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Sr. Director:
Una larga carta del Prof. Pablo Mieres comenta con acritud mi libro “La Reconquista”, considerando que es una versión carente de objetividad del difícil proceso que nos permitió llegar a la elección del 25 de noviembre de 1984, que puso fecha y hora al fin de la dictadura. Nada menos…
De su propio texto surge claramente que no se registró ningún hecho falso y que soy inocente del cargo de omitir las movilizaciones populares que se realizaron en aquellos años. Basta leer el libro para advertirlo. Que faltan episodios, por supuesto; es imposible registrarlo todo. Lo que sí sería grave es no recoger alguno realmente relevante, pero no es el caso. Salvo que, en la campaña del plebiscito de 1980, los “famosos pegotines” de la Democracia Cristiana valgan tanto como el debate de Tarigo y Pons Etcheverry, los inéditos actos públicos de colorados y blancos y la sacrificada recorrida del país que encabezaron Jorge Batlle y Carlos Julio Pereyra.
El libro narra las cosas como ocurrieron. Por cierto que nada era ineluctable y todo pudo ser distinto. Pero la historia ha de contar lo que efectivamente ocurrió y que, en el caso, sirvió para reconstruir en paz la institucionalidad, sin sufrir rebrotes guerrilleros o militares, como vivió —en el mismo tiempo— nuestra vecina Argentina.
El profesor Mieres piensa que exageramos el valor de la actuación del Prof. Pivel Devoto como presidente del Directorio del Partido Nacional. Quizás él no la haya advertido, pero este gran ciudadano fue muy importante, como lo fue también el general Seregni, quien —aún en la cárcel— acompañó este proceso paso a paso, y por eso el Frente Amplio fue parte fundamental en el Pacto del Club Naval. Nuestro crítico se preocupa hoy porque en 1983 le afirmé a mi amigo Wilson Ferreira Aldunate que el general Seregni acompañaría un acuerdo honorable con el régimen. Lo que importa es que así fue y el fundador del Frente Amplio jamás invocó una reserva al respecto. Por el contrario, nunca dudó de nuestra palabra, como nosotros no dudamos de la de él.
Lamentamos que el señor Mieres, con quien mantenemos una cordial relación desde hace algunos años, hable de “tergiversaciones” que luego no demuestra. Que no le guste el libro, es asunto de su libertad. Usar esa palabra sin luego solventarla, pese a la copiosa literatura que practica, no es correcto.
Confío en que este intercambio sirva para motivar a algunos ciudadanos a sumarse a los miles que ya han leído nuestro trabajo y así puedan apreciar la razón de nuestras razones.
Julio María Sanguinetti
Sr. Director:
Quiero felicitar al Sr. Pablo Mieres por su preciso y veraz análisis del libro “La Reconquista” del Dr. Julio Ma. Sanguinetti. Los que somos coetáneos de los hechos, expresamos el beneplácito que personas no pertenecientes al Partido Nacional digan las cosas como fueron. Hasta ahora las justas quejas blancas eran catalogadas como argumentos partidarios o simplemente de malos perdedores. Los que ganan siempre imponen la primera versión de los hechos, pero es innegable que la verdad podrá demorar, pero inexorablemente llega. Y ella arranca con la venida de Fidel en 1959, a la explanada, acariciando ilusiones de una América Latina más justa. Su adhesión marxista leninista prontamente las desvaneció, pues en aquellos tiempos la URSS era una amenaza real para quienes creemos en la democracia. Y en los sesenta apareció el MLN en una atractiva tarea de destapar tarros, que mucha buena gente vio con simpatía. Pero cuando embrutecieron procedimientos se le vieron las patas a la sota. Y desde allí dieron pie a la justa defensa de la República. Y con el concurso de los partidos fundacionales se terminó con la subversión y en el setenta y dos sus jefes ya estaban presos.
