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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMi nombre es Martín Mutio. Y no soy un narcotraficante. Nunca lo he sido, pese a que muchos lo dicen y otros tantos lo repiten. Nunca he tenido la más mínima relación con el narcotráfico, una actividad que —como padre— repudio. Y sin embargo, hoy estoy cumpliendo una injusta condena de 15 años de prisión por un delito que, como queda claro de la lectura objetiva y desapasionada de mi causa, no cometí.
He confiado, desde un inicio, en la Justicia de mi país. Pero me han golpeado una y otra vez. Hoy espero, en reclusión y en un aislamiento prolongado que está terminando con mis fuerzas, que los cinco ministros de la Suprema Corte de Justicia acepten el recurso de casación presentado por mis abogados. Es mi última esperanza de que alguien estudie mi caso, vea que no hay pruebas que demuestren que soy un narcotraficante y me devuelva mi libertad, mi vida y la de mi familia, mi esposa y mis hijos, a quienes extraño con locura.
Mi calvario lleva ya cuatro años. Desde 2019 se me acusa de ser un narco. Pero yo jamás cargué un contenedor con cuatro toneladas y media de cocaína. Solo una organización criminal podría hacerlo. Y no hay nada que me vincule con organización alguna, de ningún tipo.
Todavía recuerdo cuando allanaron mi apartamento. Buscaban drogas, armas, dinero. Era su trabajo. Pero rompieron todo. Hasta las paredes. Y los techos. Cierro los ojos y aún puedo sentir aquellos golpes desgarradores. Destrozaron el lugar en el que vivía. Y no encontraron nada.
También allanaron la casa de mi padre. Nada encontraron. Ni ahí ni en todos los demás lugares donde buscaron. Porque nada había. Y porque no se puede encontrar lo que no existe.
Se llevaron mi celular. Aunque no había autorización judicial, de todos modos entregué sin inconvenientes mi clave. Me acusaron de haber borrado su contenido. Falso.
Si hubiera sido un narco, al verme descubierto, ¿no me debería haber fugado? ¿No debería haberme respaldado en esa supuesta organización para desaparecer? Lo que yo hice fue presentarme, desde el primer día, ante la Justicia. Y comparecer ante ella cada vez que se me citó.
La causa a la que se me vincula se cerró en Alemania, porque consideraron que se trató de una contaminación de la carga en alta mar. Pero esa prueba me la ocultó la Fiscalía, que ya sabía de ello antes de mi detención.
La locura de peso neto y peso bruto, el mail de Rilo y el llamado bruto weight, los precintos clonados, el juicio, los testigos y el maltrato entre el enloquecedor bullicio de este injustificado encierro vienen a mi mente y vuelvo a sentirme acorralado por el miedo, impotente ante el tiempo y la injusticia. La locura y la cordura de saberme inocente y el padecimiento constante.
Siempre estuve a derecho. Entré y salí del país simplemente porque mi familia vive en Argentina. Y siempre volví, porque lo único que me interesaba era probar mi inocencia y recuperar mi vida. La que me quitaron. Pero social y mediáticamente se me colocó en el lugar del culpable. Se habla de mí como “el narcotraficante Martín Mutio”. Se me armó una causa con indicios falsos. Y acá estoy, viviendo en la oscura soledad de una celda en la que mis días pasan en cámara lenta.
No me victimizo. Jamás hablé hasta ahora por miedo a las represalias. Y porque mis abogados me decían que los juicios se resuelven en los juzgados.
Hoy decido hablar porque quizás haya una última oportunidad de que alguien me escuche y llegue a la verdad. Extraño mucho a mis hijos, a mi mujer. Los extraño de todas formas y maneras. Con mis ojos, mis oídos, mi olfato. ¿Qué sentiría usted si no pudiera ver crecer a sus hijos porque ha sido condenado, por 15 años, por un delito que nunca cometió?
No veo a mi hijo menor desde que tiene 15 días de vida. Y me dicen que no podré verlo por 15 años. Cada día despierto como un robot. Mi alma está muriendo. Mi familia me pide que sea fuerte. Y cada vez me cuesta más serlo. Pero quiero mostrarles, a ellos y a todos, que soy inocente. Que vale la pena creer en la Justicia. Que sin ella estamos expuestos a lo peor de la sociedad, desprotegidos ante quien circunstancialmente ejerza el poder.
Repaso las audiencias en mi mente. Gestos, señas indebidas de funcionarios públicos que representan a mi país (registrados en video). Innumerables testigos que fueron indagados y presionados por la situación y que no podían creer de lo que me acusaban. Especialistas de renombre que declararon que no había lavado de activos, como indicaba la Fiscalía. Y que no había vinculación alguna con el narcotráfico.
Sepan que yo no tuve los precintos. Las autoridades extranjeras nunca dijeron que eran los originales. El único perito que declaró en juicio aseguró que los precintos con que llegó el supuesto contenedor contaminado habían sido clonados.
Hoy me siento muerto en vida.
No soy un narcotraficante. Nunca lo fui. Me acusa una fiscal con poder, 30 años de trayectoria y, aparentemente, chances de ser fiscal de Corte.
No tengo poder alguno. Mi única fuerza radica en que sé que tengo la verdad de mi lado. Dios es testigo de lo que digo. Solo pido que la Suprema Corte de Justicia acepte el recurso de casación presentado por mis abogados y me juzgue con rigor, examinando toda la causa, evaluando toda la prueba y haciendo Justicia. Porque, pese a todo y a todos, sigo creyendo en la Justicia de mi país.
Sueño con recuperar mi vida, la que vaya a saber uno por qué me quitaron, y volver a abrazar a mi familia. Solo espero que la Justicia no llegue demasiado tarde.
Martín Mutio