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    Cartas al Director (II)

    La Corte y la constitucionalidad de las leyes

    Sr. Director:

    En un reciente acto del MPP, que es el nombre que el viejo movimiento terrorista del MLN-T adoptó para acogerse con éxito a los beneficios de una democracia en la que nunca creyó —entre 1962 y 1972— el diputado tupamaro Alejandro Sánchez dijo, entre otros agravios de que hizo objeto a los principales magistrados de la República, que los ministros de la Suprema Corte de Justicia “se creen seres superiores”.

    A esta injuria gratuita, que no es la primera ni será la última que estos ignaros, infieren al máximo órgano del Poder Judicial, dicho “legislador”—quien jamás hizo ni hará un proyecto de ley—, agregó una sarta de macanas. Lo que nos trae a la memoria uno de los tantos dardos verbales del Dr. Eduardo Pons Etcheverry (“Tatán”), en los tiempos dictatoriales en que el macaneo corría por cuenta de los uniformados mandamases de turno.

    Interrogado por un periodista respecto de aciertos dichos de uno de los jerarcas del “proceso cívico-militar”, respondió Tatán con su ironía demoledora: “No sé lo que dijo ese general, ¡ Son tantos y hablan tanto!”.

    “Mutatis mutandis”, cabría responderle al diputado en cuestión lo mismo que el inolvidable Dr. Pons Etcheverry, ubicándolo así en su deslucido lugar. Pero como los destinatarios de sus pretendidas afrentas son nada menos que los ministros de la Suprema Corte de Justicia, o sea los principales jueces del país, cabe ilustrarlo sobre lo que significa ser juez y estar a la cabeza del Poder Judicial, que es el garante de la agenda del Estado de derecho.

    Quien por vocación abraza la carrera de la magistratura, tras obtener su flamante título de abogado opta por ejercer un espinoso apostolado al servicio de la sociedad. Espinoso y duro, por cuanto es difícil y sacrificado el largo camino que solo unos pocos jueces culminan accediendo a la Corte.

    Al inicio de ese extenso camino recorrerá el país, donde en varias capitales departamentales deberá estudiar, pensar y trabajar, como enseñaba Couture en sus magistrales “Mandamientos del Abogado”. Deberá, en casi todos los fines de semana y en su modesta vivienda, a solas con su conciencia y en sus conocimientos jurídicos, redactar las sentencias en las que asumirá la enorme responsabilidad de fallar respecto de la libertad, el honor, el patrimonio y los vínculos familiares de quienes de él esperan una sentencia que ampare sus derechos. Lo cual, por definición, no es posible para ambos litigantes.

    Y, al término de un trayecto fatigoso y abarcativo de no menos de tres décadas, unos pocos de ellos alcanzan el alto honor de ser Ministros de la Suprema Corte de Justicia, trasponiendo las escalinatas del hermoso Palacio Piria. Así, entre otros que honraron sus togas de magistrado y a la Justicia con mayúscula, recordamos a Julio Guani, Víctor Armand Ugon, Francisco Gamarra, Álvaro Macedo, Luis Alberto Bouza, Julio César De Gregorio, Edenes Alberto Mallo, Nelson García Otero y Luis Torello, el único sobreviviente de esta nómina de jueces eminentes.

    Les toca entonces, entre otras labores judiciales sobre materia civil, penal, laboral y tributaria, sentenciar, sobre las acciones y excepciones de inconstitucionalidad, asumiendo así el altísimo rol de ser guardianes de la Constitución, transitando el empinado camino que abrió en los Estados Unidos —a principios del siglo XIX— el célebre “Chief Justice”, John Marshall, al elaborar y hacer realidad la correcta doctrina del necesario control de la constitucionalidad de las leyes.

