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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando era chico (años 60 y 70) pero ya consciente de la finitud de la vida humana, me preocupaba el hecho de que no pudiera conocer el final de las historias humanas universales, particularmente saber cómo terminaría el enfrentamiento entre capitalismo y comunismo. En esa época, la hoy desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas continuaba no solo existiendo, sino siendo uno de los pilares de la Guerra Fría y un foco de permanente enfrentamiento con Occidente. Sin embargo, y cuando apenas rondaba los 30 años de edad, el mundo comunista desapareció, en primera instancia con la caída del Muro de Berlín y poco más tarde, y fundamentalmente, con la extinción de la Unión Soviética. Qué prontamente había asistido al final de la historia. El comunismo había demostrado su completa incapacidad para generar un mundo de iguales, como pretendía, y entonces ya no había más duda: el capitalismo continuaría gobernando las relaciones humanas. EL sistema comunista hoy subsiste en contados países, como Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela. Y advierta el lector el lamentable estado de sus economías y, por ello, el notorio deterioro de la dignidad humana que se vive por esos lares, donde no existe la oposición o no se la permite competir con el oficialismo en condiciones de igualdad, donde el dinero no vale nada y no sirve para satisfacer las necesidades materiales del ser humano, y donde, cuando se puede, sus pobladores se alejan para vivir en tierras y regímenes más respetuosos y prometedores. Exprofeso, dejé fuera a China, la República Popular de China, más conocida como China Continental (por oposición a la insular de Taiwan) o China comunista. Y no incluí a China entre los países comunistas porque China no es comunista, se proclama públicamente como comunista, pero claramente integra el régimen capitalista. Necesariamente, por naturaleza, el régimen comunista requiere económicamente la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, esto es, la negación de la propiedad individual, la inexistencia de empresas privadas con personal a su cargo, y en general postula todo aquello que se requiera para eliminar la base individual que el capitalista obtiene a partir de la explotación de otros seres humanos. Y en tal estado de cosas, la China de hoy no tiene económicamente rasgo comunista alguno. Se trata de una economía abierta, en lo interior y en lo internacional, con dueños de empresas que cuentan con empleados asalariados y que procuran un fin de lucro para prosperar individualmente. Y a tal efecto no importa si es mayor o menor el control estatal, la regulación normativa, porque ello se trata de una cuestión de grado y no de sustancia. Toda economía capitalista es regulada y controlada por leyes dictadas por sus Estados y no por ello deja de ser capitalista. La libertad es iniciativa, promoción, impulso, desarrollo, visión, pero nunca libertinaje, desenfreno, explotación. De forma que la República Popular de China no es comunista porque no basta que lo sea políticamente —restringiendo severamente las libertades políticas— o socialmente —impidiendo el ejercicio de derechos individuales o grupales—, sino que en su esencia, en su naturaleza, está el fundamento económico que en China ha dejado de existir. Y es por eso que China prospera, porque a diferencia de sus vecinos norcoreanos o de los lejanos venezolanos han advertido que la historia y la experiencia no mienten. Y que, si no se abría al juego capitalista, China viviría situaciones económicas tan tristes como la de los nombrados o la que llevó a la explosión soviética. De modo que no solo me ha dado la vida para saber quién se imponía en esta visión de mundos, sino incluso para comprobar que los comunistas se han pasado al capitalismo como única forma de subsistir, más allá del nombrete que quieran darse. Y he dicho del comunismo al capitalismo y no del autoritarismo a la libertad porque en el sentido político China (al igual que los otros pocos comunistas del mundo) no ha cambiado un ápice.
Monty Fain
Abogado, escribano