demonio vestido de azul, dirigida por Carl Franklin. Como Himes, Sallis se interesa por ese universo de marginales que vive en los barrios pobres. A diferencia de Himes, que por momentos los hace ocupar toda la escena al retratarlos con una paleta de colores chillones y explosivos, Sallis los dibuja con carbonilla y los coloca en un ángulo de la escena, desde donde la redefinen. Como en Mosley, el conflicto racial es siempre personal e impacta en cada una de las decisiones que sus protagonistas toman. Al mismo tiempo, lo que en Rawlins era violencia y rebeldía, en Griffin se convierte en violencia reticente, una que casi siempre se evita, y la rebeldía fue canjeada por un aire de derrota incómoda, en el que el perdedor no logra acomodar el cuerpo y no tiene más remedio que moverse.

    El-ojo-del-grillo

    En una entrevista más o menos reciente, Sallis comentaba sobre sus novelas: “Notarán que también hay mucha gente de la calle: marginados, olvidados. A menudo, la ficción puede resultar casi claustrofóbica, con sus personajes viviendo en esta única capa social de la que derivan todos sus valores y apreciaciones: su forma misma de ver el mundo. Cuando enseñaba, les decía a mis alumnos: ‘Pongan todo el mundo que puedan en cada escena, cada línea, cada frase. Intento seguir mi propio consejo’”.

    Si la literatura sirve para algo es, precisamente, como herramienta que nos da la posibilidad de mirar el mundo desde unas coordenadas que no son las nuestras. Esto, por supuesto, más allá del puro goce estético de leer algo impecablemente escrito, en el punto exacto entre acción y reflexión. Las novelas de Lew Griffin proponen un universo complejo, en el que el bien y el mal se cruzan y no siempre son claramente separables. Por supuesto, como en cualquier buena novela policial, el código del protagonista es la brújula moral que nos guiará en el recorrido de la narración. En la obra del escritor de Arkansas, ese recorrido puede costar una vida. O marcarla a fuego, dejándonos el peso de lo no dicho y lo no hecho como una carga que nos va a acompañar para siempre. Es complejo lograr arrancarle belleza a esa maraña de tragedia y dolor. Sallis lo logró.

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