Pero un grupito de militares se engolosinó con el poder y respaldado en un gobierno colorado, del cual el Dr. Sanguinetti fue ministro, dio el golpe del 73. Y allí se dividen las aguas democráticas. Por un lado los que hicieron una guiñada a los golpistas y por otro los que los enfrentaron. Y allí vinieron las proscripciones de partidos y personas y la censura de la prensa opositora. Y luego las persecuciones, encarcelamientos, muertes y desapariciones. Como se pudo, la oposición empezó a luchar y de todos los partidos hubo gente y acciones de mucha significación. Pero dentro de estas, nadie puede desconocer ni olvidar que la figura emblemática fue Wilson Ferreira Aldunate. Y a su prédica y denuncias se debe la conciencia interior de resistir y el desprestigio internacional del régimen. Fueron años de gran sacrificio militante, donde una generosa juventud puso alma y vida para revertir la dictadura.
Los que integramos las coordinadoras de Por la Patria fuimos actores y fieles testigos de tamaña batalla, cuando repartir un volante significaba paliza y comisaría. La clandestina e ingeniosa campaña por el no del 80, la elocuente expresión de las internas del 82 y la homérica preparación del “río de libertad” en el Obelisco, fueron mojones indelebles en la mejor historia democrática del país. Y luego la farsa del Club Naval, excluyendo a un partido fundacional, la inaudita prisión de Wilson, que provocó el justiciero “Sin Wilson Nada”, que con el diario del lunes así debió ser. Y pese a todos los ataques, se llama a la concordia en la explanada y se vota la “ley de caducidad” para salvar al país del satánico embrollo del Club Naval, producto del sobrevuelo del acuerdo para dejar afuera a Wilson y de la soberbia militar de no aceptar la ley de amnistía. También con el diario del lunes hubo de dejarse a los pactistas que arreglaran el entuerto.
Y aquellos polvos trajeron estos lodos y, con la sorpresiva muerte de Wilson y recreando la ilusión frentista, se usurpó lo que debió ser mayoría y gobierno blanco. Esa es la obra del Dr. Sanguinetti, padre y padrino del Club Naval, dándose el poder a sí mismo y entregándonos a la demagogia populista de la izquierda para evitar ya en el 71, luego en el 84, luego en el 92 y luego en el balotaje 2004, que los blancos lograran la mayoría que hoy ostenta el Frente Amplio. Con el agravante de privar al país del gobierno de un gran estadista, como lo demostró con hechos desde la oposición. Pero ni la verba florida, ni el sesgamiento e hipocresía, tan bien expuestos por el presidente del Partido Independiente, podrán evitar el juicio lapidario de la historia. Y el pésimo antecedente para cualquier acuerdo.
Guillermo Seré Marques
CI 1.389.742-2
Sr. Director:
Lejos de transmitir una visión sesgada de la transición, el libro “La Reconquista” del Dr. Sanguinetti describe a mi juicio de manera objetiva y en forma cronológicamente indiscutible los acontecimientos y hechos más relevantes que propiciaron el regreso de la democracia.
Para quienes fuimos testigos de esos hechos, fue determinante la acción de los partidos políticos en el éxito de la estrategia de diálogo propuesta por Sanguinetti, con el apoyo de movilizaciones populares generalmente convocadas por los partidos, en especial las más importantes y masivas.
El “éxito de las conversaciones” y sus “resultados positivos” que reconoce Mieres en su carta como estrategia de salida, defendida y liderada por Sanguinetti en coincidencia con Seregni y el Frente Amplio y la Unión Cívica en las negociaciones de 1984, es indiscutible.
No se entiende entonces cuál es la versión sesgada de la salida de la dictadura de la que se habla.
Lamento si la falta de equilibrio lleva a Mieres a asimilar situaciones notoriamente diferentes. Hay sectores del Frente Amplio y del MLN que mienten cuando dicen que nacieron contra la dictadura, invirtiendo el orden de los factores entre el surgimiento histórico de la guerrilla en 1962 y la caída de la democracia en 1973 como sostiene Mieres. El MLN oculta que se levantó contra la democracia.