    En el ejercicio de esta suprema atribución jurisdiccional, les ha tocado a los actuales miembros de la Corte la misión de juzgar la manifiesta inconstitucionalidad de la Ley 18.876, creadora del abusivo, injusto e inconveniente impuesto conocido como el ICIR. Ello les ha ganado la malquerencia del senador Agazzi, quien, en el mismo acto en que el diputado Sánchez arremetió sin éxito contra los jueces, dijo —palabras más o menos— esta barbaridad: “Si el Impuesto al Patrimonio al agro corre la mima suerte que el ICIR, declarado inconstitucional, el gobierno no cejará en su objetivo de castigar a los propietarios de grandes extensiones de tierra y encontrará otro perro con un collar parecido para castigar a los poderosos”.

    Cegado por el odio a los productores rurales —no pocos de ellos forjadores de un patrimonio conservado o acrecentado a fuerza de trabajo y sacrificio en los soledades de nuestra campaña—, Agazzi no solo teme que la Corte declare al nuevo impuestazo tan inconstitucional como el ICIR, que lo es en mayor medida, sino que explicita y confiesa que el propósito de su gobierno no es — con el producto de estos impuestos— reparar las destrozados caminos rurales sino castigar a “los poderosos”. Quienes, con su trabajo de sol a sol, sostienen la economía del país.

    Tendrán que seguir encontrando, con disfraz legal pero inconstitucional, otros canes con el mismo collar. Porque el impuesto al patrimonio que están por sancionar es tan o más inconstitucional que el ICIR. Por las múltiples delegaciones legislativas que menudean en su articulado y porque es un tributo confiscatorio, mucho más gravoso que el ICIR.

    Sigan así, señores de la OPP y senador Agazzi “and company”, que se acercan las elecciones. “Uséase”, la hora de la verdad, en que hablará el pueblo.

    Gonzalo Aguirre Ramírez

    El populismo y Uruguay

    Sr. Director:

    He leído con enorme interés la columna semanal de Tomás Linn que, como es habitual, nos brinda una luz de sensatez dentro de esta atmósfera cargada de populismo y desprecio a las instituciones en América Latina.

    Me desconcierta que el presidente Mujica y el resto de los miembros más destacados del Frente Amplio no hayan levantado la voz contra los atropellos a la Constitución de Venezuela por parte del chavismo, siendo este movimiento el autor de ese texto fundamental. Asimismo, la premura de Nicolás Maduro para celebrar el rito de su asunción como presidente, a tan pocos días de comicios tan reñidos como dudosos, no hace más que despertar las sospechas de quienes queremos que se respete el resultado de las urnas.

    La tradición política uruguaya es reconocida y valorada en América del Sur por su apego al Estado de derecho y la convivencia pluralista y democrática. En mi opinión, los uruguayos harían una enorme contribución a la región si se propusieran contagiar al resto del continente con esos principios que tan sanamente practican día a día, aun cuando siempre haya unos pocos que pretendan socavar estos cimientos sanos. América del Sur necesita ser contagiada de civismo, de respeto a la ley y a la libertad individual, de partidos políticos estables con vida interna. Sería una estrategia para cambiar el comportamiento de vecinos hostiles que ignoran las reglas más elementales del Derecho.

    Ricardo López Göttig

    CI 5.979.330-3

    Doctor en Historia, profesor universitario y escritor

    Acuerdo con Brasil

    Sr. Director:

    El nuevo acuerdo comercial y aduanero (“el nuevo paradigma”) que el gobierno de Mujica quiere hacer con el Brasil de Dilma es preocupante.

    Las experiencias pasadas por el propio Uruguay pero además por muchos otros países, indican que “asociarse” a un punto tal entre un pequeño país y uno enorme es —por decir poco— peligrosísimo.

    Mujica y Almagro lo hacen porque en la izquierda uruguaya hay una creencia de que los gobiernos son los países. Eso creyó Vázquez con Kirchner y le fue muy mal. Y todavía nos va mal con Argentina por culpa básicamente de los Kirchner, pero también del enorme error de cálculo de Vázquez.

    Hay buena “onda” entre Pepe y Dilma, se quieren, se tienen simpatía, pero Brasil no es Dilma. Dilma está hoy. No va a estar en 5 ni 10 ni 15 años y los acuerdos son para muchos, muchos años. ¿Quien vendrá después de Dilma? ¿Será amigote del presidente uruguayo del momento? ¿O será una “terca y vieja” brasilera con un inmenso poder?

