Delgado río rojo de mi sangre, eres
Delgado río rojo de mi sangre, eres
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acála viviente hidrografía de mi cuerpo y en él,
en su cauce de músculos
y nervios,
repartes las aguas que del corazón descienden,
que el latido estruja con su puño en rítmico aleteo
de noria sumergida.
Caminas cambiando de colores
camaleón viajero de la especie,
transitas por elásticos canales,
dibujas países
debajo de la piel,
recorres victoriosa la hermosura
escondida en los hondos terciopelos
de mi arcaica biología animal
y se te advierte
en el pulso y sus discretos relojes arteriales,
fabricando sin pausa la vigilia,
llenando los panales con las mieles
del sueño,
goteando en la clepsidra de las horas.
Eres la madre de las vísceras,
la miel de las colmenas vasculares,
el jugo de las uvas que maduran
goteando en los espacios interiores,
y así sol tras sol, luna tras luna, asumes tus oficios
de émbolo sin prisa, de ofidio repartido
por todo mi cuerpo transitorio
vestido por un traje de luz tibia
y tenues lentejuelas.
Visitante de cuevas, de vasos capilares,
acequia intermitente de la vida,
motor salobre nacido del Océano
que diriges mis pasos por la Tierra,
un día
correrás lentamente,
te asomarás apenas en el temblor de mis muñecas grises
y bajarás más bien como un derrumbe,
como un alud de sordos materiales,
como un triste reptil
jadeando a las orillas de un pantano.
Mi corazón colgará su ciruela taciturna
del árbol deshojado de mi pecho
y entonces
ya no serás la flecha de oro, la exacta puntería,
la lanzadera que teje un manto vivo
sino un cansado surtidor, un alquitrán viscoso,
un raído murciélago, cegado
por el rayo final del desconsuelo.
Y te irás coagulando en el sistema
de tu red convertida en telaraña,
haciéndote raíz
en busca inexorable de la tierra
y después geología, veta en el granito,
roca congelada por el soplo
de la muerte.
Pero, entretanto, mantén la forma de estas manos
que se abren con tu savia como estrellas,
que señalan los puntos cardinales,
que apuntan a las diarias injusticias y a las que llevan siglos,
que procuran
transformar el mundo en el lugar de todos,
que trabajan, que acarician,
que empuñan tu insignia de rubíes.
Sangre mía, una gracia
solamente te pido:
guía al humilde lápiz, con que yo, el poeta,
te escribo en esta noche sin velas ni luciérnagas.