Por lo contrario, Sanguinetti expone hechos en forma documentada, acontecimientos incontrovertibles y ordenados cronológicamente que son la secuencia histórica de lo sucedido.
Sostener la similitud de situaciones es un error inadmisible para un analista medianamente objetivo y una desproporción más cercana al discurso de barricada de un partido que busca desenfrenadamente mejorar electoralmente que al producto del análisis serio, sereno y objetivo que se puede esperar del Dr. Mieres.
En relación a las movilizaciones, es normal que la importancia se mida por su convocatoria, por su notoriedad, su impacto en la opinión pública y en el proceso de salida hacia la democracia. Estas son las características que transformaron en relevantes a algunos hechos y a otros no.
Por eso, el libro se refiere como los “únicos actos públicos” a los que realizaron, previos al plebiscito del 80, en el Cine Cordón la juventud del Partido Colorado (el primero luego de siete años) y el Partido Nacional días después, así como el de la CBI en el Cine Arizona.
O al “Gran Debate” en el Canal 4 que logró el efecto masivo fundamental que se necesitaba y que generó un gran impacto en la opinión pública en el que intervinieron Tarigo y Pons Etcheverry defendiendo el No y que fue decisivo en la campaña contra la reforma planteada por la dictadura.
Sorprende que Mieres sostenga que se minimiza la movilización popular y la “presión del pueblo en la calle” cuando, por ejemplo, el libro dedica un capítulo entero y existen otras referencias varias a la más importante y significativa que fue el multitudinario Acto del Obelisco en la que participaron más de 400.000 personas.
Acto trascendental promovido por los partidos políticos y en la que Candeau leyó la histórica proclama redactada por los Drs. Gonzalo Aguirre y Enrique Tarigo.
El libro describe con detalles el acto, la iniciativa del Dr. Batlle en la reunión de los partidos tradicionales en la casa de Pivel Devoto, la acertada decisión de invitar al Frente Amplio después que se había logrado la autorización para realizarlo, la presencia de líderes políticos de todos los partidos, la invitación a entidades sindicales y empresariales, la forma en que se desarrolló y hasta las consecuencias y su impacto positivo en la opinión pública. Sobre la importancia del mismo no hay dos opiniones.
También el libro hace referencia a las “cacerolas” que se destacan como el título de uno de los capítulos y que Mieres dice extrañamente que son referencias puntuales.
Se destaca además el acto del 1º de mayo de 1983 organizado por la central sindical: “una verdadera multitud, desconocida hasta entonces se había congregado con movilización sindical”.
Y a esta estrategia que combinó diálogo y movilización popular de miles de personas, Mieres la define como “pequeños ámbitos”, “concepción elitista” y “acuerdo de cúpula”. ¡Insólito!
Con sus “énfasis” y de manera muy pero muy “selectiva”, Mieres intenta darle mayor importancia a hechos objetivamente menos trascendentes.
Parece ser que para Mieres fueron igualmente importantes los “pegotines”, pegados por la Democracia Cristiana que él integraba y que recuerda como trascendentales y es marcado como una omisión importante en el libro, que el Acto del Obelisco de 1983 o el debate televisivo del Canal 4 de 1980.
Y esa pequeña omisión le alcanza para sostener en un tono un tanto grandilocuente y soberbio que se estaría ante una versión sesgada de ese período. ¡Increíble!
Desde luego que hubo otras movilizaciones de menor conocimiento público, algunas de las que menciona Mieres, que no tuvieron el impacto popular que tuvo en la opinión pública el acto del Obelisco y que serían imposible de recopilar.
Por ejemplo, algunos militantes de izquierda reivindican reuniones realizadas en el ombú de Ramón Anador a las que Mieres no recuerda en su extensa carta y que por ello no sería razonable atribuirle intenciones de ocultamiento o de intentar sesgar la historia.