    Nos dijeron antes de firmar el Mercosur unas premonitorias palabras: “los socios tienen que ser ricos y lejanos”. Los acuerdos que harán a Uruguay más próspero son con Japón, Corea, Rusia, China, EEUU, Europa, Australia. No los vecinos; y mucho menos los vecinos grandotes y con límites territoriales. ¿Con quién nos vamos a pelear por los temas de comercio? ¿Con Brasil? ¿Pero alguien lo cree realmente? Cuando Brasilia cambie por enésima vez las reglas de juego, ¿qué hacemos? Y cuando nos digan una vez más “infelizmente…”, ¿hacemos un decreto espejo? ¡Pero si no nos animamos a hacerlo con Argentina!

    Con Brasil y Argentina, buenas relaciones de vecinos. Venderles un poquito, comprarles otro poco, un poco de fútbol, retórica y turismo; nada más.

    La sigla TLC le produce escalofrío o rabia a la izquierda pero no se debe gobernar y menos hacer actos de Estado con tanta proyección a décadas con ese nivel de dogmatismo del amiguismo progresista.

    Nuestro fiel amigo Paraguay (sin reciprocidad de nuestra parte) tiene en los hechos una enorme dependencia económica (y también política) con Brasil. A Brasil fueron a morir Stroessner y Rodríguez; allí se asiló Oviedo. Nadie discute que Brasil manda en Paraguay (eso sí, le paga el KW de Itaipú diez veces menos de lo que nos lo vende a nosotros). Décadas de esa dependencia han sumido al noble Paraguay en lo que es hoy: el país más pobre del continente. Con un PBI per cápita peor que el de Bolivia.

    ¿Ese socio queremos?

    No yo.

    Carlos García

    CI 1.240.037-1

    “La ceguera de la oposición” (I)

    Sr. Director:

    La columna “La ceguera de la oposición”, de Claudio Paolillo, cuyo contenido comparto totalmente, más que un comentario es una advertencia y explica en forma clara, sencilla y muy fácil de entender la realidad político electoral actual.

    La “Unión Cívica” de blancos y colorados es fundamental para el futuro del país en un acuerdo electoral y programático que se debe basar en 5 puntos: enseñanza, seguridad, salud, reforma del Estado y relaciones exteriores. No alcanza con una unión con fines municipales; la unión tiene que ser a nivel nacional. Esa unión no será una “colcha de retazos”; será una “colcha rosada” de una sola pieza.

    Es más lo que une a blancos y colorados que lo que los separa, es mucho más que lo que une a comunistas, tupamaros, socialistas, astoristas, etc, etc. Después de que se retiró Artigas al Paraguay y sus tenientes Lavalleja y Rivera marcaron las diferencias que derivaron en el nacimiento de ambos partidos tradicionales, ambos se enfrentaron en los campos de batalla primero y en las luchas cívico-electorales después, pero también coincidieron en acuerdos patrióticos que fueron los que ayudaron a crear y mantener las bases fundamentales de la nacionalidad. Como en el Monzón, en el “ni vencedores ni vencidos” de 1851, en el Quebracho, en la barca Puig, en los acuerdos constitucionales de 1917, 1952, 1966, en la gobernabilidad de 1985, en el gobierno de entonación nacional de 1995 o en la coalición con que se superó la crisis del 2002, el futuro del país depende de la unión de blancos y colorados, porque “la cuestión ya no es más entre blancos y colorados sino entre nacionales, quienes quieran y merezcan serlo y quienes no quieran serlo porque no lo sienten o porque no les conviene” (Herrera 1/3/59).

