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    Cansan

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2161 - 10 al 16 de Febrero de 2022

    Lo peor de todo son los lugares comunes. O puede ser también la ausencia absoluta de la sutileza, de la ironía, de algún destello mínimo de inteligencia. Se torna muy molesto, casi intolerable. No hay caso. Y no ocurre solo con un tema puntual o una semana en la que la inspiración colectiva no aparece, como si estuviera encerrada con Covid o en cuarentena. No tiene fecha. Ni de comienzo ni de finalización: es permanente.

    Para comprobarlo hay que detenerse en los debates públicos sobre los temas que despiertan el interés de la mayoría de la población y entran en la agenda por un tiempo. No son muy difíciles de detectar ni tampoco demasiados. Una vez diferenciados y separados lo que hay que hacer es, como si se fuera a realizar un experimento científico, detenerse en los argumentos, de uno y del otro lado. Analizar qué dicen los que están a favor y qué los que están en contra. En especial esos que tienen una gran exposición pública, sean gobernantes, políticos, dirigentes empresariales o sindicales, artistas o simples adictos a las redes sociales.

    Es ahí donde empieza el problema. Porque de tan predecible que se torna casi todo lo que ocurre, pierde el más mínimo interés. Parece como un guion de una película de esas que cuentan con todos los clichés posibles repetidos una y otra vez. No hay la más mínima sorpresa, ni elaboración. Unos dicen negro, negro, negro; otros, blanco, blanco, blanco, y los del medio miran, tratando de disimular los bostezos por el aburrimiento.

    Da la sensación de que para cada una de las partes, que a grandes líneas se pueden dividir en dos pero son más –no muchas más–, hubiera como una especie de supermercado a donde van a buscar las mismas palabras e ideas, las ponen en el carro de compras y después las utilizan para todos los asuntos en discusión, sin excepciones. Repiten argumentos, reflexiones, conclusiones y las críticas y los ataques. Se terminan pareciendo tanto que hasta da la sensación de que están cantando la misma canción en una tribuna de un estadio, abrazados a sus banderas.

    Hay otros, unos cuantos, que no lo hacen. Prefieren el silencio o tomarse un tiempo para pensar un poco más u opinar solo cuando tienen algo interesante para decir. Está claro que no son los protagonistas. Pasan más desapercibidos, terminan quedando como espectadores de una discusión interminable y sorda. Suelen optar por alejarse para no quedar en medio del fuego cruzado. Se terminan cansando, mirando con desgano, esperando que en algún momento alguien los sorprenda, se salga de lo obvio. Pero cada vez parece más difícil encontrar ese error en el sistema, ese color diferente que en algún momento empiece a brillar por uno de los rincones y agregue un matiz a tanto paisaje monocromático.

    Tres ejemplos de los últimos días. El primero: el debate sobre el referéndum para la eventual derogación de 135 artículos de la Ley de Urgente Consideración (LUC). Parece que, de un tiempo a esta parte, todo lo que ocurre en Uruguay, lo bueno y lo malo, es consecuencia de los artículos en cuestión de la LUC. Allí no se privatiza la enseñanza pública, ni se fortalece o destruye Antel, ni se dan poderes ilimitados a la Policía ni se concretan reformas profundas sobre el sistema legal de alquileres o los combustibles. La realidad es que es una ley que incluye algunos cambios importantes, muchos de los cuales ya se están aplicando, pero ninguno refundacional.

    Pero si se tienen en cuenta los argumentos de los promotores del Sí, esos 135 artículos resumen todo un programa neoliberal, privatizador y con una especie de cheque en blanco para los policías y amantes de la justicia por mano propia. Del otro lado, argumentan que vivimos en un nuevo Uruguay gracias a la LUC y que todo lo bueno llegó a través de ella. No es creíble y es poco serio llevar la discusión a esos terrenos, con la Pantera Rosa como vedete. El problema es que así es como se logra el mayor impacto, especialmente a nivel de redes sociales, la nueva obsesión del sistema político uruguayo. Cansan.

    El segundo ejemplo refiere al fútbol y a lo que está ocurriendo en la selección uruguaya con respecto al cambio de director técnico. Resulta que ahí también hay dos bandos que todo lo miden en función de sus anteojeras ideológicas. Están los que siguen abrazados al Maestro Óscar Tabárez y su extenso proceso y los que lo critican y argumentan que Diego Alonso logró en dos partidos una revolución. Tabárez es elegido por los más afines al Frente Amplio y Alonso por los defensores del actual gobierno. Y entonces mezclan todo: política, fútbol, resultados, referéndum, elecciones, lo que venga. Gritan o sufren los triunfos o las derrotas en función de sus grietas inexistentes y no se detienen ni un segundo a pensar más allá de su narices. Otra vez: cansan.

    El tercero involucra a la información y a los que nos dedicamos a difundirla: los periodistas. El buen periodismo debe ser lo más independiente e imparcial posible para poder ser creíble. A partir de allí se construye todo el resto. Pues ahora parece ser más importante encasillar a un periodista como de derecha o de izquierda, oficialista u opositor, de Nacional o de Peñarol o cualquier otra dicotomía posible, antes que prestar atención a lo que está informando. Es cierto que algunos colegas han ayudado a que eso ocurra por su excesivo protagonismo o politización de su trabajo. Pero son los menos. Y tampoco es lo más importante. Que la Justicia allane un medio de prensa y a un periodista para averiguar cuáles son sus fuentes de información debería ser un motivo de preocupación para todos los que dicen respetar la libertad de prensa, por más que discrepen con la forma de trabajar de los afectados. Defender la libertad solo para algunos es muy fácil; la diferencia es hacerlo para todos, aunque estén en las antípodas de nuestro pensamiento. Pero no, siempre se termina imponiendo el los tuyos y los míos. Una vez más: cansan.

    Parece ser que esa mediocridad que opta por el camino más fácil, que repite una y otra vez los mismos razonamientos, que es incapaz de salirse del molde preestablecido, avanza como si fuera la lava de un volcán que ya hizo erupción. Al mismo tiempo, eso favorece la huida de los que estén dispuestos a alejarse y no dejarse arrastrar por la marea roja. Todavía los hay. Me consta. Son ellos los que harán la diferencia, si es que logran rescatar a los que, de tan curiosos, están al borde del río de fuego, a punto de perder el equilibrio.

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