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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA la vuelta de la historia. “Cambia, todo cambia”, dice una popular canción que inmortalizara la inolvidable Mercedes Sosa. Este mismo verso y esta misma canción utilizó el Frente Amplio como publicidad antes de su primera asunción al gobierno nacional. Hoy esta misma leyenda es aplicable a los procesos que viven varias sociedades latinoamericanas. Después de 12 años de gobierno kirchnerista, una coalición opositora no por casualidad llamada “Cambiemos” acaba de asumir el gobierno en la República Argentina. Con el gobierno a su cargo y con la mayoría parlamentaria desde 1999, la “revolución bolivariana” ha cedido la mayoría absoluta del parlamento venezolano, también a una coalición opositora denominada “Mesa de la Unidad Democrática”. Brasil se halla en uno de los más intrincados procesos políticos de su historia con la presidenta Dilma Rousseff como objeto de un juicio político. Todas estas realidades son hechos incontestables que se están sucediendo simultáneamente. ¿Es casualidad? No. Argentina ha transitado un penoso camino de deterioro de toda índole bajo el gobierno primero de Néstor y luego de Cristina Kirchner. Luego de haber sacado a Argentina a partir del año 2003 de una delicadísima situación, estos tres gobiernos peronistas consecutivos se encargaron de dividir a la sociedad, siendo ellos los progresistas —con políticas dedicadas a atender preferentemente a las capas de población menos favorecidas— y los demás los neoliberales, aquellos capaces de vender cualquier activo público con tal de hacer un buen negocio para sus propios intereses. Para atender a los más infelices, estos gobiernos desatendieron todas las normas y principios que informan a la economía, se cerraron al mundo tomando medidas proteccionistas, cumplieron con las obligaciones internacionales que quisieron e incumplieron con aquellas que no quisieron honrar, se pelearon con aquellos países con los cuales no era conveniente pelearse y sembraron buenas relaciones con aquellos con los cuales resulta peligroso tener buenas relaciones. En suma: siendo un país enormemente abundante y poseedor de una cuantiosa riqueza procedente de la naturaleza y de su gente, hoy es un país aislado en el mundo: nadie le cree, nadie le presta dinero, nadie lo considera confiable, cada vez disminuye más su comercio internacional, disparó su inflación a guarismos peligrosos, y, fundamentalmente, la sociedad está no solo dividida políticamente —lo que es normal en una sociedad democrática— sino que está quebrada en cuanto a sus relaciones y a sus valores, apuntándose los unos contra los otros como si fueran enemigos.
La crisis venezolana es todavía peor, entre otras cosas porque no tiene las mismas riquezas naturales de Argentina y porque el gobierno seguirá siendo ejercido hasta 2018 por el bolivariano Maduro. Aquí la desconfianza ya asume otros caracteres: hay líderes políticos presos sin haber cometido delitos, hay líderes políticos muertos en situaciones no aclaradas, hay amenazas gubernamentales de no entregar la revolución si no se obtuviera la mayoría electoral, hay fiscales que declaran que en los juicios penales contra políticos el gobierno ordena inventar la prueba, hay persecución a la libertad de información; y económicamente, basta decir que Venezuela casi no tiene bienes para satisfacer las necesidades de sus pobladores, a no ser cada tanto y en fracciones racionadas.
Brasil atraviesa un período económico recesivo crítico, pero más allá de ello su presidenta comienza a atravesar un juicio político que procura su destitución por presuntas maniobras fiscales irregulares. Además, la corrupción campea a lo largo y ancho del país-continente. No hay país alguno en que mediando situaciones de corrupción y proceso de destitución del presidente, la situación económica pueda revertirse; porque cuando no hay confianza, no hay inversiones; y cuanto éstas no se radican o se retiran, no hay ni puestos de trabajo ni salarios ni impuestos. Nada.
