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Sr. Director:
Siento que no nos podemos poner de acuerdo con el Sr. Oliver, sobre la fecha de mayo de 1940. Lo cual, por otra parte, sería obvio, dada la reivindicación que hace el Sr. Oliver de su ascendencia cultural británica, que —aunque digna— evidentemente puede restar objetividad a sus puntos de vista.
Estando Uruguay del lado de los aliados, es natural que todas nuestras ideas se encuentren teñidas de la propaganda aliada. Las guerras modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como en las páginas de la imprenta. Un gran número de libros aparentemente históricos, de películas “made in Hollywood” han deformado la historia.
Nada tiene de extraño que aun los espíritus más serenos, objetivos e imparciales lleguen a conclusiones erróneas. Por lo que pienso el mal no debería ser tan profundo, ya que lo vemos desde la óptica de los vencedores
Yo tengo gran admiración por Winston Churchill, habiendo leído “Mi primera juventud”, “La guerra del río”, y “Sus memorias sobre la II Guerra Mundial” por algo le otorgaron el Premio Nobel. Sin embargo, opino que el trastorno bipolar sufrido episódicamente por este nombre notable, lo hacía distorsionar la realidad, al menos, en ciertas circunstancias. Una distorsión que pudo haber causado 35 millones de muertos, o quizás, buena parte de ellos.
En cuanto al Dr. Fernando Alberto Mazzoni le agradezco el libro que me recomienda, lo voy a comprar y leer.
Sobre Guernika es condenable el bombardeo que dio como resultado la muerte de 126 personas. Sin embargo no sé si usted sabe que en dicha ciudad estaba la fábrica de armas cortas más grande de España, en la que se fabricaban las pistolas “Astra”. España exportó más de 100.000 pistolas a la Alemania nazi.
Finalmente quiero decirle al Sr. Oliver que no ha tocado el tema de la Guerra del Paraguay y el imperio Británico.
Atentamente,
Ing. Juan José Puppo
Sr. Director:
El tenor y la agresividad de la respuesta dada por el hoy presidente del Instituto de Colonización (Búsqueda, Nº 1.711, jueves 2 de mayo) delata su nerviosismo y confusión. Esto le ha llevado a perder totalmente la línea y a esbozar una respuesta plagada fundamentalmente de ofensas y agravios, y no de razones que hicieran al dicente retractarse, si fuera del caso.
La respuesta del hoy presidente muy lejos está de constituirse en una punta de la discusión. Por el contrario, expresa en términos absolutamente ofensivos una postura política y una visión que marcan una actitud meramente defensiva, en la que llama la atención que la conteste a título personal. ¿Es su manera de manejarse o no lo acompañó el resto del Directorio?
Por tales motivos, llevar adelante una discusión con un interlocutor en ese estado no resulta conducente. En ese nivel, no solo no hay discusión posible sino que además suena raro que alguien que cumple tan cabalmente su función, se exalte tanto.
De todos modos, me permito recordarle al Sr. Presidente que aquí no se trata de dejar bien o mal parado a nadie —y menos agredir como lo hizo—, ni se trata de que el “Sr. Aguirre” o el presidente queden bien.
Se trata de lograr, para esta parte, una correcta aplicación de la ley y el respeto de los derechos de productores (en el caso, colonos). Y seguramente para usted, será velar por una correcta administración y funcionamiento del Instituto, con el único objetivo del cumplimiento de sus fines.
En el contexto de su respuesta, donde se lleva la discusión a un plano personal y en el cual se advierte la tendencia a una actitud protagónica, no está el centro de la cuestión, ni la respuesta a mi carta anterior.
La carta, se lo resumo para su entendimiento, criticaba el funcionamiento, procedimientos y criterios de aplicación de la ley. Y si duele lo lamento, pero es un costo que debe pagar quien ejerce una función pública: no solamente se debe tener capacidad para ocupar el cargo, sino además la debida tolerancia para recibir la crítica.
Haber tomado y leído la nota del dicente, y pretender interpretarla del modo que lo hace, refleja una total desconsideración hacia tales conceptos.
En ese marco se planteó la crítica. No se trata del marco jurídico de la ley, sino de la aplicación de la misma que lleva adelante el Directorio actual bajo su Presidencia que, por cierto, no se comparte y que afecta a productores en forma indistinta.
