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El carnaval, la dictadura y los premios Oscar: cómo Brasil convirtió su memoria en cine de exportación
El agente secreto llegó a los cines uruguayos con cuatro nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor película, y consolida un fenómeno que va más allá de los premios. Brasil está procesando sus traumas políticos en la pantalla grande y el mundo no puede dejar de mirar
El actor brasileño Wagner Moura posa tras ganar el Globo de Oro a mejor actor en película de drama por su interpretación en 'El Agente Secreto' este domingo, en el Hotel Beverly Hilton en Los Ángeles (Ca, EE.UU.).
Recife, 1977. Brasil lleva 13 años bajo una dictadura militar, pero es semana de Carnaval y la ciudad baila. Hacia ahí y hacia entonces propone ir El agente secreto, la nueva y fenomenal película de Kleber Mendonça Filho. El viaje será de la mano de Marcelo, un hombre que huye de San Pablo y de su pasado y que regresa a su ciudad natal para reencontrarse con su hijo pequeño. Mientras, el régimen lo persigue. Y se acerca.
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En una de las primeras y más sutilmente perturbadoras escenas de la película, un comisario interroga a un sospechoso con esa mezcla de carismática frialdad que solo da el poder. Pero este jefe de Policía tiene confeti pegado en su sucio y sudoroso pelo, y sus labios dan señal de haber sido besados. Lo acaban de sacar del jolgorio de las calles que él y los suyos dominan.
Paranoia, purpurina y represión. Incluso en los períodos más oscuros, la vida continúa. Y de la misma manera, el horror puede estar siempre a un paso de la fiesta. Esa convivencia vuelve a tratarse en un cine brasileño, muy reciente y muy reconocido, que cuando mira hacia la dictadura no la trata como archivo, sino como memoria. Y con Brasil procesando sus traumas políticos en la pantalla grande, el mundo empezó a prestar atención.
El agente secreto se estrenó en Uruguay el jueves 26 de febrero y el próximo domingo 15 de marzo compite por cuatro premios Oscar, incluyendo Mejor película y Mejor película internacional. Es apenas la segunda vez que una película brasileña llega tan lejos en esa categoría, después de Aún estoy aquí, de Walter Salles, ganadora del Oscar a Mejor película internacional el año pasado. Fue el primero para Brasil en toda su historia.
Dos años seguidos. Dos películas sobre la dictadura militar de los años 70. Dos cineastas distintos. No es casualidad.
El agente secreto
Wagner Moura (centro) en una escena de El agente secreto.
Buen Cine / Maco Cine / Mubi
Para Mendonça Filho, la escritura de El agente secreto estuvo atravesada por el clima político reciente. Pensar los años 70 desde el Brasil contemporáneo fue una forma de sentir el pasado en el presente. En el caso de Salles, la relación fue todavía más directa. Su película no habría podido existir durante el gobierno de Jair Bolsonaro. Ambos llegaron así, desde trayectorias distintas, a mirar la misma década y a convertir la dictadura en materia cinematográfica.
Cuando los cineastas conversaron a fines de enero para el podcastDirectors UK, describieron sus películas como dos hermanas que no sabían de la existencia mutua. Salles encontró una explicación posible para esa coincidencia. Un presidente que quiso revivir los años dorados del régimen militar terminó por envenenar el agua que estaban bebiendo.
Ese “envenenamiento” tuvo consecuencias concretas. El período de Bolsonaro (2019-2022) fue para el cine lo que la dictadura fue para sus personajes, una mezcla de parálisis y miedo disfrazado de burocracia. Primero abolió el Ministerio de Cultura y luego congeló los fondos del principal organismo de fomento, el Fondo Sectorial del Audiovisual.
Wagner Moura, el formidable protagonista de El agente secreto, lo ha descrito como una censura cínica hecha de carpetas olvidadas debajo de escritorios y procesos que se retrasan indefinidamente. Su película Marighella (2021), por ejemplo, tardó tres años en estrenarse luego de su finalización.
No fue un caso aislado. Petra Costa, directora de Apocalipsis en los trópicos, también filmó bajo ese mismo clima. Su documental se centra en el ascenso del bolsonarismo y en la conversión de la fe evangélica en fuerza política. Como Aún estoy aquí y El agente secreto, surgió de la necesidad de comprender qué le ocurrió al país. Estuvo en carrera para el Oscar antes de quedar fuera de las nominaciones finales, pero su circulación fue otra señal de que Brasil procesaba su pasado inmediato como una urgencia necesaria. Apocalipsis en los trópicos también logró premios en festivales y asociaciones de críticos y fue estrenada por Netflix en julio de 2025.
Embed - Apocalipse nos Trópicos | Trailer oficial | Netflix Brasil
Con el regreso al poder de Lula da Silva en 2023, la inversión estatal en cine volvió a activarse y los efectos se midieron en espectadores. Aún estoy aquí convocó casi 6 millones de personas en Brasil y El agente secreto ya superó los dos millones y medio. Moura resumió ese momento en diálogo telefónico directo con Lula en enero. Dijo que eso era apenas la democracia.
Pero el fenómeno no es puramente político, sino también estético. Lo que Brasil exporta no es un producto calculado para agradar, sino, según la presidenta de la Academia Brasileña de Cine, Renata Almeida Magalhães, una profundización en la propia diferencia e individualidad, una idea que expresó en 2025 al referirse a este momento del cine brasileño.
En la misma línea, el productor argentino Axel Kuschevatzky, miembro de la Academia de Hollywood, observó desde una publicación en su cuenta de Instagram que El agente secreto se corre de las fórmulas narrativas más reconocibles del género y evita ofrecer una respuesta tranquilizadora al espectador. Tiene razón en su adelanto. En vez de cerrar sobre la intriga, la película se afirma en una incomodidad que remite a una manera latinoamericana de procesar la memoria y el poder.
A esa singularidad se suma la movilización masiva del público brasileño en redes sociales, donde Brasil lleva dos años bailando mientras compite. Cada ceremonia de las últimas dos temporadas de premios se convierte en un clima de Copa del Mundo, con chats inundados de banderas y una energía que empuja la visibilidad del cine del país ante la Academia.
Pero no todo es celebración. Rodrigo Teixeira, productor de Aún estoy aquí, advirtió a Búsqueda durante el último José Ignacio International Film Festival que el éxito tiene un límite claro y que la visibilidad por sí sola no significa que el sistema funcione. Para que esa atención se sostenga, explicó, hacen falta películas consistentes y no solo proyectos impulsados por un clima político favorable. Su diagnóstico fue todavía más sombrío. No imagina al cine brasileño regresando al Oscar en los próximos dos o tres años y señala la falta de nuevos realizadores jóvenes como el desafío pendiente.
Mendonça Filho, mientras tanto, parece responder desde otro lugar a quienes reducen su cine a lo regional. En una clase magistral en el Film Festival Cologne, se preguntó qué significa realmente esa etiqueta y comparó su trabajo con Amarcord, de Fellini, o Haz lo correcto, de Spike Lee, películas universales ancladas en un territorio preciso. Al recibir el Globo de Oro en enero lo formuló de un modo más simple y definitivo: cuando se habla de la propia casa, todo el mundo escucha.