    No es por desesperación (como dijo el precandidato de la coalición de gobierno) que se debe dar este paso, sino por decepción, para lograr juntos lo que no pueden lograr cada uno por separado antes de que el proceso de destrucción sea irreversible. No se puede seguir con la política que se resume en “lo político está por arriba de lo jurídico” y hay que reivindicar el Estado de derecho. No se puede avalar ni seguir el camino de Venezuela con un gobierno ilegítimo, no porque no haya ganado, sino por el manto de duda que deja el hecho de negarse a verificar el resultado. No se puede seguir el camino de la Argentina K, arremetiendo contra la justicia y la prensa con la vergüenza de la irrupción de un funcionario del gobierno en una asamblea de accionistas que recuerda actos de gobierno de la Alemania de los años 30. Todavía se está a tiempo, los dirigentes blancos y colorados (rosados si se quiere y a mucha honra) se deben quitar la venda que provoca la “ceguera de la oposición” y tratar de apartar a la coalición frenteamplista del gobierno antes de que sea tarde.

    Miguel Ángel Estévez

    CI 1.043.766-1

    “La ceguera de la oposición” (II)

    Sr. Director:

    Oposición ciega. Muy buena y a buena hora la columna de Claudio Paolillo en el último Búsqueda (Nº 1.710). Solamente tengo que discrepar en una sola cosa: sí son “abombados” y de esto no tengo la más minima duda. Pienso que también lo cree el Sr. Paolillo, pero entiendo que desde su posición es difícil decirlo. En cambio yo puedo darme ese lujo ya que pruebas hay. Después de fracasar por más de dos décadas en el gobierno de Montevideo y no hacer nada en ocho años de gobierno nacional en problemas como la seguridad, la educación y la reforma del Estado, el Frente Amplio seguirá ganando elecciones si la oposición no se organiza y ofrece una alternativa que hoy no existe.

    En realidad, el Frente no quiere hacer nada en materia de educación. Un pueblo educado no puede votar como votamos nosotros, ni elegir un presidente como el que elegimos. Tenemos que ser muy ignorantes para tener que soportar recomendaciones económicas de comunistas como sucede ahora. Una ideología que nunca administró un país prospero sin aplicar formulas capitalistas, ahora influye en nuestro gobierno. Fuimos un pueblo educado, pero en menos de medio siglo nos convertimos en ignorantes; esto lo logró nuestro sistema educativo con fines políticos y, hay que admitir, con mucho éxito.

    A consecuencia de esto, Mujica se puede dar el lujo de actuar sorprendido por la sociedad violenta en la cual vivimos, cuando él perteneció al grupo que implantó la violencia en nuestra sociedad, los tupamaros. También se dio el lujo de archivar inmediatamente el proyecto de reforma del Estado ante la sola insinuación de resistencia de los gremios afectados (valiente el uruguayo) y sin que la oposición se lo recuerde a cada rato como deberían.

    En fin, esto es sólo una muestra de quiénes nos gobiernan hoy y si nuestros líderes opositores no hacen algo serio, lo seguirán haciendo por muchos años. Votar juntos ya no sólo es una necesidad sino también una obligación. Mucho me gustaría estar equivocado en el calificativo de “abombados” y estoy dispuesto a retractarme; sólo necesito un cambio de dirección.

    Ya se debería estar produciendo un plan de gobierno, para el país y para Montevideo, con metas concretas y alcanzables a corto y mediano plazo bajo la batuta de los líderes de la oposición, mientras buscan “un nuevo líder ejecutivo” para implementarlas. Es hora, señores Bordaberry, Larrañaga, Lacalle, etc., etc., de hacer algo por el país y dejar de lado las ambiciones personales para más adelante. Hoy ustedes no pueden ganar la próxima elección. Hay un pueblo esperando que alguien haga algo por cambiar definitivamente nuestro rumbo y no es necesario perder la identidad para hacerlo. El momento es ahora y ustedes pueden hacerlo. Desde ya, gracias.

    J. C. Aguerre

    BVB 19820

    La evolución de los partidos

    Sr. Director:

    Por muchos años hemos concebido el mundo dividido en países desarrollados y países subdesarrollados.

    No es una concepción equivocada, ya que existen naciones donde el desarrollo social, tecnológico y muy fundamentalmente económico ha avanzado muy por encima de lo que en otras, marcando así esa diferencia.

    Ese crecimiento debe comenzar por el crecimiento interno de sus grupos sociales, condición indispensable para posteriormente trascender primero a nivel nacional y más tarde a nivel internacional.