En el libro, Sanguinetti refiere de manera respetuosa y por cierto afectiva a Wilson Ferreira Aldunate. Describe sí las diferentes estrategias divergentes que sostenían ambos pero en un tono de reconocimiento a su liderazgo partidario y su persona.
Sostener que se “busca bajar su perfil y significación” delata o una lectura incompleta o un error en la interpretación de los hechos que distorsiona el contenido y sentido de las referencias a Wilson a quien Sanguinetti reconoce siempre como el “líder blanco”.
El propio Juan Raúl Ferreira reconoció la actitud honesta de Sanguinetti para con Wilson. En referencia a la reunión en Santa Cruz de la Sierra dice que Sanguinetti “le había expuesto con claridad y franqueza su estrategia negociadora. Podrían no haberse puesto de acuerdo pero no le mintió”. Y añade: “Wilson lo reconoció siempre”.
Tampoco es posible entender el proceso sin la figura de la talla de Juan Pivel Devoto, de participación central en las instancias más importantes de la reapertura, y no es justo minimizar su participación por el hecho de que haya tenido coincidencias con las posturas de Sanguinetti como Mieres asevera en su misiva.
Lo expuesto demuestra lo injusto y desproporcionado de las críticas del Dr. Mieres quien, desde luego, tiene derecho a formularlas y poner sus propios “acentos”; libertad que no lo debería llevar a realizar aseveraciones tan poco fundamentadas, desmedidas y en muchos casos erróneas y distantes de la realidad.
Sesgar la historia es justamente realizar “interpretaciones” cargadas de subjetivismo lejanas a la objetividad que ofrece la descripción de los hechos. Y eso es lo que hace Mieres.
Sinceramente creo que las diferencias políticas no deben llevar a desconocer la seriedad de un trabajo basado en hechos y menos aún la de atribuir intenciones en un tono más cercano al interés partidario electoral que a la reflexión.
Mónica Susana Castro
CI 1.790.470-8
Sr. Director:
En la última edición de Búsqueda, el presidente del Partido Independiente, Lic. Pablo Mieres, afirma que “reiterada y sorprendentemente se ha sostenido que el movimiento guerrillero en nuestro país nació como una respuesta al autoritarismo, olvidando u ocultando que el MLN comenzó sus acciones armadas en 1962 cuando en nuestro país reinaba la democracia”.
Es mi intención contradecir tajantemente esta afirmación.
Para hacerlo, tengo la firme intención de no entrar en el terreno de las opiniones, basándome, exclusivamente, en hechos políticos y afirmaciones de otras personas de indiscutido prestigio, para demostrar que el movimiento guerrillero sí fue una respuesta de autodefensa ante el autoritarismo, expresado en reiterados rumores de golpes de Estado, medidas prontas de seguridad, “comandos de la muerte” (desenmascarados por el propio Nelson Bardesio), pérdida de derechos civiles y represión violenta de los trabajadores.
Con dichos fines, citaré textualmente pasajes de la obra de investigación y recopilación histórica “Alto el Fuego”, de Nelson Caula y Alberto Silva.
Pág. 67: “El verano de 1958 al 1959 fue particularmente lleno de rumores, y de todo tipo, pero reflejando la inquietud que se tenía sobre la continuidad del orden institucional constitucional” (Dossier, Gral. Víctor Licandro).
Pág. 70: “En el actual período de gobierno, una ola de violencia ha avasallado la tranquilidad colectiva. La certeza de que ese hecho se debe (…) a una excitación artificiosa por factores espurios, de modo que no traduce la voluntad gremial mayoritaria y legítima (…) hace más imperiosa la necesidad de reglamentar ese derecho. No es admisible (la huelga en los servicios del Estado) tal subversión…”. Martín Recaredo Echegoyen, primer presidente del Colegiado del primer gobierno blanco en el siglo, así se expresaba al reimplantarse las medidas prontas de seguridad, a tan solo tres meses de iniciarse ese período de gobierno (1959).
