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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSer o parecer. El pasado miércoles, la Cámara de Diputados por votación de 63 en 63 remitió al Poder Ejecutivo el Proyecto de Ley para modificar el nombre de la Represa Dr. Gabriel Terra por Rincón del Bonete. El 10 de julio había sido aprobado en el Senado por 26 en 28. Un nuevo capítulo en la extensa novela de reescribir nuestra historia y construir relatos plagados de falsedades y discursos efectistas.
Revela una lectura diametralmente opuesta a la de los uruguayos de los años 30. Se podría abundar en el análisis de una decena de actos eleccionarios entre 1916 y 1966 que demuestran fehacientemente que el pueblo soberano nunca apoyó el Poder Ejecutivo pluripersonal, sea colegiado puro o bicéfalo. También se podría profundizar en cómo en 1930 el 74% del electorado votó al Dr. Gabriel Terra, al Dr. Pedro Manini Ríos o al Dr. Luis Alberto de Herrera, todos ellos a favor de la necesaria reforma constitucional que motiva la disolución de las Cámaras y llamado a elecciones de constituyentes. Más de un 60% del electorado eligió constituyentes que respondían a ellos, y la nueva Constitución y reelección del Dr. Gabriel Terra fue apoyada por el 53% del electorado, en tiempos en que el voto no era obligatorio y la participación nunca había sobrepasado el 80% del cuerpo electoral.
Cuatro años después, el Partido Colorado logra la victoria más holgada de su historia, avalando no solo el accionar de 1933 sino la obra realizada al cabo de esos siete años de gobierno, que no se limitó al aprovechamiento de nuestros recursos hídricos para la generación de energía eléctrica. El detalle me ocuparía todo el semanario, pero entre otros se creó Pluna, Ancap, Conaprole y, bajo la órbita de UTE, lo que hoy es Antel. Es costumbre inveterada de los cuzcos orinarse al pie de los monumentos.
Hay dos períodos claves en nuestra historia. El primero, en la primera mitad del siglo XIX con el nacimiento de la nación; el segundo, en la primera mitad del siglo XX en que se construye ciudadanía, institucionalidad y legislación genuinamente progresista. En el estudio de este último período, la excelsa pluma del Dr. Carlos Manini Ríos nos regala una trilogía que es lectura obligada: Anoche me llamó Batlle, Una nave en la tormenta y La cerrillada.
Siempre me llamó particularmente la atención su consideración hacia los distintos actores y el reconocimiento de virtudes y defectos, producto de su condición humana. Sin importar banderas partidarias, se trataba de políticos íntegros en que el pensamiento y la acción eran coherentes. Podrían estar en lo cierto o equivocados, pero partían de sus ideales y su accionar nacía de la firmeza de sus convicciones. Lógicamente no estaban desprovistos de pragmatismo, ni faltaban maniobras y chicanas políticas. Los cruces eran continuos y particularmente virulentos, los rencores y enconos frecuentemente se dirimían por las armas, pero uno no percibe mayor motivación que el objetivo común de construir un gran país. Lo lograron. Los políticos eran lo que parecían, su pensamiento y la imagen que proyectaban estaban en absoluta sintonía.
La pérdida de confianza y hastío con la clase política radica precisamente en el quiebre de esta última condición. El proceso probablemente se inicia cuando en 1966 el Dr. Jorge Batlle actúa sobre su convicción de que el batllismo debe evolucionar, se desmarca de varios referentes en las estructuras de su padre… y pierde las elecciones. Luego en 1989 vuelve a perder las elecciones, cantando la justa. Termina de cristalizar en 2009 cuando se lleva a la presidencia de la República a un exguerrillero que nunca pidió perdón y no tiene el menor pudor en que se construya un relato romántico de heroico levantamiento armado contra una dictadura. Nada más claro que su archiconocido “Como te digo una cosa, te digo la otra”. Encierra cierta sabiduría, ya que de nada vale el diálogo si uno no está abierto a cambiar de opinión, pero también es un conveniente paraguas para el accionar camaleónico y caótico de un anarquista confeso.
En paralelo, las encuestas de opinión se han vuelto un elemento fundamental en el panorama político y electoral. También se ha incrementado exponencialmente la accesibilidad y volumen de información a la que está expuesta la ciudadanía, lo que no necesariamente significa que estemos mejor informados. Capítulo aparte merecería la manipulación de públicos susceptibles a través de redes sociales, como el caso de Cambridge Analytica.
Todo ello ha contribuido a que hoy se entronice el parecer por sobre el ser. Lo que un político es, lo que piensa, sus ideas, todo queda relegado a un segundo plano, funcional a lo que sea conveniente comunicar y proyectar. Es así que se crean candidatos edulcorados, con perfiles cuidadosamente esculpidos por focus groups y campañas de laboratorio, recalibradas en función de la evolución de las encuestas. Por momentos uno siente que no está ante la presencia de un político sino de un encantador de serpientes, porque uno escucha y no puede concebir que realmente pueda creer lo que está diciendo.
Ser algo concreto se vuelve harto difícil, uno se expone a que le peguen, mientras que manejar una identidad ambigua y parecer lo que convenga con cada público se ha vuelto una fórmula exitosa. Las múltiples caras del Frente Amplio, por diseño, han hecho de esto un arte. Desde hace meses asistimos al desconcierto en relación a si Venezuela es o no es una dictadura. Eso en clave de campaña, ahí cada frente presenta el discurso apropiado para su propio colectivo, pero a la hora de legislar se han pasado 15 años votando en bloque.
No puedo reclamar del presidenciable blanco que no haya participado de la sesión del Senado el 10 de julio. Es totalmente comprensible, ya que tomando cualquier posición en relación al Dr. Terra sale perdiendo, no cambia el resultado, y compromete innecesariamente su campaña. Lo que es insólito es que un senador herrerista (Lic. Sebastián Da Silva) argumente su voto diciendo que en su formación herrerista siempre le “hizo ruido que el Dr. Luis Alberto de Herrera haya apoyado el golpe de Terra” y que de alguna forma votar esa ley le permitía “limpiar la conciencia de su más profunda concepción herrerista”. ¿Qué clase de formación herrerista es esa? ¿Leyó alguna vez a Eduardo Víctor Haedo? ¿Es una tomadura de pelo?
En filas coloradas basta decir que no se ha dado ninguna explicación válida y razonable que justifique que el partido, sus seguidores y el país puedan o deban prescindir de quien ha sido el mejor senador de los últimos 15 años. Por destrozo. Curiosamente, la explicación más frecuente es que su ser afectaría lo que se quiere parecer.
Nuestra clase política haría bien en reflexionar al respecto. Están motivando y reforzando la erosión de su imagen y desencanto de la ciudadanía. La “atomización del sistema” que algunos han criticado es consecuencia directa de ello. Mientras que los tres principales partidos malean su identidad y buscan ser todo para todos con el fin de arrimar a su rebaño, los partidos menores y nuevas propuestas solo pueden partir de ser algo concreto. Crecerán o desaparecerán en función de que cumplan con sus compromisos y haya congruencia entre su discurso y sus acciones.
Eso fortalece a nuestra democracia.
Antonio Terra Rompani