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Pocas horas antes de los fallecimientos de Eduardo Galeano y Günter Grass, el domingo 12 por la tarde trascendió en el ambiente teatral la muerte del dramaturgo, narrador, director y profesor de literatura Carlos Manuel Varela, tras padecer cáncer y enfrentarlo sin dejar de trabajar, a tal punto que actualmente preparaba la puesta en escena de Las bestias, un texto de su autoría. Recibió honores fúnebres en el Teatro Solís el lunes 13 y fue sepultado en el Cementerio Central.
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Nacido en 1940 en Dolores, Soriano, Manolo, tal como era conocido por los allegados al teatro, provino de una familia muy vinculada al teatro —hijo de la actriz emblema del radioteatro Violeta Amoretti y sobrino de la actriz Julia Amoretti— fue protagonista de la dramaturgia uruguaya en los años 70 y 80. Durante la dictadura se destacó en el llamado teatro de la resistencia con su obra fuertemente identificable con la tradición de Florencio Sánchez.
Fue docente y director de la Escuela Municipal de Arte Dramático, comenzó escribiendo cuentos como Los viejos, y antes de cumplir 30 años se consagró a la dramaturgia. Rápidamente se posicionó como un autor crítico de su tiempo y cuestionador de la tradición. El contexto cerrado en el que le tocó vivir, con la censura como un elemento cotidiano, forjó su estilo fuertemente anclado a la realidad pero a la vez alejado del realismo a nivel estético, con la metáfora y la ironía como recursos habituales de su generación, para evadir el control estatal y manifestarse con elusiones, atmósferas oníricas y juegos lingüísticos.
Esa impronta vanguardista marcó su primera etapa con obras como El juego tiene nombre (1968) y ¿Happening? (1969), montada por Club de Teatro con dirección de Carlos Aguilera, que ya jugaba con las fronteras entre los espacios escénico y del público.
Durante la dictadura pulió su manejo del lenguaje poético y encriptado, y comparó al teatro con un “espejo fracturado” que invita al espectador a completar el texto y “asomarse entre las grietas”. Se destacan Las gaviotas no beben petróleo (1979), Alfonso y Clotilde (1980), Los cuentos del final (1981, por la Comedia Nacional, ganadora del Florencio al Texto de Autor Nacional), Palabras en la arena (1982, también por la Comedia) e Interrogatorio en Elsinore (1983, premiada por el MEC y la IMM).
Luego de la restauración democrática trabajó para los principales elencos montevideanos, y su teatro recuperó el realismo y el lenguaje explícito, muy marcado por la denuncia política: Crónica de la espera (1986), Sin un lugar (1987), La Esperanza S.A. (1990), una de sus obras más representadas, todas en torno a la problemática social, económica y política. Se mantuvo en actividad hasta el final, con nueve obras escritas desde el 2000. Las más recientes fueron Los soñadores (2013), Barquitos negros (2011), Los de siempre (2010) y El hombre que quería volar (2009).
Entre las diversas distinciones que recibió se destacan el Premio Alberto Candeau a su trayectoria, obtenido en 2013, el Premio Nacional de Teatro édito (2010) y el Morosoli a la trayectoria (1995).