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    Casas de pesadilla

    Embobada, veo en la pantalla una casa de lujo, en Punta del Este. Es tan gigantesca y parece tan vacía, tan deshabitada, que pienso que nadie podría vivir allí. A pesar de su enorme jardín verde, de su predio regulado por un arquitecto paisajista, algo inhumano e inquietante se ve a través de la cámara que la recorre. En una casa así nunca he entrado en mi vida. Y jamás entraré.

    Pero no es el escenario de la película “No respires”, ni una versión moderna de “Downton Abbey”. Es la “presunta” casa que, según una investigación judicial, el ex presidente Lula Da Silva compró a través del sistema offshore.

    Mucha de la gente que me rodea me dice: “No le creas nada a los medios, es todo invento de la derecha”. Así que me tranquilizo pensando que la imagen de esa casa es solo una campaña de difamación contra Lula, el padre de los pobres.

    El año pasado fui a un Congreso en Buenos Aires. Y como siempre en esos casos, me hice una amiga compinche. Era una catedrática de la Universidad de San Pablo, muy pero muy vieja, muy pero muy sabia.

    Me dijo que todos los días en su ciudad había manifestaciones, que el tráfico estaba interrumpido siempre: Fora Dilma. Que ella había votado a Lula, pero que ahora se encontraba con que el hijo de Lula era uno de los millonarios más fuertes de Brasil.

    No tuve coraje para consolar su inmensa tristeza, no me animé a decirle: Berta: no le creas nada a los medios, es todo invento de la derecha.

    Ahora me entero de que en las elecciones municipales el PT casi ha desaparecido. Los millones de brasileños que votaron, evidentemente, según el discurso uruguayo dominante, les creyeron todo a los medios, a los inventos de la derecha.

    También he visto los inmensos palacetes deshabitados que salieron a la luz en Argentina a raíz del encarcelamiento de Lázaro Báez. Casas desmesuradas rodeadas de nada, en el sur, en la tierra de Kirchner, en el frío, en la América sacudida por los vientos. Y Cristina ayer declaró al juez algo muy parecido a lo que dice la gente que me rodea: no le creas nada a los medios, es todo invento de la derecha.

    Y yo miro esas casas deshabitadas y me parecen salidas de un cuento de Borges, de Cortázar. ¿Para qué se levantaron? ¿Quién iría a vivir allí?

    Mi casa está en lo más alto de un edificio muy antiguo. Como si fuera su buhardilla. Hoy diluvia y no me muevo de ella ni que me regalen las mansiones presuntamente compradas por Lula o Cristina.

    Y de pronto, no sé si es el efecto de la lluvia, pero me acuerdo con tristeza de que el Frente Amplio se niega a la investigación de los negocios de Uruguay con Venezuela. Me consuelo pensando que los responsables políticos de esos negocios viven en una chacrita bien distinta de las mansiones presuntas. Y que un artista los pintó como Dios los trajo al mundo, en cueros.

    Aquí los políticos poderosos no parecen levantar casas de pesadilla. Sí algún castillo en el aire, como Alas U.

    Así, escucho la lluvia y recuerdo el clamor: ¡No le creas nada a los medios, es todo invento de la derecha!