Pretender justificar su criterio en la aplicación de la ley, mediante una dosis importante de soberbia, “rasgándose las vestiduras por los humildes” y enarbolándose en el pensamiento artiguista o en el Reglamento de Tierras, no lo hace cumplidor de los fines de la ley.
Realmente, para retractarme esperaba otra cosa y en otro nivel.
Hubiera esperado en su respuesta precisión de conceptos, de objetivos o de datos. Así por ejemplo: ¿dónde está la descentralización del Instituto? ¿En el nombramiento de funcionarios oriundos del interior? ¿Cómo se adjudican o se van a adjudicar las tierras? ¿Con un simple criterio de liberalidad y con el único objetivo de hacer beneficencia? ¿Se van a observar criterios productivos? ¿Qué requisitos reúnen los colonos que usted refiere? ¿Se aplican por igual? En todo esto, pese a lo que reclama en su nota, usted conoce la casuística a que refiero.
Disculpe usted, pero pese a su enojo por la crítica, sigo preguntando —por las personas que están involucradas— cuál es el criterio de administración cuando, por ejemplo, el día domingo pasó por dos establecimientos de una misma colonia —por lo cual obviamente no estaba detrás de un escritorio— que están vacíos desde hace por lo menos 7 u 8 meses, con 40 centímetros de pasto viejo, mientras se están rescindiendo contratos con colonos buenos productores. Y a su vez, ¿a quién se le va a adjudicar y por qué, y con qué criterio? Por eso, presidente, diga usted si a cientos de kilómetros de donde se juega el partido y desconociendo la realidad de esos lugares, es posible tener el conocimiento y la certeza para no ser injusto.
Lamento decirle que la “altura” y la “exaltación” de su respuesta me deja en claro que tal vez no me haya equivocado y que no es digna de dar continuidad a la discusión.
Por último también debo señalar que el agradecimiento hecho en ocasión de mi visita al Instituto obedece a una razón de educación. Pero del mismo modo que por otros motivos me tocó visitar a un ministro del Partido Colorado y en otro caso, a uno del Partido Nacional, no veo nada extraordinario para resaltar. Es su obligación natural como gobernante escuchar a los administrados.
Dr. Álvaro Aguirre Méndez
CI 2:693.946-9
Sr. Director:
Lo más suave que se puede decir acerca de la actitud de los gobernantes latinoamericanos hacia Venezuela es que la misma resulta asombrosa.
Lo más increíble es que entre los presidentes de esta parte del mundo encontramos una diversidad variopinta: desde demócratas de credenciales indiscutibles, como por ejemplo Sebastián Piñera (Chile); otros, cuya adhesión a los valores republicanos es más dudosa, como sucede con José Mujica (Uruguay) u Ollanta Humala (Perú); y finalmente, aquellos que han instaurado en sus respectivas naciones sistemas dictatoriales, por medio de la desnaturalización de los mecanismos democráticos. Entre estos últimos, podemos mencionar a Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), Daniel Ortega (Nicaragua) y los Kirchner (Argentina). Es por esta razón que encontrar la causa de tal actitud, no es sencillo. Aunque es claro que a todos no los mueven los mismos motivos.
En América Latina, el primero en instaurar una “demo-dictadura” fue Alberto Fujimori en el Perú en la década de 1990. Pero es indudable que quien —en ancas de la fabulosa riqueza petrolera— llevó ese sistema a su máxima expresión e incluso se dio el lujo de “exportar” ese modelo, fue Hugo Chávez, el difunto ex presidente de Venezuela.
Es irrefutable —para todo aquel que crea que el sistema democrático es algo mucho más complejo que la simple emisión del voto popular— que la Venezuela chavista, con el correr del tiempo, se tornó en un sistema dictatorial. Paso a paso, y con el apoyo logístico e ideológico de los cubanos hermanos Castro, se fue desmantelando el andamiaje republicano, que esencialmente consiste en la limitación del poder del “soberano”: se eliminaron los “checks and balances”; la separación de poderes; la protección de los derechos individuales; la libertad de prensa, expresión y opinión; la independencia del Poder Judicial y de los órganos de controlador, como por ejemplo la Corte Electoral.