    En esa secuencia, parece que el primer paso está en la formación e integración de los partidos políticos, de entre los cuales surgirán los gobernantes que se deberán abocar a la tarea de dirigir los destinos de la nación en la ruta del progreso y de la felicidad de sus gobernados.

    Al dar una ojeada sobre los partidos políticos establecidos en esos países que llamamos del primer mundo, que de alguna manera son parte directora en la elección del rumbo a tomar por la humanidad, advertimos que las bases y principios en que se fundan y sustentan son totalmente ideológicos, y de ninguna forma asociados a personas o caudillos.

    Tendremos así laboristas y conservadores en Inglaterra, demócratas y republicanos en los Estados Unidos, socialdemócratas y demócratacristianos en Alemania, socialdemócratas y liberales en Suecia…

    Siempre hubo, ya que no puede ser de otra manera, líderes importantes dentro de cualquiera de estos grupos o sectores, pero en ningún caso un líder estuvo por encima de las ideas. Todo lo contrario. El líder de turno se subordina a la idea o concepto político y filosófico.

    Hasta hace cuarenta años, teníamos en Uruguay prácticamente dos partidos políticos: el Partido Colorado y el Partido Blanco o Nacional, ambos de origen caudillista, que se repartieron por mucho más de un siglo la casi totalidad de los votos del electorado, de los que restaba un pequeño porcentaje distribuido entre las minúsculas fracciones en las que se atisbaban principios ideológicos: el PCU, el PS, el PDC…

    En la columna de Claudio Paolillo del 25 de abril (“La ceguera de la oposición”) se expone con buena claridad y sentido cuando estos pequeños grupos, hasta entonces relegados, se plantearon la alternativa de formar un conjunto donde los lazos de unión se basaban en doctrinas sociopolíticas similares entre sí, o tal vez no tan similares si lo miramos en profundidad, pero perfectamente simulables y maquillables como para ser exhibidas ante el pueblo como armónicas.

    Mientras esto sucedía, los partidos tradicionales se mantenían estáticos en sus posiciones caudillistas, pretendiendo infructuosamente mantener sus espacios tras la figura de Batlle, de Herrera, de Saravia, y yendo más hacia atrás, de Rivera o de Oribe, o bien produciendo un nuevo caudillo —que indudablemente lo fue— como Wilson.

    El resultado, muy a la vista, ha sido que no solamente no conservaron sus espacios, sino que los han ido perdiendo progresivamente, primero en el entorno de Montevideo, y más tarde ya a nivel nacional.

    El avance de una propuesta política precedida por un cartel de “izquierda” o “progresismo” ha sido constante y metódico, y en realidad no porque esas pancartas tengan un significado valedero, sino porque es la única que plantea una ideología, un pensamiento filosófico, que, aunque anacrónico y foráneo, ya que hablamos de principios marxistas del siglo XIX elaborados para la sociedad europea de la época, es de cualquier forma un pensamiento político, no importa si equivocado; es algo para pensar y motivarse.

    El aletargamiento de blancos y colorados, herederos de conceptos democráticos de arraigado cuño, ha permitido que nos veamos enfrentados a un futuro, cada vez más cercano por cierto, en que nos encontraremos atrapados en la espiral conducente no exactamente a ese tan nombrado “progresismo”, sino más bien a una “progresividad” —en definitiva son términos bastante parecidos, ¿verdad?— en el crecimiento del autoritarismo y totalitarismo que se maneja por detrás de todo ese disfraz de “distribución de la riqueza” y expresiones similares.

    En el contexto de hoy, los grupos democráticos no están en condiciones de dar batalla con alguna perspectiva de éxito a esas fuerzas pro totalitarias que, aunque desordenadas y en medio de continuas pujas internas, se presentan como un bloque sólido y homogéneo a la hora del enfrentamiento.

    Por primera vez en muchos años escuchamos ahora una propuesta verdaderamente razonable, traída nuevamente sobre el tapete luego de digerir los últimos informes de las encuestas de opinión que sepultan toda pretensión de gobierno, para por lo menos enfocar la pelea por Montevideo con un bloque conjunto de ambos partidos tradicionales.