Ahora bien: nada es casualidad; todo es causalidad. Cuando estos gobiernos han creído que se podían otorgar asistencias sociales sin requerir contraprestación alguna, la realidad demuestra que se han equivocado. Muchos pobres siguen siéndolo; algunos pobres han salido de tal estado, pero tristemente volverán a tal condición, porque cuando el progreso no es sólido sino circunstancial y asistido, dura lo que dura la bonanza. Acabada la bonanza, acaba la sensación de progreso. Es por ello que, en nuestro país, el ministro Astori —por lejos, la más autorizada, cerebral y racional mente de gobierno— ha dicho para las actuales circunstancias que más que atender a mejoras, debe intentarse por todos los medios no perder lo que se ha conseguido. Más claro, imposible.
Cuando estos gobiernos pensaron que la bonanza era eterna, la realidad demuestra que se han equivocado. Ciclos hay en todos los ámbitos; y el económico no es la excepción. Recuerdo centenares de advertencias de la oposición uruguaya: no sigan gastando tanto, moderen, porque cuando las cosas cambien no vamos a tener apoyatura, liquidez. Pero Mujica no es persona para seguir ese tipo de razonamientos. Por cierto que no. No los entiende o no quiere entenderlos o no le importan.
Cuando a estos gobiernos se les dijo, técnicos y políticos, que las reglas de la economía son las reglas de la economía y que desatenderlas significaba incursionar en un camino de peligro e incertidumbre, desoyeron. Venezuela solo produce petróleo pero no alimentos agrícola-ganaderos. Llegada la baja del precio del petróleo a los valores actuales, no tiene ni alimentos ni dinero. Argentina creyó que protegiendo se protegía, pero no es así. Se protege mucho más abriendo el mercado al mundo, que cerrándolo. El que cierra, se encierra. El camino de la corrupción es el camino del deterioro, por lo que se roba y por lo que genera en falta de confianza. Brasil no ha sabido o no ha podido detenerlo. Y hoy lo padece.
Hoy la historia está pegando la vuelta. Así como los fenómenos económicos siguen ciclos de altas y bajas sin solución de continuidad, los sistemas políticos también siguen ciclos. El que se equivocó creyendo que la bonanza era inmortal, se equivocó pensando que su partido político gobernaría indefinidamente. Cambia, todo cambia.
¿No será momento que todos aprendamos de todos? ¿No será momento que los peronistas, bolivarianos y trabalhadores adviertan que, si bien la asistencia al más desvalido es realmente un valor en sí mismo, no puede llegarse a extremos que —por violación de las reglas naturales e inherentes al funcionamiento económico— se termine perdiendo la asistencia prestada? ¿No será hora que aprendamos que nada es eterno y que los buenos tiempos son sucedidos por las vacas flacas? ¿No será hora que del otro lado del sistema político se advierta que no basta “la mano invisible” de Adam Smith, sino que el Estado debe intervenir para equilibrar situaciones desparejas? ¿Advertirán ambas corrientes de pensamiento, algún día, que ninguna de ellas tiene razón por sí sola, sino que lo mejor de la sociedad saldría de componer lo mejor de cada una de ellas? ¿No advertirán los ahora políticamente triunfantes que tampoco gobernarán por siempre y que en tal situación, deberán atender a lo que históricamente ha sido su gran debe: mejorar la calidad de vida de la gente a través de la creación real de puestos de trabajo de calidad en salario y en condiciones de trabajo? En ese sentido, está el senador y líder del Partido Independiente, Pablo Mieres, intentando vincular a su partido con wilsonistas, batllistas y seregnistas, para que lo mejor pueda volcarse a la sociedad: las reglas del mercado que traen inversión, trabajo, mejoras y tributos combinado con un control estatal que procure la mayor estabilidad posible en las políticas de inversión, en la calidad de los puestos de trabajo; en suma: procurando la justicia social dentro de un Estado de Derecho, y no fuera de él.
Dr. Monty Fain
CI 1.534.874-6