Lo único que permaneció en pie con el fin de presentar una “fachada” democrática fue la realización de elecciones en forma periódica. Pero nadie puede creer realmente que fueron “limpias”, “transparentes” o “justas”. El clima de temor y amedrentamiento duró antes, durante y después de cada acto eleccionario. Como “advertencia” velada hacia los que estaban disconformes con el chavismo, estaba el recuerdo de la suerte corrida por aquellos que se “atrevieron” a votar en contra de Chávez en el referéndum revocatorio del 2004: la pérdida irrecuperable de cualquier tipo de trabajo, con la consiguiente imposibilidad de seguir viviendo en su tierra natal. No obstante, el sistema tenía cierto apoyo popular, debido a que Chávez era un líder carismático.
Hugo Chávez nunca definió a su gobierno como una dictadura. Eso no debe sorprender. Tampoco lo hicieron los gobernantes de las ex “repúblicas democráticas” europeas de la era soviética, ni Fidel Castro en Cuba, ni los de la URSS, ni los militares latinoamericanos de las décadas 1970-1980. Por el contrario, unánimemente autoproclamaban (ellos y sus acólitos) que su gobierno representaba la más “genuina” de las democracias. Pero… si tiene ojos de lobo, orejas de lobo, dientes de lobo, patas de lobo y cuerpo de lobo, no tenemos más remedio que concluir que estamos frente a un lobo.
Frente a esa situación que rompe los ojos, el silencio —cuando no la simple y llana complicidad— de los otros países de la región, es llamativa. Esos mismos gobernantes, que con tanta indignación alzaban sus voces cuando Honduras o Paraguay, actuando de acuerdo a lo que establecían sus respectivas constituciones, quitaron del poder a presidentes que se extralimitaron en sus facultades legales, ¿no tenían nada que decir acerca de lo que estaba ocurriendo en Venezuela?
Pero lo que era un gris oscuro se tornó negro cuando Chávez se enfermó de cáncer. Desde entonces, hasta la más débil mascarada de respeto a la Constitución venezolana, cayó. Todo lo que ocurrió a partir de ese momento demostró que en Venezuela gobernaba un autócrata con veleidades de emperador. Hasta se dio el lujo de designar a su “delfín”; el agraciado fue Nicolás Maduro.
Un sucesor que carecía de las aptitudes necesarias para ganar una elección, aun contando con todo el aparato y los recursos del Estado petrolero. Fueron tan flagrantes las anomalías ocurridas el 14 de abril, día en que se realizaron los comicios, que la oposición (que a pesar del clima de terror que se vive en Venezuela, recibió la mitad de los votos emitidos, según las propias cifras oficiales) impugnó el resultado. Un “heredero” que —junto con sus compinches— carece de la cintura necesaria para disfrazar a una dictadura de democracia. Son la fuerza bruta en acción; “gorilas” que aplastan a golpes toda oposición, como lo demuestran los hechos de pública notoriedad ocurridos recientemente en el Parlamento venezolano, cuando se les negó la palabra y golpeó con fiereza a diputados electos por el pueblo, por la simple razón de que no eran chavistas.
A pesar de los hechos mencionados, todos los presidentes latinoamericanos se apresuraron a reconocer los resultados oficiales. Incluso, esta semana Maduro vino en visita oficial a Uruguay y fue agasajado por Mujica con un almuerzo. En la tarde se reunió con Tabaré Vázquez —ex presidente y, con seguridad, el candidato de la izquierda para la próximas elecciones— en la Embajada de Venezuela. Luego, fue homenajeado como visitante “ilustre”, recibiendo las llaves de la “Ciudad de Montevideo” por parte de la intendenta Ana Olivera.
Esta lamentable situación nos retrotrae a las décadas de 1970 y 1980, cuando brutales dictaduras militares gobernaban en nuestros países. Por aquel entonces, Venezuela era una rara avis en el concierto latinoamericano porque allí reinaba una genuina y estable democracia. Recordamos bien la actitud de los venezolanos, tanto de gobernantes como del conjunto de la población: en esos difíciles momentos, los izquierdistas chilenos, uruguayos, argentinos y de otras partes del mundo, eran recibidos con los brazos abiertos por esa generosa nación. Ese país hizo de caja de resonancia de todos los reclamos y denuncias de los perseguidos políticos de cualquier signo. Y es que para los venezolanos, los principios morales estaban por encima de la ideología.
Es por ese motivo que nos indigna tanto la ingratitud y falta de reciprocidad de los gobernantes latinoamericanos hacia los que en este momento son perseguidos, humillados y maltratados de todas las formas imaginables en la hermana República de Venezuela.
Hana Fischer