    Una alianza que yo no llamaría ni “rosada” ni “blancocolorada”, sino “alianza democrática republicana”, fusionando ambos términos que se complementan entre sí, para establecer un nuevo partido, un partido de ideas y propuestas verdaderas, con un proyecto que se prolongue en el tiempo, y cuya única meta sea un Uruguay justo y democrático.

    Una labor difícil y casi titánica, pero que creo que tanto el país como los tres y tantos millones de ciudadanos nos merecemos.

    Queda todo en manos de los diversos líderes. De la honestidad que tengan para con sus propias conciencias y para con las realidades del momento.

    Es hora de dejar a un lado las ambiciones personales de un poder que cada día está más y más lejos, y de las que solamente va quedando el poco trascendente orgullo —si es que así puede llamarse— de haber sido una, dos o más veces candidato a gobernante.

    Si la premisa es y debe ser el futuro del Uruguay, comencemos por Montevideo, y si el éxito acompaña la gestión, de lo que, si bien organizado y preparado, casi no tengo duda, vamos en 2019 por el país, y recuperemos para nuestros hijos esos valores de cultura, de seguridad, de tolerancia y de desarrollo que nos han sustraído.

    Fernando Queijo

    CI 1.080.722-8

    La unión de blancos y colorados

    Sr. Director:

    El uso preciso y justo del lenguaje no es un bien común. Sin embargo, debería constituir parte esencial de la formación básica del ser humano. Me pregunto entonces si la educación en nuestro país habrá fallado desde siempre.

    Mis comentarios precedentes se deben a los dichos recientes del ex presidente Tabaré Vázquez ante una tribuna de ediles de la fuerza política a la que pertenece; para mí, Sr. Director, puso humor a la proyectada unión de los partidos legendarios (blanco y colorado) que intentan recuperar la Intendencia capitalina. Vázquez, al decir que ahora parecen también querer una colcha de retazos para ellos, a lo sumo, fue mordaz. Casi esas fueron sus palabras, que luego justificó, diciendo que, en su opinión, lo hacían por impotencia y resignación.

    Si antes de responder desde las tiendas blanquicoloradas manifestando que el ex presidente está “insultando a los uruguayos” (senador Bordaberry) o de tratarlo de divisionista (que es el “padre de la división nacional” dijo el senador Larrañaga), hubiesen mirado el diccionario o reflexionado, hubieran seguido con altura el buen humor puesto por Vázquez en su reflexión, dando argumentos de peso contra sus gestiones al frente de la IMM y/o del Uruguay. En cambio, solo tildando de “gris” su primera gestión no se aporta al debate político. Yo creo que va llegando el tiempo de argumentos y balances.

    Porque Tabaré Vázquez sin duda se refirió a la impotencia que sienten tanto en una tienda como en la otra, al confirmar cada uno de los dos partidos que no puede ganarle de por sí al Frente la próxima elección departamental. Este estado es el que los conduce a impulsar un nuevo partido, “sumándose para ir en contra de”. Este tipo de situaciones son simples y así suele resolverlas un niño de primaria. Pero debió primero sentir este estado de conciencia que se llama impotencia.

    Y entonces, el camino que hallan es el de unir circunstancialmente los dos “viejos partidos grandes”, de divisas irreconciliables y resignar sus banderas, sus insignias y dar por zanjadas aquellas diferencias que les daban sendos perfiles tan propios. Lo hacen para este objetivo único, el de ganar. Legítimo, sí. Pero provocador de estados de circunspección y de cuestionamientos fuertes en casi toda la ciudadanía.

    Corolario: Tabaré Vázquez no sería “el padre de la división nacional” (el balotaje sería el padre, de un país partido en dos mitades, en todo caso), pero sí, “cultor” podría llamarse, del intento de unificación que blancos y colorados están buscando. Buena suerte para el que gane, pero sería bueno preguntarnos qué ocurre a blancos y colorados para llegar, ambos, a este estado de resignación. Yo, pienso, que los une respectivamente, la impotencia.

    Beatriz Corleto Ambrosoni

    CI 1.843.901-5