Pág. 72: “Desde (la Constitución de) 1830 fue la primera vez que alguien lo dijo: Yo propongo que el país se reorganice políticamente, pero no sobre los principios de la democracia liberal, no sobre el principio de la radicación del poder en la voluntad popular expresada a través del sufragio universal y de los partidos políticos”. J.M. Bordaberry.
Pag. 73: “El presidente de EEUU (Einsenhower) supervisa una parada militar. A un costado se encuentra Benito Nardone, es el primer día de marzo de 1960, y se supone que asume como presidente de los orientales (…) Envalentonados, grupos organizados de jóvenes uruguayos le ponen la firma a este acuerdo. Lo hacen en los cuerpos de indefensas estudiantes, tatuándoles salvaje e impunemente, la esvástica nazi. ‘Más de trescientos cincuenta atentados que contra las fuerzas de izquierda se habían llevado a cabo entre los años 1960 y 1962’ (…), denunció radialmente muy próximo a los hechos el secretario general del Partido Comunista, Rodney Arismendi. Conste que uno de los asesinados era todo un “terrorista”, recibiendo “adoctrinamiento” en el local del PCU donde encontró la muerte. Se llamaba Olivio Píriz, tenía cinco meses de edad.
Pág. 93: “La también muy respetable investigadora María del Huerto Amarillo, más coherente, entiende: ‘La aparición de las FFAA en la escena política fue (…) cronológicamente anterior y con objetivos claramente distintos a la aparición y represión de la guerrilla urbana’”.
Pág. 106: “El golpe de Estado producido en EEUU en 1963, que le costó la vida nada menos que a su presidente John F. Kennedy, selló el destino de gran parte del mundo, especialmente de nuestra América”.
“Era una angustia generalizada aquella situación crítica que vivía el país (…) llegué a decir, por ejemplo, que la crisis golpeaba fundamentalmente a los trabajadores, y que además de sufrir la crisis se les golpeaba”. Monseñor Carlos Partelli, máximo jerarca de la Iglesia.
Pág. 108: “¿O cuando ese mismo Ejército ‘pacifista y siempre neutral’ interviene duramente en El Espinillar ocupando sus instalaciones, deteniendo trabajadores y hurgando prepotentemente en las pertenencias de los huelguistas, ocho años antes del decreto de medidas prontas de seguridad del Sr. Pacheco? (1960)
Pág. 110: “En tan armoniosa ‘Suiza’ enclavada en el cono sur americano, el obrero Dantier Gómez fue asesinado por los ‘rompehuelgas’ uniformados (del ejército, 1950).
Pág. 112: Wilson Ferreira sobre las medidas prontas de seguridad: “Se usaron para derogar contratos, para eludir la venia constitucional del Senado para la designación de los integrantes de los entes autónomos”, agregó además que —aunque sea un hueso duro de roer— “se usaron para negociados, no negocios”.
Pág. 254: Apenas iniciada la década del sesenta, otro grupo paramilitar de enfrentamiento, especializado en “opositoras femeninas”, obtuvo significativo aval público: “Cuando el secretario del grupo derechista Alerta se entrevistó con el consejero Benito Nardone para imponerlo de la actividad del grupo, éste le manifestó su más cálida adhesión, agregando: ‘existe, claro está, un problema: la Constitución ampara al comunismo, por lo cual el gobierno no puede intervenir oficialmente en la lucha’” (diario El País, 24 de enero de 1961).
En conclusión, Sr. Director, podríamos seguir transcribiendo citas de la mencionada investigación (de la que recomendamos su lectura a todos quienes tengan interés en ampliar y no quedarse en la simplista y cómoda “teoría de los dos demonios”), como de muchos otros documentos y publicaciones para apoyar nuestra interpretación de ese período histórico.
A la luz de los hechos, de los testimonios de quienes vivieron y fueron protagonistas, sostener que el surgimiento del MLN fue algo previo a la violencia y el terrorismo de Estado, solo puede obedecer a una intencionalidad política determinada a distorsionar la verdad histórica. Cae por su propio peso que esto no fue así, del mismo modo que queda demostrado que lo inverso tampoco fue como se pretende imponer (que las FFAA hayan ingresado a la política por culpa de la guerrilla) desde el momento que, estando absolutamente derrotado militarmente el MLN en abril de 1972, los planes golpistas cívico-militares (Plan Cóndor mediante) cristalizaron en febrero y junio de 1973.
A la vez, quiero disentir con la visión del Lic. Mieres en cuanto a la siguiente afirmación: “A tal punto se ha expandido esta versión errónea de nuestra historia reciente que hace un tiempo el mismo secretario general de Naciones Unidas Ban Ki Moon calificó a nuestro presidente José Mujica como un gran luchador por la democracia contra la dictadura en nuestro país, obviando que cuando comenzó la dictadura Mujica hacía tiempo que estaba preso”.
Si bien, como es sabido, al momento del golpe cívico-militar, Pepe Mujica era prisionero, su lucha anterior en el MLN buscaba enfrentar el golpe anunciado durante años (como lo demuestra “Alto el Fuego”) y su lucha posterior, desde el MLN, el MPP, el Espacio 609, como dirigente, diputado, senador, ministro y presidente, perfectamente habilitan al máximo representante de ONU a calificarlo como “un luchador por la democracia contra la dictadura en nuestro país”.
Con el absurdo razonamiento de Mieres, se podría llegar a cuestionar que el Gral. Seregni no fue el luchador por la democracia que fue porque estuvo preso, o que Wilson Ferreira no lo fue por estar en el exilio. ¿Quiere decir el diputado que solo quienes estábamos en las calles manifestando, volanteando y caceroleando fuimos los únicos luchadores contra el despotismo? ¿Los miles de exilados y presos no lo fueron? ¿Error de redacción, reflexión apresurada, o grueso error de fondo?
Pablo Inthamoussu
CI 2.018.139-1
Sr. Director:
Por la presente quisiera hacer llegar a sus lectores algunas precisiones acerca de la carta que el abogado Álvaro Aguirre, titulada “La Política de Colonización”, realizase en su edición del jueves 18 próximo pasado.
Llama poderosamente la atención la virulencia de los comentarios del citado profesional, volcados sin ninguna fundamentación.
Comienza acusando que la Dirección de este Instituto toma las decisiones sentados detrás de un escritorio. Quisiera aclarar que el Directorio en pleno sale permanentemente al interior y está en contacto con colonos y aspirantes de toda la república constantemente. Puede verse la agenda de cada uno de los directores para dar solidez argumental a lo que indico, a diferencia de lo escrito por el abogado Aguirre.
Luego habla de vicios de centralización, y es de destacar que a partir de la discusión del Plan Estratégico del INC se estableció, y se viene cumpliendo, una revalorización de las regionales (solo como muestra, nuestra política de ingresos de recursos humanos priorizando al interior). Continúa con el destrato llamando a este Instituto arbitrario y poco o nada democrático. Al respecto debo aclarar que este Directorio cuenta con la presencia de representantes de los entes de enseñanza, de los productores y de la oposición, y que el presidente tuvo el aval del Parlamento para poder asumir su cargo. Me parece que el concepto de democrático del mencionado abogado adolece de una fuerte base conceptual entonces. También quiere discutir el marco de legalidad del instituto, tal vez el que le da su ley 11.029 que desde el año 1948 está vigente y ha recibido muy pocos cambios desde su promulgación. Parece que si la ley no lo beneficia, el abogado quiere discutir su marco. Con todo respeto, creo que esta sí es una actitud claramente antidemocrática.
Para justificar situaciones de ilegalidad el mencionado letrado argumenta que “los requisitos exigidos por la ley son difíciles de reunir”. Lamento decir que la enorme mayoría de los colonos cumple con dichos requisitos y que justificar ilegalidades de esa manera nos lleva a caminos realmente cuestionables desde una visión republicana.
Se acusa al INC de ejercicio equívoco y abusivo del poder, como en toda la nota, sin aportar un solo ejemplo argumental. Y de todas maneras, si así fuera, para eso está el Poder Judicial, al cual este Directorio se ha puesto a disposición y ha acatado a rajatabla sus dictámenes, así fuese cuando nos dio la razón como cuando no lo hizo. Creo que desconocer la justicia no va a llevar al Sr. Aguirre Méndez por un buen camino.
Se queja, nuevamente sin un solo argumento, de las compras de las fracciones por parte del INC. Nosotros las revisamos, siempre y cuando nos digan por qué hacerlo. Hasta ahora solo venimos haciendo lo que la ley y una adecuada gestión, avalada por un Plan, nos mandata. Acerca de las valoraciones económicas sobre la compra de tierras, disculpo al citado profesional, en la medida que se ve que sobre economía es lego. Confunde gasto con inversión y no entiende las particularidades de la inversión inmobiliaria en tierras. En este caso su ignorancia es un atenuante. Pero le convendría averiguar quiénes han sido los mayores compradores de tierras en los últimos años y por qué lo hacen. Sr. Aguirre, no se amilane; estudiar enaltece.
En cuanto a si las revisiones de adjudicaciones no son propias del sistema democrático, es esta una acusación al Poder Judicial que yo no me animaría a realizar, ya que en todos los casos se ha dado la garantía del debido proceso, y no estoy de acuerdo de resolver con grititos en la prensa temas que están a consideración de los señores magistrados. Una vez más: ¿quién es el antidemocrático?
Luego, y una vez más sin argumentos, nos acusa de las adjudicaciones en base a criterios políticos y demagógicos. Es verdad que los criterios son políticos, pero no políticos partidarios, como anteriormente se realizaron (guardo las antiguas tarjetas de recomendación). Son políticos porque se definieron previamente y mediante una discusión de carácter estratégica y de consenso de todo el Instituto. Tal vez para el Sr. Aguirre darle espacio a los más humildes, siguiendo los criterios artiguistas, sea demagógico. Para nosotros es solo justicia histórica. Y subyace en sus afirmaciones un agrio desprecio a los más humildes cuando les niega la posibilidad de ser capaces “para explotar debidamente los predios”. Para aclararle, el INC y sus colonos tienen marca nacional en producción de caña de azúcar, de productividad en leche, de premios en ovinos, etc., mal que le pese.
También se queja que la diversidad que existe en el Directorio tenga como resultado unanimidad en las decisiones. La verdad que quejarse de que el respeto a la diversidad de opiniones se exprese en un consenso ya raya en lo asombroso. Posiblemente los que promueven cosas fuera de la ley quieran que exista una balcanización de las resoluciones del Directorio.
También nos acusa de que repartimos alegremente los campos que se compran con dineros públicos. Y es cierto, lo hacemos con la profunda alegría de cumplir con el mandato histórico que nos viene del Reglamento de Tierras de 1815. Con una profunda alegría, nada más lejos de la frivolidad, si es que a eso se quería referir. Ser frívolo es acusar de un sinnúmero de cosas sin un solo hecho comprobatorio.
En el ámbito judicial dirimimos diferencias, no peleamos. Creo que pelear es otra cosa. Ante la Justicia damos nuestros argumentos, y esperamos y acatamos las decisiones judiciales; ni peleamos ni presionamos.
Por último, acusa al Directorio y en particular a quien suscribe de soberbia y discrecionalidad. Yo me pregunto: ¿será este el mismo Sr. Abogado Aguirre que fue atendido por mí en reiteradas oportunidades y la última vez se retiró agradeciendo la atención dispensada? Me resultaría poco creíble que un prestigioso profesional tuviera un discurso cuando se lo mira a los ojos y otro discurso cuando, ahora sí, se escribe “sentado detrás de un escritorio, a cientos de quilómetros”. La verdad nos hará libres.
Andrés Berterreche
Presidente
Instituto Nacional de Colonización